domingo, 7 de agosto de 2005

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Marino Muñoz Lagos escribe sobre Francisco Coloane

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La fascinación del marino volcada en un rico océano de palabras


Este singular hombre lleva el mar en la sangre y lo asocia con la Antártica para señalar el origen de la vida

En ninguna parte del mundo sostuvo el escritor Francisco Coloane, he tenido el honor de asistir a la inauguración de una librería, señaló al acompañar el nuevo local de Studio. Punta Arenas le brindó ésta, entre otras satisfacciones, como la de haber recibido el título de Doctor Honoris Causa en la Umag.

De origen chilote, Coloane siente un especial influjo por Magallanes, que como escenario definió su vocación marítima, y por la que siente un gran respeto literario: ha tenido siempre grandes escritores magallánicos, entre ellos su amigo Juan Marín, a quien una vez desobedeció como médico. No quiso operarse, y como saldo se recuperó milagrosamente de un padecimiento, cuya cura atribuyó a la influencia del océano. Desde entonces porfiadamente creyó más en el mar que en los doctores.

Humilde respeto

A sus 86 años, este literato es toda una personalidad en el mundo de la literatura, que con el peso de las vivencias y letras transcurridas se expresa en forma tan estricta como desenfadada. Lo comprobamos al preguntarle, ¿qué mensaje daría a sus lectores?.

El respondió con soltura: que si los aburre el libro, no compren nunca más un libro mío.

Antes de preguntarle el porqué de esta afirmación, señaló que el crítico literario ALONE (Hernán Díaz Arrieta) leyó el Ultimo grumete de la Baquedano, viajando en el tranvía, y que luego de terminar ambas cosas (el viaje y el libro) le dijo que tenía pena, porque hubiera querido que el libro fuera mejor y más largo. Agregó que él me impulsó en esto de andar por todos lados hablando de mí mismo. No fui amigo de él, pero lo respeto.


Antártica

Su filosofía marítima lo lleva a plantear una singular teoría del origen de la vida en el planeta: Gunnar Anderson, haciendo sondajes en Lago Fagnano y después en Georgias del Sur, en la barrera del capitán Larvick, encontró que el origen de la vida está en el fondo del mar en la Antártida (he estado viajando durante dos meses y medio allá).

Cita a Pío Baroja cuando dice: si el planeta tierra fuera un dios el mar sería su cerebro, y junto a la evidencia de otros autores señala: todo nos dice que somos descendientes de Neptuno.

Además de tomar al continente blanco como cuna de la vida, hoy se abocará a escribir la odisea del Antártico, buque pionero del capitán Larsen que hizo tres viajes a la Antártica, y que en su último viaje fue triturado por el hielo. En homenaje a él existe en todo mapa la barrera de Larsen.


Ballenas

De su primera llegada a Punta arenas destacó que lo recibió un sol maravilloso, cuando vi el ocaso de esa tarde, el sol se metía en la península de Brunswick y había una ballena azul que se iba a comer el sol, pero luego noté que eran varias que formaban un todo y conté 11 en mi trayecto.

Criticó el que en la actualidad esta especie desaparezca por culpa de la depredación del hombre, especialmente en la Antártida.

Creo los niños de Punta Arenas deben aprenderle a los onas, que ya hicieron poesía con las ballenas. Les llamaban ozén y tenían una leyenda. Entonces la poesía y la pintura están regalando posibilidades de captar a la ballena desde el cielo para abajo para quien quiera, pero hay que saberlo hacer.

El Magallanes 27 de octubre de 1996.

miércoles, 29 de septiembre de 2004

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Francisco Coloane Cazadores de focas

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En esta foto podemos ver Nicanor Parra, José Donoso, Jorge Teillier,
Enrique Lafourcade, Enrique Gómez Correa y Francisco Coloane. 
Punta Sobaco no aparece con ese nombre en las cartas de navegación, ni con ningún otro, pues faltarían denominaciones para designar todos los accidentes geográficos que caracterizan el despedazado archipiélago de las Guaitecas. Sólo los cazadores de focas de Quellón la conocen así, y entre ellos "el capitán Ñato". Tampoco este nombre es conocido en el puerto de Quellón, de pocos habitantes, y el último del sur de la isla grande de Chiloé.
El capitán Ñato es llamado así sólo por sus amigos los indios alacalufes de más allá del Golfo de penas. Es que Luis Andrade tenía una nariz tan aplastada como la de una foca que se hubiera dado un cabezazo contra una roca. Las dos fosas nasales eran lo único que asomaba a la superficie de su rostro; pero le bastaban para olfatear las rutas que seguían sus congéneres del mar, y así fue como dio con la famosa caverna donde paren las lobasen Punta Sobaco.
Los científicos dicen que las focas fueron en tiempos remotos mamíferos de tierra adentro y que se hicieron a la mar por razones aún no bien sabidas. Tal vez fueron acosadas por otras fieras, o las empujó la necesidad, cuando eran anfibios que pescaban en la desembocadura de los grandes ríos. El hambre y la necesidad llevan a animales y hombres por azarosos caminos. Posiblemente se dieron cuenta de que había más peces en el mar que en los ríos y, poco a poco, fueron entrando en él hasta convertirse en lo que son hoy.
Así el capitán Ñato, en busca de sus pieles, se adentraba todos los años en la época de la parición de las lobas de un pelo por todos los roqueríos y cavernas que quedan mar afuera del destrozado archipiélago.
Aquella tarde el sol parecía el ojo de un dios primitivo, como el del buey Apis de los egipcios, cuando en la chalupa ballenera el capitán con sus cuatro remeros empezó a escapular los contornos hacia Punta Sobaco. Generalmente el sol sale así por entre las nubes después que ha pasado la tempestad, como para mirar lo que ha ocurrido entre el mar y la tierra. De la que acababa de pasar, sólo quedaba una mar boba que venía rodando desde la lejanía, donde se perfilaba igual que el lomaje de inmensos toros que estuvieran arando el ancho horizonte del océano Pacífico.
El redoso de Punta Sobaco es sucio. Se presume que ese nombre le fue dado porque en esa parte de la punta, los acantilados se doblan cual gigantesco brazo que abofeteara el mar. El puño queda afuera, con altas coyunturas rocosas agrietadas por el embate del océano que tiene olas de dos metros más altas que las de todos los mares. Estas mareas bobas vienen de tres en tres, con intervalos, para que el mar respire un rato antes de enfrentarse con el puñetazo de piedra de la tierra. De tarde en tarde también emerge, insospechadamente, alguna extraña ola solitaria que no se sabe de dónde viene y remonta triunfante por los altos cantiles cual si se tratara de un maremoto, de los que suceden a veces en la región, capaces de cambiar hasta su curiosa geografía.
Una de estas olas pescó a la chalupa del capitán Ñato mientras enfilaba la grieta profunda que da a la entrada, por mar afuera, de la caverna de la lobería. La estrelló como si se tratara de una brizna contra el alto acantilado cortado a pique. El capitán Ñato gobernaba la bayona y no tuvo tiempo de maniobrar para evitar el estrellón. La embarcación de apenas siete metros de eslora fue tomada en vilo por la cresta de la ola y lanzada contra las piedras con otro puñetazo. Los cuatro remeros fueron lanzados al agua entre las cuadernas y las tablas rotas. El capitán soltó la bayona y logró agarrarse a dos manos en el verduguete de la regala de la popa; allí permaneció sentado por unos instantes como en un trono; pero luego su asiento también fue destrozado, con tan mala suerte que, al empuñar el listón redondeado del verduguete, éste le hizo astillas las cuatro primeras falanges de la mano derecha, al darle contra la roca. El capitán Ñato soltó así su última tabla de salvación y herido, cual un rey destronado que abandona el bastón de mando, siguió nadando a lo perro detrás de sus compañeros.
La mayoría de los chilotes, no obstante ser de los mejores marinos, por lo general no saben nadar, tal vez porque piensan nunca en naufragar.
Debido al susto o por un fenómeno que se explicarían los físicos, la tablazón de la ballenera destrozada quedó afuera en el canalizo de la grieta y sus tripulantes fueron lanzados por el impulso de la resaca caverna adentro. Allí, en aguas más tranquilas, pudieron mantenerse a flote, y nadando instintivamente siempre a lo perro o a lo rana, alcanzaron una estrecha explanada cubierta por los negros cuerpos de las focas y lobeznos recién nacidos, los llamados en jerga lobera "popis", en busca de cuya codiciada piel iban los cinco hombres.
La caverna de Punta Sobaco tiene dos entradas. Una de ellas queda precisamente en la concavidad que debe haberle dado este nombre, una oquedad que semeja la de esa parte del cuerpo humano. Allí la vegetación costera se vuelve umbrosa y se entremezclan las lianas colgantes de los cantiles, de un verde plateado con las ramazones de helechos y pangues, más oscuras, que dificultan la visibilidad de la entrada. Por tal motivo el capitán Ñato prefería la entrada del extremo de la punta, la de mar afuera, que se comunicaba con la otra de más a tierra, por medio de un túnel que casi atravesaba de parte a parte Punta Sobaco. Allí, en las plataformas rocosas formadas por la erosión del mar, parían las lobas de un pelo y las cubrían sus machos, como generalmente lo hacen, después de dar a luz sus "popis".
Al ver a los hombres que salían del mar arrastrándose como ellas, igual que grandes gusanos, deben haberlos mirado como a otras focas, algo extrañas, pero focas al fin. Así, se apartaron con sus crías haciéndoles un hueco en el lugar, puede que el mejor, tal como lo hacen cortésmente los indios alacalufes toda vez que llega un visitante en busca de calor a sus chozas.
Los extraños forasteros echaron un vistazo a su alrededor y se sintieron felices de haber salvado el pellejo; ellos que, precisamente, iban en busca de los pellejos ajenos, de los seres que les daban albergue. Pero tal felicidad no podía durar: luego se dieron cuenta que las bocas de la caverna no podían ser alcanzadas sino con una embarcación como la que había quedado afuera hecha pedazos entre los roqueríos de la entrada.
Los cinco hombres se miraron, no de la manera que las focas los miraban a ellos, con tranquilos ojos, con un parpadeo por momentos tierno y manso, semejante al de los faros de intervalo largo que señalan la entrada a un buen puerto.
Llevaban dos días dentro de la caverna, preocupados por la grave situación, cuando de golpe un milagro de la resaca, porque los hay a veces en el mar, en la tierra y en el cielo, hizo que unas cuantas tablas de ciprés de las Gauitecas, del que estaba hecha su propia chalupa ballenera, llegaran a la precaria playa subterránea, como si el árbol regresara a la tierra para dar de nuevo amparo al hombre. Benedicto Cárdenas, el más prevenido, llevaba cerillas dentro de la tabaquera hacha de una vejiga de oveja. El rollo de tabaco y las cerillas ni siquiera se habían humedecido con el percance. Fue el primero en echar una fumada en su cachimba hecha con un cacho de jaiba y que conservó en su bolsillo como otro milagro entre el mar y el hombre. Convidó algunas pitadas, por turno, a sus ateridos compañeros, para que espantaran un poco los malos pensamientos.
Con sus cuchillos loberos, que llevaban siempre envainados a la cintura, carnearon una foca y con la grasa y las tablas hicieron su primera fogata. También asaron los primeros filetes de lomo. El capitán Ñato, como siempre lo hacía, reservó el corazón para sí, pues era su presa favorita, al igual que otros prefieren la rabadilla de la gallina, y empezó a curarse la mano destrozada con sus propios orines.
Las voces de los hombres tienen una extraña resonancia sobre el mar. Van y vienen colgantes, como péndulos, pequeños soles sonoros que nacen y se esconden con misteriosos pasos de danza. En cambio, bajo tierra la voz del hombre cambia, se opaca como si buscara el silencio. No dan ganas de hablar si se entra a la galería de una mina de carbón submarina.
Benedicto Cárdenas fue también el primero en darse cuenta de lo que estaban haciendo:
-¡Quemamos nuestras naves como Hernán Cortés! -dijo, mirando las tablas que ardían jubilosas entre el chisporroteo del aceite de foca.
-¿Quién es el tal Cortés? -preguntó Eliseo Vera, a quien apodaban "Liche".
-El español que conquistó México y que ordenó quemar sus naves para no regresar más a España -le explicó Cárdenas, quien había cursado hasta el primer año de humanidades en el Seminario jesuita de Ancud.
-Lo que yo, voy a regresar a Quellón aunque sea a nado -dijo el capitán Ñato, después de echar otra orinada en su mano y levantarla, mirándola semidoblada, como una pequeña bandera en derrota. Las cuatro primeras falanges tenían los huesos totalmente rotos, y el resto de la mano se mantenía unida nada más que por los pedazos de piel y los nervios entre la carne machucada. Los cuatro dedos se movían hacia atrás y hacia adelante, igual que la aleta muerta de una foca.. Otro milagro, esta vez el de sus propios orines, ya que su resto de mano no se infectó y evitó la gangrena.
Benedicto Cárdenas era el más instruido. Trabajaba en una oficina del registro Civil de Quellón pero, tentado por la aventura de la cacería de focas, todos los años se las arreglaba para dejar su trabajo pueblerino y embarcarse en la cuadrilla de cazadores del capitán Ñato. Eres un "chupa lápiz", le decía despectivamente el capitán.
José Leuquén y Pedro Renín completaban la tripulación. Todos eran de Quellón, donde la naturaleza de las islas y los esteros adyacentes marcan una zona de transición entre Chiloé y el austro más inhóspito. Hasta esa zona llega una especie de fardela de oscuro plumaje ocre, de tamaño semejante al de una gaviota, y no se sabe por qué no pasa más al norte, aunque es una veloz cazadora a flor de agua. Siempre se vuelve de allí al sur, lo mismo que algunas ballenas que se asoman al golfo de Corcovado y después vuelven a mar abierto por el canal que pasa entre la isla grande de Chiloé y la de Huafo.
Leuquén y Renín, dos indígenas huilliches, se sentaron silenciosos y resignados, como lo hacen los alacalufes en cualquier grieta de una roca para pasar el temporal.
Las focas fueron dejándoles cada vez más espacio a los hombres, a medida que éstos mataban a los "popis" para sacarles la piel y devorar su carne, más tierna y con menos a gusto a pescado que la de los adultos. Carneaban a alguno de éstos nada más que para obtener su grasa para la hoguera y cubrirse con el cuero a manera de frazada, con la carnaza para afuera.
Aquel tercer día Eliseo Vera, el Liche, empezó a reír extrañamente. Fue una carcajada gutural, como si saliera de más abajo de la caverna donde estaban refugiados. Carcajada que a veces terminaba en una especie de hipido o llanto de borracho. Al notar que los otros se molestaban, porque no sabían si era risa o llanto, se apartó de sus compañeros y se fue a reír solo, entre las focas, que no se asustaron por su extraña afectación. Era un hombre desgarbado, flaco, alto, de cabello tirado a rubio y unos ojos rojizos, que parecían los de un aguilucho buscando presas en el camino.
Al día siguiente, siempre riendo, se lanzó al mar. Era el que sabía nadar mejor, y se dirigió braceando hacia la boca de los pangues y helechos, la que daba el nombre a Punta Sobaco. Se perdió en la penumbra, a pesar del coro de sus compañeros, que le gritaban que volviera. Al otro día, la corriente que venía de mar afuera trajo su cadáver, pero sin la cabeza y sin un brazo, desgarrado como las cuadernas de la chalupa ballenera entre las rocas. Sus compañeros volvieron a echar el cadáver al mar, así como los restos de las focas que no servían para la hoguera.. La resaca volvió a traerlos y entonces Cárdenas y Andrade empezaron a reír igual que el Liche, o a llorar, porque tampoco ellos lo sabían bien, como tampoco se daban cuenta dentro de aquella caverna si era de día o de noche. Leuquén y Renín permanecían siempre silenciosos; pero se alejaron de las risas y se fueron entre las focas, que seguían pariendo, y los machos cubriéndolas después del parto. A veces éstos peleaban por una de las hembras y los más jóvenes acorralaban al más viejo, echándolo al mar, como sus compañeros al Liche.
Las focas se aparean igual que los hombres con sus mujeres. Esto entretuvo a los náufragos al principio, pero después les aumentó la risa. La cópula inocente de las focas les recordaba a sus mujeres y los "popis" a sus propios hijos, y el cadáver del Liche traído y llevado por las corrientes y la resaca, le evocaba la muerte. El mar retumbaba afuera con voz poderosa y a veces, cuando salía el viento, se confundía con éste. Por momentos ambos entraban por las gargantas cavernosas, como si fueran a echar un vistazo a los cuatro náufragos, y salían presurosos por las bocas, mezclándose la risa blanca de la espuma con su lóbrego ulular.
Al quinto día, una ola produjo una resaca mayor que todas las anteriores, vino a cubrir con sus cendales de espuma a los hombres y a las focas y trajo otras tablas de la chalupa. Benedicto Cárdenas se opuso a que se echara una sola de ellas a la hoguera.
-¡Vamos a construir un barco! -dijo con voz extraña.
Los otros lo miraron como al Liche cuando éste comenzó a reír. Pero al parecer Benedicto no se había vuelto loco. Al contrario, estaba preocupado y serio, con la cabeza gacha, pensando en lo que iba a hacer con esas tablas y una que otra cuaderna de cachigua, que la maravilla del mar había depositado a sus pies. La cachigua -árbol autóctono de brazos y ganchos retorcidos- la utilizan los chilotes para las cuadernas de sus botes, ya que parece que la propia naturaleza preparara la armazón de sus pequeñas embarcaciones. Tal vez desde el neolítico, el hombre de las islas venía construyendo con sus hachas de piedra las "dalcas", tres tablones de alerce calafateados y amarrados con boqui a las cuadernas de cachigua, tan bien hechas que le parecieron "batiquines de Flandes" a Miguel de Goizueta, el primer español que las conoció y las describió al navegar por las islas en 1557. Las tablas y las cuadernas rotas también traían sus respectivos clavos, y con esos materiales, Benedicto Cárdenas empezó la construcción de su barco.
La duda empezó a rondar entre los otros compañeros: ¿se habría vuelto loco como el Liche o estaba cuerdo como ellos? Cárdenas empezó a cantar: "Corre, corre, enamorado, buscando una calle por donde ella aparezca… Ríe, ríe, enamorado, buscando la vida que puede venir…" De las palabras pasó al silbido, que fue llevado por el viento y después devuelto por las carcajadas del mar.
Poco a poco la locura o cordura de Benedicto fue contagiando a sus compañeros, quienes se pusieron, afanosos, a ayudarle en la construcción de su "barco". Éste quedó inconcluso y más parecía una artesa de dueña de casa que un "batiquín de Flandes" o una "dalca" huilliche.
Transcurrieron otros días con sus noches, sin que el mar devolviera otras tablas, hasta que un día, en la penumbra, descubrieron un bulto. A primera vista creyeron que era nuevamente el brazo del Liche. Pero no era tal cosa, sino una cuaderna que sobresalía cual débil mástil de su armazón tinglado. Era una de las amuras de la ballenera que la corriente traía casi completa. Todo cambiaba ahora. La desarmaron y, entusiasmados, continuaron la construcción. Pronto la embarcación quedó lista. Su capacidad sólo permitía llevar a flote a un hombre. Al probarla, el agua entró como por una tina rota, a falta de calafateo. No tenían estopa ni brea. Entonces el capitán Ñato hizo su mayor contribución.
-Pongámosle por debajo un cuero de toruno -dijo, refiriéndose a los grandes machos viejos.
La batea forrada con el cuero de la gran foca se mantuvo bien a flote, sostenía con relativa seguridad a un tripulante, pero no había con que remar a no ser con las manos. El capitán Ñato seguía orinando la suya, ya totalmente salvada de la gangrena.
Antes en las islas se hacían lazos de cuero de foca, pero al "apegualar" un toro desde la cincha del caballo, este tipo de lazo cedía como elástico y no tenía la buena tensión que requiere esta faena. Por eso el cuero de lobos se usó nada más que para coyundas.
Un solo cuero de foca cortado en una delgada lonja en espiral les dio un lazo bastante extenso. Sin embargo, tuvieron que añadirle dos o tres más para dar el largo hasta la boca de salida más próxima, la del sobaco velludo de helechos. Luego sacrificaron una de las tablas de la regala y la reemplazaron con piel de foca embutida en la de más abajo. Cárdenas, por supuesto, fue el primero en probar la locura de su barco, singando con la tabla en un extremo de la batea.
-Si alcanzo hasta la boca de la cueva sin hundirme y, de todas maneras, si me hundo, ustedes tiran del lazo a mi "barco" y esperan otras tablas para agrandarlo -dijo mirándolos con una ligera sonrisa, y agregó-: Si prefieren, rifamos quién sale primero y quién último.
Los cuatro náufragos se quedaron silenciosos, pero el balido de una foca, como si fuera una respuesta, decidió a benedicto a intentarlo primero.
Remó a la singa con la tabla llevando el rollo de lazo en el interior de su precaria nave. El avance era lento, pero a medida que se desenrollaba el lazo, sostenido desde la playa de la caverna por Leuquén, la línea de flotación fue subiendo un poco. Benedicto llegó a la bocana y trepando por entre los helechos, dejó la barca con su remo adentro, dispuesta para sus compañeros.
Leuquén tiró la soga con cuidado y la batea llegó para el otro tripulante. El segundo en zarpar fue el capitán Ñato, singando precariamente con la tabla en su mano izquierda. Era su primera experiencia en su nueva vida de manco.
Tuvo que abandonar definitivamente la cacería de focas. Y una tarde me contó todo esto sirviéndome una copa de vino blanco en su casa de Quellón.
Leuquén fue el último en salir de la cueva. Después, un barco que venía de las Guaitecas cargado de postes de ciprés, vio las señales de humo que hicieron los cuatro náufragos en un promontorio de la ruta, y pasó a recogerlos, llevándolos a Quellón, porque todos eran de ese puerto.
El médico del hospital examinó la mano del capitán Ñato. No quiso amputarle los dedos, que ya habían aprendido a flamear sobre el pulgar, cual gallardete náutico sobre un mástil tronchado a medias por un temporal.





jueves, 9 de septiembre de 2004

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Francisco Coloane: El chilote Otey

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Alrededor de novecientos hombres se reunieron a deliberar en la Meseta de la Turba; eran los que quedaban en pie, de los cinco mil que tomaron parte en el levantamiento obrero del territorio de Santa Cruz, en la Patagonia.
Dejaron ocultos sus caballos en una depresión del faldeo y se encaminaron hacia el centro de la altiplanicie, que se elevaba como una isla solitaria en medio de un mar estático, llano y gris. La altura de sus cantiles, de unos trecientos metros, permitía dominar toda la dilatada pampa de su derredor, y, sobre todo, las casas de la estancia, una bandada de techos rojos, posada a unos cinco kilómetros de distancia hacia el sur. En cambio, ningún ojo humano habría podido descubrir la reunión de los novecientos hombres sobre aquella superficie cubierta de extensos turbales matizados con pequeños claros de pasto coirón. En lontananza, por el oeste, sólo se divisaban las lejanas cordilleras azules de los Andes Patagónicos, único accidente que interrumpía los horizontes de aquella inmensidad.
Los novecientos hombres avanzaron hasta el centro del turbal y se sentaron sobre los mogotes formando una gruesa rueda humana, casi totalmente mimetizada con el oscuro color de la turba. En el centro quedó un breve claro de pampa, donde se movían los penachos del pasto con reflejos de acero verde.
-¿Estamos todos? -dijo uno.
- ¡Todos! . . . -respondieron varios, mirándose como si se reconocieran.
Muchos habían luchado juntos contra las tropas del Diez de Caballería, que comandaba el teniente coronel Varela; pero otros se veían por primera vez, ya que eran los restos de las matanzas del Río del Perro, Cañadón Once y otras acciones libradas en las riberas del lago Argentino.
Este lago, enclavado en un portezuelo del lomo andino, da origen al río Santa Cruz, que atra- viesa la ancha estepa patagónica hasta desembocar en el Atlántico. En época remota, un estrecho de mar, tal como el de Magallanes hoy día más al sur, unió por esta parte el océano Pacífico con el Atlántico, burilando en su lecho los gigantescos cañadones y mesetas que desde el curso del río ascienden, como colosales escalones paralelos, hasta la alta pampa. Por estos cañadones de la margen sur, un amansador de potros, cabecilla de la revuelta, apodado Facón Grande por el cuchillo que siempre llevaba a la cintura, obtuvo éxito con tácticas de guerrillas, tratando de dividir los tres escuadrones que componían el Diez de Caballería. Usando más sus boleadoras, lazos y facones que las precarias armas de fuego de que disponían, mantuvieron a raya en sus comienzos a las fuerzas del coronel Varela. El río mismo, cuyo caudal impide su paso a nado, sirvió para que Facón Grande y sus troperos, campañistas y amansadores de potros, se salvaran muchas veces de las tropas profesionales vadeándolo por pasos sólo por los indios tehuelches y ellos conocidos.
-¡Parece que nos va a llover! -exclamó un amansador alto y espigado.
Los que estaban sentados a su alrededor alzaron la vista hacia un cielo revuelto y la fijaron en un nubarrón más denso que venía abriéndose paso entre los otros como un gran toro negro.
-¡Ese chubasco no alcanza hasta aquí! -dijo un hombrecito de cara azulada por el frío y de ojos claros y aguados, arrebujándose en su poncho de loneta blanca.
El amansador de potros dio vuelta su angulosa cara morena, sonriendo burlonamente al ver al hombrecito que hablaba con tanta seguridad del destino de una nube.
-¡Que no nos va alcanzar..., luego veremos! -le replicó.
-¡Le apuesto a que no llega! -insistió el otro.
-¿Cuánto quiere apostar?
-¡Aquí tengo cuarenta nacionales! -respondió el del poncho blanco, sacando unos billetes de su tirador y depositándolos sobre el pasto, bajo la cacha de su rebenque.
El amansador, a su vez, sacó los suyos y los depositó junto a los otros.
En ese momento un hombre de mediana estatura, ágil y vigoroso, de unos cuarenta años, se levantó del ruedo y avanzó hasta el breve claro de pampa. Iba vestido con el característico apero de los campañistas: espuelas, botas de potro, pantalón doblado sobre la caña corta, blusón de cuero, pañuelo al cuello, gorro de piel de guanaco con orejeras para el viento, y atrás, en la cintura, el largo facón con vaina y cacha de plata.
Facón Grande puso las manos en los bolsillos del pantalón y las levantó empuñadas adentro, como si se apoyara en algo invisible. Se empinó un poco, levantando los talones, y adquirió más estatura con un leve balanceo; el gesto, ceñudo, miraba fijamente hacia el suelo; una ráfaga pasó con más fuerza por sobre la meseta y los penachos del coirón devolvieron la mirada con su reflejo acerado. Los novecientos hombres permanecían a la expectativa, tan quietos y oscuros como si fueran otros mogotes, un poco más sobresalidos, del turbal.
De pronto todos se removieron de una vez y el círculo se estrechó un poco más en torno de su eje.
-Bien -dijo aquel hombre, dejando su balanceo y soldándose definitivamente a la tierra-; la situación todos la conocemos y no hay más que agregar sobre ella. Esta misma noche o a más tardar mañana el Diez de Caballería estará en las casas de la última estancia que queda en nuestras manos. El traidor de Mata Negra ya les habrá dicho cuál es el único paso que nos queda por la cordillera del Payne para ganar la frontera. Ellos traen caballos de refresco, se los habrán dado los estancieros; en cambio, los nuestros están ya casi cortados y no nos aguantarán mucho más... Nos rodearán, y caeremos todos, como chulengos. No queda otra que hacerles frente desde el galpón de esquila de la estancia, para que el resto de nosotros pueda ponerse a salvo por la cordillera del Payne.
El círculo se removió algo confundido al escuchar la palabra "nosotros"... ¿Quiénes eran esos "nosotros"? ¿Acaso Facón Grande, uno de los cabecillas que habían iniciado la revuelta en el río Santa Cruz, también se incluía entre los que debían escapar por el Payne, mientras otros disparaban hasta su último cartucho en el galpón de esquila?
Un murmullo atravesó como otra helada ráfaga por el oscuro ruedo de hombres.
-¡Que se rifen los que quedan! -dijo alguien.
-¡No, eso no!... -exclamó otro.
-¡Tienen que ser por voluntad propia!-profirieron varios.
-¿Quiénes son esos "nosotros"?... -inquirió uno con frío sarcasmo.
Facón Grande volvió a empinarse, tomando altura; se inclinó cual si fuera a dar un tranco contra un viento fuerte, y levantó los brazos calmando el aire o como si fuera a asir las riendas de un caballo invisible. La murmurante rueda humana se acalló.
-¡Nosotros, los que empezamos esto, tenemos que terminarlo! -dijo con una voz más opaca, como si le hubiera brotado de entre los pies, de entre los mogotes de la turba. Empinándose de nuevo, dirigió la vista por encima de los que estaban sentados en primer plano, y agregó, con un acento más claro-: ¿Cuántos quedamos de los que éramos del otro lado del río Santa Cruz?
Unas cuarenta manos levantadas en el aire, por sobre las novecientas cabezas, fue la respuesta. El mismo Facón Grande levantó la suya, con las invisibles riendas en alto, ahora tomadas como si fuera a poner pie en el estribo de su imaginaria cabalgadura,
-¿Qué le parece? -dijo el hombrecito de poncho de lona blanca, codeando al amansador de potros, que se sentaba a su lado y quien había sido uno de los primeros en responder con la mano en alto.
-No quedaba otra..., está bien lo que ha he cho Facón.
-No...; yo le preguntaba por lo de la nube -dijo, haciendo un gesto hacia el cielo.
-¡Ah!... -profirió el amansador levantando también la cara con una helada mueca de sorpresa.
Ambos divisaron que el toro negro empezaba a deshacerse, descargándose como una regadera sobre la llanura, a la distancia. El aguacero avanzó con sus cendales de flechecillas espejeantes; pero al aproximarse a los lindes de la meseta desapareció totalmente, quedando del oscuro nubarrón sólo un claro entre las nubes, por donde pasó un lampo que lamió luminosamente a la llovida pampa.
-¡Da gusto ver llover cuando uno no se moja! -dijo el amansador con sorna.
-¡Sí, da gusto!-replicó el del poncho blanco, y se agachó a recoger el dinero ganado en la apuesta
Los hombres empezaron a esparcirse por entre el turbal hacia el faldeo en donde habían dejado ocultos sus caballos. El viento del oeste sopló con más fiereza por el claro que había dejado el nubarrón, y aquel páramo, desnudado, adquirió bajo el cielo una expresión más desolada.
No hubo ninguna clase de despedidas. Los que partieron hacia la cordillera del Payne lo hicieron cabizbajos, más apesadumbrados que alegres de avanzar hacia las serranías azules donde estaba su salvación. Los cuarenta troperos de Facón Grande, también sombríos, se dirigieron inmediatamente hacia el cumplimiento de su misión.
De pronto, desde la multitud en éxodo hacia el Payne se desprendió un jinete que a galope tendido avanzó en pos de la retaguardia de los troperos. Todos, de una y otra parte, se dieron vuelta a mirar aquel poncho de lona blanca que flameaba al viento, como si fuera una última mirada de despedida.
-¿Otra apuesta? -díjole burlonamente el amansador, cuando lo vio llegar a. su lado.
-Es... que... -repuso el del poncho, dubitativamente.
-¿Qué?...
-Yo le llevo su plata y usted… se queda guardándome las espaldas
-¡A usted le va a hacer más falta! -replicó el amansador, fastidiado.
-¡Chilote tenía que ser!... -profirió rudamente por lo bajo otro de los troperos.
El rostro de ojos claros y aguados se encogió parpadeando, como si hubiera recibido un violento latigazo.
-¡Aquí está su plata! -respondió con voz ronca, y agregó-: ¡Yo no la necesito tampoco!
-¡El juego es juego, amigo, llevésela y parta pronto! -exclamó otro.
-¿Qué le pasa a ese hombre? -dijo Facón Grande, sofrenando su caballo.
-Es una plata de juego -le explicó el amansador-. Apostamos a una nube y él ganó. Ahora parece que quiere devolvérmela como si me fuera a hacer falta..., ¿habráse visto?
-Yo no he vuelto por la plata -manifestó el aludido, dirigiéndose al cabecilla-. Lo de la plata salió sin querer entre mis palabras... Pero yo he venido hasta aquí porque quiero también pelear con los del Diez de Caballería.
Los que escuchaban el diálogo haciéndose los distraídos, se dieron vuelta de súbito a mirarlo.
-Pero usted no es del otro lado del río Santa Cruz -le dijo Facón.
-No; era lechero en la estancia Primavera cuando empezó la revuelta. Después me metí en ella y aquí estoy; quiero pelearla hasta el final, si ustedes me lo permiten.
-¿Qué les parece? -consultó el cabecilla a los troperos.
-Si es su gusto..., que se quede - contestaron varias voces con gravedad.
Antes de perderse en la distancia, muchos de los que marchaban camino del Payne se dieron vuelta una vez más para mirar: el poncho blanco cerraba la retaguardia de los troperos, flameando al viento como un gran pañuelo de adiós.


Al caer la noche, los troperos se hallaban ya atrincherados en el galpón de esquila de la estancia. Acomodaron gruesos fardos de lana en los bretes de entrada y de salida, a fin de que por entre los intersticios dejados pudieran apuntar sus armas hacia un amplio campo de tiro. En cambio, desde afuera, se hacía poco menos que imposible meter una bala entre los claros de aquellas imbatibles trincheras de apretada lana. Centinelas permitieron que todos descansaran un poco mientras la noche avanzaba.
-¡De puro cantor se ha metido en esto! -dijo el amansador de potros al hombre del poncho blanco cuando acomodaban unos cueros de oveja para recostarse junto a sus trincheras comunes.
-¡Ya estoy metido en la cueca y tengo que bailarla bien! -replicó.
-A lo mejor le picó aquello de "chilote tenía que ser"…
-Sí, me picó eso; pero yo venía decidido a que me dejaran con ustedes... ¡Quería pelearla también! ¿Por qué no? Y a propósito, dígame, ¿por qué miran tan en menos a los chilotes por estos lados? ¿Nada más que porque han nacido en las islas de Chiloé? ¿Qué tiene eso?
-No, no es por eso; es que -son bastante apatronados... y se vuelven matreros cuando hay que decidirse por las huelgas, aunque después son los primeros en estirar la poruña para recibir lo que se ha ganado... A mí también me dolió un poco eso de "chilote tenía que ser", porque yo nací en Chiloé.
-¿Ah..., sí? ¿En qué parte?
-En Tenaún..., me llamo Gabriel Rivera.
-Yo soy de la isla de Lemuy..., Bernardo Otey, para servirle.
-¿Y siendo lemuyano, cómo se metió tan tierra adentro? ¡Cuando los de Lemuy son no más que loberos y nutrieros!
-Ya no van quedando lobos ni nutrias... Los gringos las están acabando. Aunque uno se arriesgue a este lado del golfo de Penas, ya no sale a cuenta, y la mujer y los chicos tienen que comer... Por eso uno se larga por estos lados.
-¿Cuántos chicos tiene?
-Cuatro, dos hombres y dos mujercitas... Por ellos uno no se mete de un tirón en las huelgas... ¿Qué dirían si me vieran volver con las manos vacías? ¡A veces se debe hasta la plata del barco, que se le ha pedido prestada a un pariente o a un vecino! Y uno no puede andarle contando todo esto- al mundo entero... Por eso seremos un poco matreros para las huelgas... ¿A usted no le pasa lo mismo? ¿No tiene familia allá en Tenaún?
-No; no tengo familia. Me vine de muchacho a la Patagonia. Me trajo un tío mío que era esquilador. Murió al tiempo después y me quedé solo aquí... Siempre que me acuerdo de él, pienso cómo me embolinó la cabeza con su Patagonia -continuó el amansador, cruzando sus manos por debajo de la nuca, y agregando con voz nostálgica-: Tocaba la guitarra y cantaba tristes y corridos de por estos lados... Me acuerdo la vez que me dijo: "Allá en la Patagonia se pasa muy bien..., se come asado de cordero todos los días..., y se montan caballos tan grandes como los cerros..." "¿Dónde está la Patagonia?", le pregunté un día. "¡Allá está la Patagonia!", me respondió, estirando el brazo hacia un lado del cielo, donde se divisaba una franja muy celeste y sonrosada. Desde ese día la Patagonia para mí fue eso, y no me despegué más de sus talones hasta que me trajo. Una vez aquí, ¡qué diablos!..., los caballos no eran tan grandes como los cerros y el pedazo del cielo ese siempre estaba co-rrido por el mismo lado y más lejos!...
"Trabajé de vellonero -continuó el amansador-, de peón y recorredor de campo. Después, por el gusto a los caballos, me hice amansador. He ganado buena plata domando potros, soy bastante libre, pero... fuera de las ñatas que uno baja a ver de vez en cuando a Río Gallegos o Santa Cruz, no se sabe lo que es una mujer para uno, ni lo que sería un hijo... ¿De qué vale la plata entonces, si uno no ha de vivir como Dios manda? El corazón se le vuelve a uno como esos champones de turba: lleno de raíces, pero tan retorcidas y negras que no son capaces de dar una sola hebra de pasto verde... Por eso será que uno no le tiene mucho apego a esta vida tampoco, y se hace el propósito como si no valiera nada... Le da lo mismo terminar debajo del lomo de un arisco o en una huifa como esta en que nos hallamos metidos... En cambio, usted debiera agarrar su caballo y espiantar para el Payne..., lo esperarán allá en Lemuy una mujer y unos niños.
-¡Ya no, ya!... ¿Quiere que le diga una cosa? ¡Me dio vergüenza que nadie se hubiera quedado de los que cortaron para el Payne!
-Muchos quisieron quedarse, pero Facón los convenció de que debían marcharse. Cuantos menos caigamos es mejor, les dijo, y yo le encuentro razón... ¡Ah..., cómo se la habríamos ganado con Diez de Caballería y todo si no es por ese krumiro de Mata Negra!
-¿Por qué habrá empezado todo esto?
-¡Hem..., quién lo sabe! La mecha se encendió en el hotel de Huaraique, cerca del río Pelque... La tropa atacó a mansalva y asesinó a todos los compañeros que allí estaban... Entonces nos bajó pica, y con Facón Grande nos echamos a pelear todos los que éramos de campo afuera, campañistas, amansadores, troperos y algunos ovejeros que eran buenos para el caballo... Se la estábamos ganando cuando sucedió la traición del Mata Negra, hijo de..., ése; se dio vuelta y se puso al servicio de los estancieros.
-Más o menos todo eso es sabido dijo Otey, con voz apagada entre las sombras-; pero yo me pregunto por qué diablos no se arreglan las cosas antes de que empiecen los tiroteos, porque después no las arregla nadie.
-¡Qué sé yo!... Bueno, unos dicen que es la crísis que ha traído la Gran Guerra... Parece que los estancieros ganaron mucha plata con la guerra, pero la despilfarraron, y ahora que vino la mala nos hacen pagarla a nosotros... Y todo fue por el pliego de peticiones..., pedíamos cien pesos al mes para los peones y ciento veinte para los ovejeros... Ni siquiera yo iba en la parada, porque la doma de potros se hace a trato... También se pedían velas y yerba mate para los puesteros, colchonetas en vez de cueros de oveja en los camarotes, y que se nos permitiera más de un caballo en la tropilla particular... Pero parece que había otras cosas todavía... En el Goyle, compañeros con varios años de sueldo impago y que habían mandado a guardar el dinero de sus guanaqueos, fueron fusilados y esa plata se la embuchó el administrador. A otros les pagaron con cheques sin fondo y se quedaron dando vueltas en la ciudades. El coronel Varela se dio cuenta de todo esto y primero estuvo de nuestra parte; pero los potentados reclamaron a su gobierno, en los diarios le sacaron pica al coronel diciéndole que era un incapaz y hasta cobarde. Entonces el hombre tuvo rabia y pidió carta blanca para sofocar el movimiento; se la dieron, regresó a la Patagonia y empezó la tostadera -dijo el amansador de potros dando término a su versión de la huelga.
Con las primeras luces del alba se repartió un poco de charqui, y, por turnos, se dirigieron a la casa de máquinas, en el fogón de cuya caldera algunos habían hervido agua para el mate. Arriba, en el altillo de la prensa enfardadora de lana, oteando los horizontes, un tropero modulaba a media voz una lejana vidalita:
Más de un año ausente, vidalita...
estuve de esta tierra.
Hoy al encontrarte, vidalita...
ya me has despreciado.
Y eso es lo que llamo, vidalita...
ser un desgraciado.
La tonada fue interrumpida de pronto por una voz de alarma que desde otro lugar del techo anunció la entrada de las tropas del Diez de Caballería por la huella que conducía a las casas de la estancia.
Todos corrieron a sus puestos, mientras dos escuadrones de caballería, de más o menos cien hombres cada uno, desmontaron a la distancia, tomando posiciones en línea de tiradores.
No bien entrada la mañana, se dejaron oír los primeros disparos de una y otra parte. Una ametralladora empezó a tartamudear sus ráfagas, destrozando los vidrios de las ventanas, y las tropas empezaron a cercar desde el campo abierto al galpón de esquila.
Con un disparo aislado uno de los troperos volteó visiblemente al primer soldado de caballería; mientras rastrillaba su carabina para dispararle a otro, profirió en voz alta la conocida versaina con que se tiran las cartas en el juego de naipes llamado "truco":
Viniendo de los corrales
con el ñato Salvador,
¡ay, hijo de la gran siete,
ahí va otro gajo de mi flor!
El duelo prosiguió sin mayores alternativas durante toda aquella mañana, entre ráfagas de ametralladoras, fuego de fusilería y grandes ratos de silencio muy tenso. Habían caído ya varios soldados, sin que una sola bala hubiera logrado meterse por entre los sutiles intersticios de los gruesos fardos de lana, tras los cuales los troperos estaban atrincherados después de haber cerrado las grandes puertas del galpón de esquila, enorme edificio de madera y zinc, construido en forma de T, y sólo circundado por corrales de aguante, mangas y secaderos para el baño de las ovejas, todo hecho de postes y tablones.
Pronto ambos bandos se dieron cuenta de que eran difíciles de diezmar. Los unos, dentro del galpón, bien atrincherados tras los fardos; y los otros, soldados profesionales, avanzando lenta pero inexorablemente en línea de tiradores, con la experiencia técnica del aprovechamiento del terreno. El objetivo de éstos era alcanzar los corrales de madera para resguardarse mejor en su avance. Pero los de adentro conocían bien la intención y la hacían pagar muy cara cada vez que alguien se aventuraba a correr desde el campo abierto para ganar ese amparo. Fatalmente caía volteado de un balazo, y su audacia sólo servía de seria advertencia para los otros.
Facón Grande había dado la orden de no disparar sino cuando se tenía completamente asegurado el blanco, con el objeto de ahorrar balas, causar el mayor número de bajas y demorar al máximo la resistencia, a fin de que los fugitivos tuvieran tiempo de alcanzar hasta los faldeos cordilleranos del Payne, donde se encontrarían totalmente a salvo.
Otra noche se dejó caer con su propio fardo de sombras, interponiéndolo entre los dos bandos. Ambos la aprovecharon cautelosamente para darse algún respiro, y con la madrugada reanudaron su porfiado duelo.
En este segundo día ocurrió algo insólito: uno de los soldados, enloquecido posiblemente por la tensión nerviosa del prolongado duelo, se lanzó solo al asalto con bayoneta calada. Los del galpón no lo voltearon de un tiro, sino que abrieron curiosamente las grandes puertas y lo dejaron entrar; luego lanzaron el cadáver por una ventana para que nadie quisiera hacer lo mismo.
Pero la táctica empleada dio al coronel Várela un indicio: que las balas de los sitiados estaban escasas, si no se habían agotado ya. Era lo que él había previsto y esperaba ansiosamente dar la orden del ataque que pusiera término a ese porfiado duelo, en que había caído ya cerca de un tercio de sus escuadrones.
El toque de una corneta se dejó oír como un estridente relincho, dando la señal de que había llegado esa hora. Las ametralladoras lanzaron sus ráfagas protegiendo el avance final. Los de adentro ya no tenían una sola bala y no tuvieron más armas que sus facones y cuchillos descueradores para hacer frente a esa última refriega. En heroica lucha cuerpo a cuerpo, la muerte de Facón Grande, el cabecilla, puso término al prolongado combate cuando todavía quedaban más de veinte troperos vivos, pues muy pocos habían caído con los tiroteos y la mayoría había perecido sólo en la refriega final.
Esa misma tarde fue fusilado el resto sobre el cemento del secadero del baño para ovejas. Los sacaron en grupos de a cinco, y el propio Várela ordenó no emplear más de una bala para cada uno de los prisioneros, pues también sus municiones estaban casi agotadas.
Gabriel Rivera, el amansador de potros, y Bernardo Otey, con otros tres troperos, fueron los últimos en ser conducidos al frente del pelotón de fusilamiento.
Promediaba la tarde, pero un cielo encapotado y bajo había convertido el día en una madrugada interminable, cenicienta y fría. Al avanzar hacia la losa del secadero, vieron el montón de cadáveres de sus compañeros ya dispuestos para recibir la rociada de kerosene para quemarlos, la mejor tumba que había prescrito Várela para sus víctimas, cuando no las dejaba para solaz de zorros y buitres. Entre aquellos cuerpos se destacaba el; de Facón Grande, que el coronel había hecho colocar encima para verlo por sus propios ojos, pues había sido el único cabecilla que, si no interviene la traición de Mata Negra, hubiera dado cuenta de él y de todo su regimiento.
Un frío intenso anunciaba nevazón. Cuando los cinco últimos fueron colocados frente al pelotón de fusileros que debían acertar una bala cada uno de esos pechos, el sargento que los mandaba se acercó y comenzó a prender con alfileres, en el lugar del corazón, un disco de cartón blanco para que los soldados pudieran fijar sus puntos de mira. Una vez que lo hizo, se apartó a un lado y desde un lugar equidistante desenvainó su curvo sable y lo colocó horizontal a la altura de su cabeza. Iba a bajar la espada dando la señal de "¡fuego!", cuando Bernardo Otey dio una manotada sobre su corazón, arrancó el disco blanco y arrojándoselo por los ojos a los fusileros les gritó:
-¡Aprendan a disparar, mierdas!
La tropa tuvo una reacción confusa. Pero, en seguida, enderezaron las cinco bocas de sus fusiles hacia un solo cuerpo, el de Bernardo Otey, que cayó doblándose segado por las cinco balas que replicaron como una sola a su postrera imprecación.
Pero en aquel mismo instante, aprovechando la reacción de los fusileros, los otros cuatro hombres dieron un brinco y se lanzaron a correr mientras el pelotón rastrillaba sus armas para cargarlas otra vez con bala en boca.
-¡A ellos! -vociferó el sargento, al ver que mientras tres corrían por la huella, otro, el amansador de potros, daba un gran salto por sobre una alambrada, caía a horcajadas en uno de los caballos de la tropa y disparaba campo afuera, abrazado al cuello del animal.
El sargento hizo primero unos disparos con su revólver, pero luego tomó uno de los fusiles de los soldados, y, arrodillándose en posición de tiro, continuó disparando al caballo y su jinete tendido sobre el lomo, que corrieron velozmente hasta que se los tragó una hondonada.
Los otros tres fugitivos, de a pie, fueron pronto alcanzados por las balas, cayendo definitivamente sobre la huella.
La interminable madrugada espesó aún más su ceniza y una densa nevada empezó a caer sobre los campos, ocultando definitivamente al fugitivo con sus tupidas alas.
Bien entrada la noche, el amansador Rivera alcanzó a darle un respiro a su cabalgadura. Cuando desmontó, ambos, caballo y hombre, quedaron un rato acompañándose en medio de la cerrazón de nieve y noche. Las sombras, a pesar de todo, abrieron un poco su corazón con el leve resplandor de la caída de los copos.
Su propio corazón también dio un respiro aprovechando aquel oculto ámbito, y a su memoria acudió el recuerdo de una superstición india: el águila de las pampas debe ser cazada antes que logre dar un grito, pues si lo lanza, la tempestad acude en su ayuda... No bien la recordara, montó de nuevo y siguió galopando, en alas de su protectora.
En uno de esos amaneceres radiantes que siguen a las grandes nevadas, el amansador de potros dio alcance al grueso de los huelguistas cuando ya se habían puesto al reparo en uno de los faldeos boscosos del Payne, todos sanos y salvos. Al encontrarlos, la cabalgadura se detuvo sola, y la rueda humana, como en la Meseta de la Turba, volvió a reunirse en torno del amansador como de su eje.
El animal se había parado sobre sus cuatro patas muy abiertas, y cuando un hilillo de sangre escurrió de sus narices, los belfos, al percibirlo, tiritaron, y luego fue presa de un extraño temblor.
Como buen amansador, Rivera sabía que un caballo reventado no obedece ni a espuela ni a rebenque, pero no cae mientras sienta a su jinete encima. Por eso su relato fue muy breve, y, al terminarlo, se bajó del caballo al mismo tiempo que la noble bestia se desplomaba.
Con la nevada, toda la Patagonia parecía un gran poncho blanco que ascendía por los faldeos del Payne hasta sus altas torres que, como tres dedos colosales, apuntaban sombríamente al cielo. Y así se conservó memoria de cómo murió el chilote Otey.

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