jueves, 27 de abril de 2017

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La utopía y el descubrimiento austral

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Por Jorge Díaz Bustamante


En una pequeña librería de Punta Arenas, ubicada en calle Ignacio Carrera Pinto, encontramos un libro que nos llamó la atención por su título: “El descubrimiento austral por un hombre volador o el Dédalo francés” y que pertenece a la serie Curiosa Americana y está clasificada como novela filosófica. Restif de la Bretonne (1794-1806) es el autor de esta obra, “oscuro tipógrafo y polígrafo fecundísimo que cultivó la novela autobiográfica, la tesis filosófica, el ensayo libertino y, siguiendo la moda de su tiempo, abordó temas referente a la moral de las costumbres”, de acuerdo a lo señalado en la introducción.

El libro se publicó póstumamente y la edición impresa en Chile (1962) cuenta con el prólogo y traducción de Eugenio Pereyra Salas.

La novela relata la saga de Victorino, hijo de un procurador fiscal, enamorado de Cristina, hija de su señor. Su amor transformado en verdadero martirio a causa de su diferencia de clases, hace de él un joven dado a la ensoñación, hasta que traba amistad con Jean Vezinier un empleado doméstico, de malas costumbres, pero gran lector. Juntos construyen una maquinaria de madera que movía dos alas de seda. Lograron así sus primeros vuelos experimentales, que terminan trágicamente con la muerte de Vezinier ahogado en un pantano. Victorino destruye las alas para que el invento no pueda ser reconocido. Posteriormente se dedica a perfeccionarlo y logra su objetivo: “instalado en la colina, subió a un pequeño promontorio y dando a las alas el movimiento rápido de la perdiz se elevó con facilidad”.

El hombre-volador asombró a toda la región. Muchos lo creían un demonio y Victorino mantuvo en secreto su identidad. Descubrió un lugar idílico llamado el monte inaccesible, hasta allí traslado a aquellas personas que no era apreciadas en el condado y les otorgó diversos oficios. Con el paso del tiempo había organizado todo un pueblo que vivía en franca prosperidad y regido por el respeto e igualdad de oportunidades.
Restif de la Bretonne.

El amante decide culminar su plan secuestrando a Cristina, que no le era indiferente. Cometido el rapto, viven en el monte de la comunidad inaccesible, los jóvenes contraen matrimonio. Pronto nacen sus hijos que se desarrollan en medio de un pasaje idílico, sin embargo la población había aumentado en gran número y se hace necesario emigrar a otros territorios. Victorino y sus hijos, los únicos dotados con la capacidad de volar, para sus propósitos buscan “una isla o continente que esté deshabitado o al menos no hayan sido colonizados por grandes potencias”.

Inician sus viajes descubriendo numerosas islas. A partir de ese momento lo que parecía una novela futil, deja paso a un libro de aventuras, recordándonos los antiguos textos de los exploradores y adelantados que llegaron a América y que enfrentan por primera vez un mundo desconocido, que los maravilla por una fauna y flora que se ofrece exhuberante a sus ojos.

En la primera isla, a la que bautizan con el nombre de Cristina, se encuentran con los hombres de la noche. Seres primitivos que podían ver en la oscuridad y poseían un lenguaje gutural semejante al ruido de los murciélagos. Los habitantes del monte inaccesible son trasladados por los hombres voladores y habitan en comunidad con los hombres nocturnos, para ello Victorino dicta leyes que los protejan.

En la segunda isla, los habitantes de la Victorica, nombre con el que se bautizó a la isla grande, “son de raza patagónica, gigantes de unos doce o quince pies de altura. Son pacíficos, nunca pelean entre ellos”, con los cuales traban una gran amistad, de tal modo que Alejandro, hijo de Victorino, contrae matrimonio con una joven patagónica dando origen a una nueva raza. Al mismo tiempo fortalecen los lazos de amistad y el intercambio comercial entre ambos pueblos.

En la tercera isla, Alejandro advirtió “la presencia de un animal velludo, muy parecido al mono, que se aproximaba a su padre. Lanzó un grito de alerta, y gracias a las rápidas alas, se elevaron a unos veinte pies, desde donde pudieron contemplar entre los árboles un grupo de animales semejantes a los otros, que se paraban en sus patas traseras. Sólo entonces se dieron cuenta que estos animales velludos, eran una especie de ser intermediario entre el hombre y el mono”. En las islas siguientes encuentran diferentes razas de hombres-animales; simiescos, ozesnos, caninos, porcinos, cornúpetos 8ª los que en la antigua Grecia llamaban serastas), de los que tomaban una pareja, para educarlos en la isla Cristina. Aquí el autor adopta una posición crítica con respecto a las acciones realizadas por los conquistadores españoles.

“Fue una suerte inmensa que los hombres-animales del Polo Austral no hayan sido descubierto por los feroces conquistadores de Mexico y del Perú, sin duda alguna, contemplando la enorme talla de los patagones, los hubieran masacrado. Y aún más, si en vez de tratarlos como bestias, hubieran advertido en ellos un principio racional, entonces los hubieran quemado en la hoguera por Súcubus e Incubus, sobrevivientes de un primitivo bestialismo”.

Los hombres voladores continuaron sus exploraciones descubriendo nuevas especies de hombres-animales, las que integraban a su sociedad. Sin embargo, sabían de la existencia de tierras situadas al oriente, a la altura del grado 00, de clima frígido, pero favorable al desarrollo de una raza fuerte.

Al iniciar las exploraciones de estas tierras, se sorprenden de la similitud geográfica con Europa, con paisajes similares a España, Italia y Gran Bretaña. Con el único contraste de las dimensiones, pues el continente austral es de tamaño reducido.

Los exploradores habían llegado a la Megapatagonia. A su arribo el pueblo acude a recibirlos, para ofrecerles hospedaje y todo lo que necesitaran, “gesto hecho sin ostentación sino con el corazón abierto”. Los hombres voladores encuentran en los megapatagones una nación civilizada, desarrollada en los vastos conocimientos de la ciencia, del arte y la filosofía. La base de todos sus principios es el orden y la igualdad. Su ley fundamental en pocas palabras es:

1.- Se justo con tus hermanos; es decir no exijas nada, no le hagas nada que tu no quieres que te hagan a ti mismo;

2.- Se justo con los animales, lo mismo que tu quisieras que fueran contigo los animales superiores al hombre;

3.- Somos iguales entre iguales;

4.- Cada cual debe trabajar por el bien general, y

5.- cada cual debe participar en el bienestar general.

Los megapatagones sostienen que los pueblos no necesitan más que estas leyes. Quienes no lo creen así, son opresores o esclavos, que estarán dispuestos a “legitimar, la injusticia, la desigualdad y la tiranía de algunos de sus miembros sobre la comunidad”.

“El descubrimiento Austral” es un libro interesante, lleno de aristas que debemos explorar con la misma diligencia que Victorino y su grupo familiar. Finalmente nos quedamos con las reflexiones de Pedro Gamma en el “Imaginario Geográfico Austral Contemporáneo” (Impactos N° 73) “No sólo somos lo que pretendemos o creemos ser, sino también como nos imaginan”. El Dédalo Francés, es una novela que reúne lo feérico y la utopía para permitirnos una nueva lectura en nuestra presencia patagónica.

miércoles, 23 de enero de 2013

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Récords históricos en Magallanes y Última Esperanza

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Por Edgardo Cea Oyarzún

Plaza y Municipalidad de Puerto Natales.

Societariamente,  Magallanes es una región especial comparada con las del resto del país.En efecto, a lo largo de su historia han ocurrido hechos y acontecimientos únicos e incomparables que han quedado registrados en los anales como evidencias de que a pesar de vivir en el fin del mundo, somos capaces de ser los primeros. Al fin y al cabo, los magallánicos tenemos nuestro propio sello, ante  nuestros compatriotas somos lo que somos, auténticos y distintos.
Entremos en materia:
El Obrero. periódico de la Unión Obrera de Magallanes.
•          En 1897 se fundó en Punta Arenas el primer Partido Político del país que ostentó el apellido Socialista. Sus gestores fueron inmigrantes españoles, italianos y franceses. Este incipiente partido político surgió en el seno de una organización sindical: la “Unión Obrera”. A pesar de que esta agrupación política tuvo una existencia efímera, dejó un precedente histórico. Casi una década después, en 1913, se creó un nuevo Partido Socialista en Magallanes, esta vez como una organización formal,con Declaración de Principios y Directorio. 

Ley de Educación Primaria Obligatoria, Chile.
•          Punta Arenas tiene el mérito de haber sido la primera ciudad de la República donde se implantó la Enseñanza Obligatoria, adelantándose  nada más y nada menos que en veinte años a la dictación de la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria de 1920 que regiría para todo el país. Esta visionaria iniciativa fue llevada a cabo por la Honorable Junta de Alcaldes, presidida entonces por el Gobernador  de Magallanes Arturo E. Swett.

Cruz Roja de Hombres de Puerto Natales.
•          A saber, en Magallanes nació la Cruz Roja Chilena. En efecto, el 18 de diciembre de 1903, siete personas de diferentes nacionalidades residentes en Punta Arenas, formaron el primer núcleo llamado “Cuerpo de Asistencia Pública”, el que posteriormente, el 6 de octubre del mismo año, cambió su nombre por el de “Cruz Roja de Magallanes”, siendo su primer Presidente Vitorio Cuccuini.

Frigorífico Bories.
•          En los archivo de la memoria histórica están registrados los trágicos sucesos ocurridos en el Frigorífico Bories un 23 de enero de 1919. Allí se enfrentaron trabajadores y empleadores. El conflicto dejó un saldo de 10  muertos y veinte heridos. Sucedió entonces que,  por primera y única vez en la historia de Chile, los obreros tomaron el control total del pueblo por varios días. Las autoridades de Natales huyeron a territorio argentino.

Periódico El Esfuerzo.
•          En la época de oro del periodismo natalino y cuando la población apenas superaba los 5.000 habitantes se llegó a editar cinco periódicos simultáneamente, sin contar con la prensa periódica que nos llegaba de capital regional y Santiago. Estudios realizados por  investigadores locales concluyen que este particular fenómeno, influenciado por el aislamiento geográfico y el aporte ideológico de los inmigrantes europeos de comienzos del siglo XX, sería único en la historia de Chile. Hoy, transitando el siglo XXI, Natales con más de 18.000 habitantes, carece de una Prensa escrita.
Miguel Ángel León.
•          En 1927 Chile era gobernado por la dictadura del Coronel Carlos Ibáñez del Campo. En Puerto Natales varios dirigentes sindicales fueron detenidos, sospechosos de conspirar en contra la autoridad establecida. Entre estos se encontraba el director del periódico proletario “El Esfuerzo”, Miguel Ángel León Rabanales, quien junto a otros dirigentes de otras partes del país fueron relegados y  llevados en un barco de la Armada a la “Isla de Más Afuera” en el Archipiélago Juan Fernández, para luego desaparecer de ella sin dejar rastros.
Miguel Ángel León, se convierte así el primer mártir, detenido desaparecido, del periodismo en Magallanes. 
Juan Efraín Ojeda Ojeda.
•          El regidor y posteriormente diputado más joven del país en su época, fue el dirigente obrero socialista natalino Juan Efraín Ojeda Ojeda.  Electo regidor en el periodo 1935–1938 y diputado por Magallanes en cuatro ocasiones.de 1937 a 1953.

•          En Natales también fue electo por votación popular el primer Alcalde socialista de Chile (1935–1938), el obrero José del Rosario Muñoz Espinoza.
Arco de Triunfo para esperar la llegada de Dn. Pedro Aguirre
Cerda a Puerto Natales, 1939. 
•          En las elecciones presidenciales de 1938, el abanderado del Frente Popular, Pedro Aguirre Cerda, obtuvo en Puerto Natales la más alta votación que haya obtenido un candidato en una elección en Chile. De un total de 978 votos, sacó 926 preferencias, correspondiente al 97% de los sufragios válidamente emitidos. Una cifra histórica. 

•          A lo anterior agreguemos que en Magallanes funcionó el primer cinematógrafo del país y  Punta Arenas fue la primera ciudad de Chile que utilizó, desde 1898, el Servicio de Alumbrado Eléctrico.

•          En el ámbito laboral y sindical, en Magallanes se conquistaron las 8 horas de trabajo antes que el resto del país y se fundó en Punta Arenas el primer sindicato obrero de la República. Además, en la ciudad capital de la región, se firmó el primer Contrato Colectivo de Chile.

Bibliografía de apoyo:

Ampuero, J.L; Cea, E. y Cid, P. “Natales; Cien Años de Historias (1911 – 2011)”.
Tomo I. pág. 143. Imp. “La Prensa Austral”. Punta Arenas. 2011.

Cid Santos, Pedro. “Historia del Movimiento Obrero en Última Esperanza (1911 – 1973). Imp. Ateli Ltda.. Punta Arenas, 2004, pág. 54.

Cid, Rodrigo y López, Cristián “Los Periódicos de Puerto Natales (1917 – 1988). Prensa obrera, política e independiente". Tesis para optar al título de Periodista, Universidad Austral de Chile.- Escuela de Periodismo. 2001. pág. 20.  

viernes, 4 de enero de 2013

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Edgardo Cea Oyarzún: Punta Arenas y el Río de las Minas

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Río de las Minas en Punta Arenas, Magallanes, Chile. 

“Así está mi Punta Arenas”, “Así quedó mi Punta Arenas”…“Esto es mi Punta Arenas”, y otros epítetos plenamente justificados son suaves lamentos ante la furia descomunal del “Río de Las Minas”, un curso fluvial que atraviesa el corazón de la ciudad capital regional como una saeta desbocada. Los dramas causados por el desborde de este curso de agua datan de antaño sin que hasta ahora, en pleno siglo XXI, se le dé una solución.

            Crónicas del Periódico “Noticias Gráficas de Magallanes”, así lo demuestra:
Viernes 6 de Abril de 1945.
OTRA VEZ MIDIÓ SUS FUERZAS EL TERRIBLE RÍO DE LAS MINAS.- ¡ES UN PELIGRO PÚBLICO…! OPINAN LOS ENTENDIDOS.-

            Una vez más el Río de las Minas se levantó con ímpetu arrollador y, segado, se echó fuera de su cauce arrollando todo a su paso. Veloz y poderoso, hizo astillas una casa, llevó a su paso coléricas instalaciones auríferas, rompió defensas, socavó las bases de los puentes y, como si todo fuera poco, atacó a un cristiano arrojándolo muerto hacia la playa. Al día siguiente, volvió a su calma habitual, a una tranquilidad remolona de niño arrepentido.
            Pero no es la primera vez que los vecinos ribereños sufren las consecuencias de sus “inquietudes”. Son varios ya los siniestros ocasionados por el Río, y después de cada uno, los regidores municipales se han estremecido haciendo cálculos para echar sus aguas fuera de la ciudad o para aprisionarlas en una canalización de material adecuado. Después…ha venido la calma y el olvido.
            Cada alcalde ha sufrido sus consecuencias: Pisano, Turina, Salles…Ahora, quizás el río se aquiete esperando nuevas elecciones. Pero, de todos modos estará en acecho. Hay que hacer algo…por lo pronto escuchemos la palabra de los técnicos…
*.- “Canalización o desviación; cuestión de pesos”..- NICOLÁS IZQUIERDO, Director de Obras: Para evitar en el futuro los perjuicios que suele ocasionar este río con sus repetidas y arrolladoras crecidas, se impone su canalización o desviación.
            Las dos soluciones son viables pero costosas. Al ejecutarse una canalización se rectificaría el cauce en su paso por la ciudad, eliminando sus curvas de Sarmiento y Talca y las de mejicana con Chiloé. La elección está basada en el costo de las obras.
*.- “Debe ser desviado de su cauce actual”.- NICOLÁS ARZIS GOLES, arquitecto, autor del proyecto del Gimnasio Cerrado: Acerca del Río de las Minas dice: - Me inclino a estimar de conveniencia el desvío de su cauce actual. Fuera de la ciudad no ofrecería ningún peligro. La Municipalidad podría interesar a una sociedad de capitalistas para que esta realizara la obra y, a cambio, se adueñara de la faja de terreno que dejaría el río en medio de la población.
*.- “Se requiere estudios minuciosos”.- JUAN A. DURAN, Ingeniero Jefe del Departamento de Caminos: …Podría recomendar la desviación del cauce actual, pero habría que establecer si el terreno por donde el río tendría el nuevo curso sería adecuado. De todos modos, la solución del problema es obra de gran envergadura y, lógicamente, requiere un minucioso estudio en el propio terreno.
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Lunes 21 de Mayo de 1945
HACE MEDIO SIGLO FUERON RECHAZADAS LAS AGUAS DEL RÍO DE LAS MINAS POR HALLARSE CONTAMINADAS

            Los ingenieros del Departamento de Hidráulica, señores Von Bennewitz y Faigenbaum, vinieron a Punta Arenas, observaron técnicamente y se fueron alimentando varios proyectos para solucionar los problemas del Río de Las Minas y del agua potable.
           
Aquí oyeron la voz técnica de Glen Ruby y de la población: “El agua del Río de la Minas está contaminada”. No lo objetaron, pero después de una reunión que sostuvieron con el Grupo Regional de la ASINCH, consideraron irrealizable un proyecto del ingeniero norteamericano que aconsejaba la captación de agua de los ríos “Fortuna” y “Los Ciervos”, un proyecto de rápida terminación, según su autor, y que el mencionado Grupo había hecho suyo algunos días antes.

Después que el proyecto del señor Ruby fue considerado irrealizable (escaso caudal, etc.), el Grupo Regional de la ASINCH volvió a apadrinarlo sin perjuicio del proyecto del Departamento de Hidráulica que establece la construcción de una planta de filtros (obra de tres años) y la captación durante ese periodo de las aguas contaminadas del Río de las Minas.

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Miércoles 29 de Agosto d 1945


¡HAY UN BARRIO ENTERO QUE SE AHOGA EN EL BARRO!

            Punta Arenas se ensució la cara desde que el Río de las Minas se salió de cauce en fechas ingratas para todos. La tiene llena de barro desde entonces y algunos sectores son como el cuello del chiquillo colegial reacio al jabón: nunca está limpio. Pero, no es que haya habido negligencia. Al contrario, la Municipalidad puntarenense ha dado de sí todo lo imaginable para sacar de las principales calles el lodo y el légamo resbaladizo que sentó el río en las calzadas pavimentadas y empedradas. Con todo, el barrio en que se levanta la nueva población, entre las calles Maipú y Sarmiento con sus sectores adyacentes, sufre de perenne inundación de barro. Los vecinos están desalentados.

- ¡No sabemos ya lo que es una calle seca. No tenemos idea lo que es andar con un zapato limpio!

La calle Sarmiento con Caupolicán es uno de los sectores más afectados por los residuos dejados por las aguas del Río de las Minas. La vecindad está desesperada y tiene puesta sus esperanzas en la diligente Dirección de Obras Municipales, la cual, con algunas camionadas de ripio, podría ayudar a “sanear” estas populosas calles.    

           
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Sábado 15 de Junio de 1946

MIENTRAS LOS REGIDORES SE PELEABAN, EL RÍO DE LAS MINAS SE LO LLEVÓ

            Punta Arenas tiene una excelente municipalidad, pero de vez en cuando, los señores regidores dejan entrar a las sesiones al Partido. Ya se sabe que cuando estos se encuentran se arma al tiro una torre de babel.

Así pasó, mientras los regidores se ponían en desacuerdo, dejando pasar en blanco seis semanas sin sesiones  a causa de que el pacto Regionalista – Socialista no era cumplido, el Río de las Minas se aprovechó de las vacaciones regidoras y se salió de madre, poniendo en jaque a los ribereños y sus intereses y a las indefensas defensas. De paso, el río arrebató la vida de un modesto obrero identificado como Antonio Muñoz Gallardo, que la semana pasada apareció junto a los trabajadores que reparan los perjuicios del río frente al mercado. Su muerte es una muda, pero elocuente muestra del poder del Río de las Minas sobre los regidores, cuando estos se acuerdan que han sido elegidos por el Partido y no por los vecinos.  

martes, 4 de septiembre de 2012

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Edgardo Cea Oyarzún: Cuentos y Chascarros de la Patagonia

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EL GAUCHO “MACHETEADO” TORRES

En el amplio comedor de la vieja casona, “Toto”, el tío bonachón, dormía una reparadora siesta sentado en su amplio sillón de cuero rojo después de haber cumplido con su diaria jornada de trabajo. A veces su sueño era levemente interrumpido solo por el agudo crepitar de la llamas del calentador de fierro a leña que temperaba el recinto. Se iniciaba el mes de julio de 1970 y el gélido viento del noroeste anunciaba que el invierno había llegado a Puerto Natales. Con las primeras sombras de la noche el tío despertaba con un largo bostezo estirando los brazos hacia lo alto. Se ponía de pie, encendía la ampolleta del comedor apretando el interruptor y recargaba con leña el imprescindible calentador.

Con la precisión casi de un reloj suizo, a las 20:30 hrs. la abuela y mi madre servían la cena y la numerosa familia de hermanos, hijos y sobrinos, nos sentábamos a degustar un sabroso estofado de carne de vacuno con papas, zapallo, zanahorias, arvejas, abundante ajo y cebolla, ensalada de lechugas o repollo de la quinta, un buen pan amasado. “Praderas” para los niños y un jarrón de vino tinto de dos litros para los mayores. Otra exquisitez culinaria que recuerdo se servía a esa hora, eran las contundentes cazuelas de gallina (proveniente del corral de la casa), acompañadas de los mismos ingredientes.

En la mesa, los mayores comentaban acerca de los pormenores del trabajo del día, de la política contingente, del mal estado de las calles y caminos para caminar o conducir vehículos y otros asuntos domésticos. Mis tíos, “Toto”, “Tato” y Juanito, trabajaban con un camión marca “Internacional” de su propiedad, acarreando, aserrando y vendiendo leña recogida a domicilio. Casas particulares, escuelas, bares y cabarets eran sus principales clientes. Dos veces a la semana la pesada máquina salía de la casa con destino a los montes de Rio Tranquilo y Dos Lagunas a recoger el preciado combustible.

La cena y la tertulia familiar culminaban a eso de las 22:00 hrs. horario propicio para retirarse a las “pilchas”, como diría un buen gaucho. Era el momento que mis primos y yo esperábamos, la hora de los cuentos del tío Dagoberto, al que cariñosamente llamábamos “Toto”. La abuela, los tíos y las tías se retiraban de la mesa llevándose los platos, bandejas y botellas hacia la cocina, para lavarlos o desecharlos. Por su parte, el tío “Toto” era el último en quedarse en el comedor, con un saca platos de fierro atizaba el fuego del calentador, le ponía más leña y volvía a sentarse en su amplio y cómodo sillón. Mis primos y yo nos quedábamos sentados a la expectativa, sabíamos que la hora de los cuentos había llegado.

El tío nos miraba, se sonreía y nos decía – sobrinos vengan aquí, les contaré un cuento – Los cinco pergenios corríamos hacia él sentándonos en sus rodillas o en los bordes laterales del sillón. Allí nuestros sentidos comenzaban a agudizarse, todos con ansias esperábamos nos dijera el titulo del cuento de la noche. – Niños – nos dijo el tío – escuchen con mucha atención porque hoy les contaré un chascarro de miedo que le pasó a un amigo de su abuelo, mi padre don Juan Oyarzún Barría, que en paz descanse y fue él quien me lo contó a mí. Este cuento se llama “El gaucho “Macheteado Torres y el fantasma del puesto “Calderón” –

Y el relato comenzó:

En un recóndito lugar de la pampa argentina, lejos de la frontera con Chile, había un viejo puesto o rancho abandonado, nadie sabía por cuánto tiempo, pero toda la gauchada de uno y otro lado de la frontera conocían de su mala fama, allí, en el puesto “Calderón” ocurrían cosas malas durante la noche, por eso aquellos que pasaban por el sector evitaban acercase y nadie se atrevía siquiera pensar en refugiarse o alojarse en aquel tenebroso rancho.

“Macheteado” Torres, era un tipo joven, alto y fornido, de rostro enigmático y pelo cobrizo, hablaba poco y usaba un enorme machete cruzado en su cintura (de ahí su apodo), amén de su “Winchester” de largo alcance y su “Colt” 45, que portaba entre sus aperos. Los escasos amigos que tenía sabían muy poco de su vida, solo que desde muy niño llegó con sus padres desde algún lugar de la zona central del país a trabajar a las estancias de la Patagonia. Era el más reconocido tropero de la comarca. Tenía fama de buen amansador y mejor laceador, rastreador y cazador. Cabalgaba siempre solo y de vez en cuando visitaba las tolderías del cacique Tehuelche “Papón” en el valle de los Baguales, con quien compartía también las cacerías de ñandúes, guanacos, caballos y toros salvajes. Se decía que un par de veces fue visto en Natales, cabalgando por las calles del pueblo en su tobiano indio y para nadie pasó desapercibido, su estampa y figura baqueana acapararon la atención de los curiosos vecinos. No era para menos, su nombre era conocido en todo el territorio de frontera en la década de 1950.

Una tarde de otoño, “Macheteado” Torres se encontraba en la estancia “Kilik - Aike Norte” amansando una tropilla de caballos cerriles, cuando se enteró por otros gauchos, que su entrañable amigo el viejo cacique “Papón”, estaba muy enfermo. Sin perder tiempo, apenas amaneció, ensilló a su tobiano y a un robusto alazán que cargó con aperos y provisiones para el largo viaje que emprendería. La ruta que debía seguir no era nada de fácil, tenía que cruzar un extenso territorio de tupidos bosques, profundas quebradas, peligrosos turbales, torrentosos ríos y subir espinados y abruptos cerros para llegar a pie de monte de la imponente cierra baguales, lugar donde habitaban los Tehuelches. “Macheteado” tenía prisa, sabía que el tiempo le jugaba en contra. Su afán era llegar a la toldería lo más pronto posible para encontrarse con su amigo el Cacique, antes que fuera demasiado tarde.

Los días y las noches de otoño en la Patagonia son de corta duración y casi igual de frías que en invierno. “Macheteado” lo sabía muy bien, por eso, apenas destellaban las primeras luces del alba se ponía en marcha. El primer día fue plenamente favorable, pero al siguiente la naturaleza comenzó hacer lo suyo. Un cerrado bosque de lengas y robles fue lo primero que detuvo su avance, intentó cruzarlo abriéndose paso a punta de machete, pero a poco andar notó que las filosas ramas de los árboles dañaban a los caballos, decidió entonces retroceder y buscar otra vía de avance. Como buen baqueano trepó a un alto roble y oteó el área circundante. Pronto divisó una gran cascada de agua que atinadamente supuso alimentaba un río. Con innata agilidad bajó del árbol, tomó a los caballos y se dirigió al lugar. Dos horas demoró hasta llegar a los márgenes del caudaloso río, su correntada era el nuevo gran obstáculo que debía superar. Lo primero que hizo fue buscar una parte angosta, poco profunda y sin mucha corriente. La tarea no fue fácil, gracias a su experiencia y conocimientos acumulados en las lides campiranas logró encontrar un lugar más o menos óptimo para vadearlo.

El agua estaba helada y el fuerte ruido del caudal puso nervioso a los corceles. “Macheteado” tomó el largo lazo de cuero de vacuno trenzado que llevaba consigo y amarró a los animales por el cuello uno junto al otro, apretó las cinchas, aseguró bien los caperos (o alforjas) y entró al rio, treinta metros aproximadamente lo separaban de la otra orilla. La corriente comenzó a arrastrarlo hacia abajo, pero él se mantenía firme tomado de las riendas de los animales que avanzaban con dificultad. Se encontraba en la mitad del río cuando vio que se acercaba un enorme árbol arrastrado por el agua. Torres intentó apurar a sus caballos pero fue inútil, los animales entraron en pánico y “Macheteado” debió tomar una rápida y drástica decisión, sacó su machete y de un certero golpe cortó el lazo que unía a los caballos. Casi al instante ambos animales fueron arrastrados por la corriente en direcciones diferentes. “Macheteado” logró asirse de la cola de uno de los animales y casi sin fuerzas ni aliento logró llegar a la otra orilla, su tobiano lo había salvado. El alazán en cambio, fue arrastrado por la corriente hasta perderse en medio del espumoso caudal.

El costo había sido alto para el valiente gaucho, un caballo, un capero cargado de provisiones y las dos armas de fuego perdidos, pero tenía que seguir, la vida en la Patagonia es dura y a veces dramática. Apenas repuso fuerzas continuó su marchan hasta bien entrada la tarde. Junto a una arboleda levantó campamento, encendió una fogata, se cambió de ropa y secó la mojada, comió algo de carne fría y mateo, luego sacó un papelillo y tabaco del interior del capero que había logrado salvar y armó un cigarrillo que piteó antes de dormirse. Al día siguiente le esperaba una empinada y rocosa pendiente que subir.

El fresco rocío de la mañana lo despertó. Sobresaltado se puso de pie, recogió sus pilchas, ensilló su caballo, apagó los restos de la fogata y partió al galope. Pasado el mediodía divisó el imponente cañón por donde tenía que pasar. Se detuvo un instante para observarlo y luego clavó las espuelas en las verijas de su tobiano y se lanzó a matacaballo tras su objetivo. Oscurecía cuando llegó a los contrafuertes del cerro y cual gaucho corajudo desmontó, tomó las riendas de su pingo y comenzó a subir entre los riscos. El ascenso fue lento y antes de anochecer había logrado subir varios metros. La noche en la altura fue helada y muy estrellada. Solo un par de horas de sueño, todavía no aclaraba cuando reinició el ascenso. Pronto alcanzó la cima e inició el descenso por el lado de sotavento, con lentitud y mucho cuidado, un paso en falso y hombre y animal podían desbarrancarse. En la mitad del cañón lo sorprendió nuevamente la oscuridad de la noche, buscó un lugar donde refugiarse y descansar. Ya faltaba poco para descender hasta el valle.

“Macheteado” Torres, era un gaucho de experiencia, conocedor del territorio y de sus peligros como ningún otro, pero está escrito que nadie es más sabio que la naturaleza. Sabía que el lugar era territorio de pumas, sin embargo confiaba en sus habilidades y triquiñuelas para evitarlos. Esa noche se desató una lluvia torrencial, por eso arrimó su caballo a una gran roca para protegerlo del aguacero y él se acomodó a unos pocos metros de distancia, a la entrada de una pequeña caverna, frente a su equino compañero. Allí encendió una fogata para entibiar el cuerpo, pronto el cansancio y el sueño lo vencieron y sin darse cuenta se durmió.

A medianoche, un furioso rugido y el relinchar quejumbroso del tobiano lo despertaron de su profundo sueño, con un ágil movimiento se puso de pie, la oscuridad no le permitía ver nada, desesperado tomó un palo encendido de la fogata y con la improvisada antorcha corrió hacia su caballo. El enorme puma estaba aferrado al lomo del pingo que furiosamente se sacudía para deshacerse de las garras del letal asesino. Instintivamente el felino buscaba clavar sus grandes y afilados caninos en el cuello del caballo, mientras la sangre brotaba a borbotones de su lomo. “Macheteado” se acercó a la escena lanzando gritos y silbidos para intentar espantar al enorme gato que seguía aferrado al lomo del caballo. Viendo que sus trucos no daban resultado, lanzó contra el puma su antorcha y este se desprendió de su presa dando un gran salto hacia atrás para quedar frente a frente con su agresor. Con un veloz e instintivo movimiento “Macheteado” hecho mano atrás y de su cintura sacó el afilado machete con el que se había ganado respeto y admiración entre la gauchada. Diestro con el fierro en las manos comenzó a moverlo de lado a lado esperando el ataque del felino. El animal se agazapó, lanzó un fuerte rugido y se abalanzo sobre “Macheteado” que dio un paso al lado y por centímetros logró esquivarlo propinándole un certero tajo en una de sus patas traseras. El puma rugió de dolor y huyó en medio de la oscuridad.

La lluvia había cesado y en medio de la fría noche el tobiano yacía tendido con el lomo y las ancas desgarradas por los zarpazos del puma. “Macheteado” lo miró con angustia y lo acarició con ternura, los Tehuelches se lo habían regalado a la semana de haber nacido al morir en el parto la yegua que lo pario. – No te abandonaré amigo…me salvaste la vida en el río y no te dejaré aquí como alimento de pumas – dijo – Curaré tus heridas y te llevaré conmigo – Con las brazas de su fogata encendió otra junto al caballo, buscó su cantimplora, llenó con agua su sombrero y le dio de beber, luego puso a calentar mas en un recipiente y le agregó sal, untó con aquel liquido su pañuelo de cuello y comenzó a lavarle las heridas. Así llegó el amanecer y en la mañana el caballo ya se había puesto de pie, mal trecho, con sus heridas aun abierta caminaba con dificultad.

Suavemente le puso el bozal al afligido animal, tomó la montura y el apero y se los echó al hombro, se hizo de las riendas y lentamente comenzó a descender. Demoró más de cinco horas en llegar al valle. Allí se detuvo para descansar y dejar que el maltrecho animal pastease Cada cierto tiempo, untaba su pañuelo con agua y sal y lo pasaba por las heridas del tobiano. Sentado junto a un roble, sacó de su morral un pedazo de carne fría y una tortilla y se puso a comer, de lejos un zorro lo espiaba y el fresco de la tarde le anunció que ya era hora de marchar.

El avance se hacía cada vez más lento y de pronto ocurrió, el tobiano, su fiel compañero de andanzas se detuvo, rengueaba mucho de una pata trasera y otra delantera, quiso echarse pero “Macheteado” lo sujetó de la rienda, cerró suavemente sus brazos en el cogote del animal y le susurró en una de sus orejas –No te morirás amigo, no lo permitiré…resiste un poco más, ya falta poco para llegar a la toldería del viejo Papón– Como si el tobiano hubiera entendido a su amo, lenta y dificultosamente volvió a moverse, avanzaron juntos un par de metros cuando de pronto a lo lejos, al fondo de una quebrada, divisó lo que parecía ser un puesto. “Macheteado” se detuvo abruptamente, un raro escalofrío recorrió su cuerpo de pies a cabeza, se quedó quieto por unos segundos y en voz alta exclamó ¡el puesto Calderón¡ De inmediato recordó las tenebrosas historias que contaban los viejos gauchos acerca de este puesto abandonado en medio de aquellos desolados parajes.

La noche se venía encima y una cerrazón de nubes anunciaba que pronto se desataría el aguacero. Abajo, en la quebrada, el misterioso puesto se mostraba como un buen refugio. Desde la altura “Macheteado” pudo observar un corral de palo a pique junto al rancho y de inmediato pensó en su caballo, allí pasará una buena noche protegido de la tormenta, se dijo. Pero el temor a lo desconocido lo detuvo, meditó un momento, su valentía como hombre de campo estaba a prueba una vez más. –¿Y si todo lo que se cuenta es malaya de viejos chochos y nada más?– Se preguntó– Vamos amigo– le dijo a su caballo –iremos a echar un vistazo– Lentamente comenzaron a bajar hasta el fondo del valle. A metros del puesto el animal lanzó un fuerte relincho que detuvo a su amo en seco. “Macheteado” sintió de nuevo correr el sudor por su cuerpo y en un acto casi reflejo su diestra empuñó la blanca cacha de hueso de su machete. Ahora su corazón latía con más fuerza, respiró profundo y volvió a darse ánimo –Es sólo una sugestión y nada mas– se dijo así mismo y volvió a envainar su filoso facón.

La pesada puerta de madera se abrió lentamente, el aire fresco de la tarde se coló al interior y el polvo comenzó a caer desde el cielo raso evidenciando del paso del tiempo. El gaucho “Macheteado” Torres volvió a empujar con fuerza la puerta y esta se abrió de par en par. Se paró junto a ella y en voz alta peguntó –¿Vive aquí algún cristiano?– Y enseguida agregó – ¡Si es así, que se apersone ahora mismo!– El susurro del viento sobre las ramas de algunos árboles y calafatales, el ladrido lejano de un zorro y el relincho de uno que otro guanaco macho llamando a su harén de hembras, fueron las únicas respuestas.

“Macheteado” ingresó al rancho, el interior estaba en orden pero con mucho polvo acumulado. Un ancho calentado de fierro y latón y a su lado una rústica pero bien hecha mesa de madera con cinco sillas del mismo material. En las paredes colgaba tres viejos petromax y algunos muebles con enseres de casa: jarros, latas para depositar agua, ollas y platos de barro cocido, cuchillos, cucharas y tenedores de madera y hasta una pava de cuero para preparar mate. También había algunas provisiones como unas bolsas de sal y azúcar abiertas, un saco papero medio de grasa de animal (usada por los gauchos como combustible para encender fuego y antorchas cuando se sale de noche al monte) y hasta una bolsa con mate. Sin duda, hacía muchos años que alguien había vivido en ese puesto. En la piececita colindante estaba el dormitorio, con un camastro de madera, sobre él una gruesa manta y pieles de animales que servían de frazadas. En un pequeño velador de roble junto a la cabecera había una añeja palmatoria de metal para encender la vela.

Lo primero que hizo fue sacar un poco del abundante polvo acumulado, enseguida recogió algunos palos de leña y encendió el calentador, lenta pero ascendentemente la llama fue creciendo, hasta que el calor del fuego comenzó a temperar el rancho. Con palos y restos de cuero untado con grasa armó tres antorchas y las encendió colocándolas en el lugar de los petromax, tomó una de ellas y salió a buscar a su caballo. La noche se venía amenazante, acompañada de una tormenta de viento y lluvia. “Macheteado” sujetó de las riendas al animal y con el cuidado de siempre lo llevó hasta el corral que estaba junto al puesto. Una mirada bastó para que el experimentado gaucho se diera cuenta de que el lugar era el apropiado para proteger a su tobiano. Le dio una suave caricia en el lomo y dijo –Aquí dormirás bien amigo– De pronto, como de la nada, truenos y relámpagos estremecieron la oscura noche haciendo sobresaltar al animal y a su amo, la tormenta había comenzado. “Macheteado” se quedó un rato con su caballo para evitar que se pusiera más nervioso con los relámpagos y truenos. El viento y la lluvia desataron su furia mientras nuestro noble gaucho se encontraba en el interior del puesto, comiendo un trozo de carne y una tortilla, atizando el fuego y preparándose para dormir, después de cuatro días de marcha por el abrupto paisaje, por primera vez descansaría bajo un techo y en un cómodo camastro. De sus temores ya no se acordaba.

De pronto el viento dejó de soplar y la lluvia se detuvo, la tormenta cesó de un golpe y un profundo silencio se apoderó de la noche. “Macheteado”, se tendió sobre el camastro y se cubrió con una gruesa capa de guanaco. El crepitar de la leña quemándose y el calor del fuego incitaban a caer en un profundo sueño. En eso estaba cuando el agudo relinchar de su tobiano lo sobresaltó. De inmediato puso sus sentidos en alerta, se sentó en el camastro y sus agudos oídos captaron el lejano galopar de un corcel. Los segundos pasaron y el ruido de los cascos se fue acrecentando. No le quedaron dudas, era una monta o un corcel que a matacaballo se dirigía al puesto.

El animal detuvo su cabalgar abruptamente frente a la puerta, dio un fuerte resoplido que se confundió con el inquieto relinchar del tobiano en el corral. Un instante y el tintinear de las espuelas indicaban que había desmontado un jinete que con paso decidido avanzó hacia la puerta del puesto, de pronto se detuvo, los segundos y los minutos fueron eternos para el gaucho “Macheteado” Torres que a viva voz gritó –Adelante amigo…quien quiera que sea– La respuesta fue el silencio.

Entonces decidió salir a investigar, puso su manta de castilla, se hizo de una antorcha y machete en mano salió afuera. Revisó el frontis del rancho sin encontrar rastros de alguna monta o caballo. Luego fue al corral a ver a su tobiano que se encontraba nervioso y asustando –Calma amigo– le dijo, estoy contigo y nada te pasará– Regresó al puesto, recargó con leña el calentador y puso sobre la meza un tarro donde colocó la antorcha encendida. En eso estaba cuando un fuerte golpe estremeció una de las paredes del rancho – Quién anda ahí – preguntó el valiente gaucho. Una vez más no obtuvo respuesta. En el corral de palo a pique el tobiano volvió a relinchar nerviosamente. De pronto, alguien comenzó a caminar sobre el techo del puesto, el sonar de las espuelas indicaba que era el mismo jinete fantasma que al parecer había vuelto. Macheteado” tomó la antorcha y volvió a salir en medio de una oscuridad total, esta vez dio la vuelta completa al puesto gritando – Si eres hombre o demonio sale y muéstrate…no te tengo miedo y aquí me quedaré hasta el amanecer – Ahora, su temor se había convertido en ira.

Preparó dos nuevas antorchas, las colocó frente a la puerta y regresó a ver a su caballo, notó que el animal estaba sudando. Levantó la tranca del corral para darle de beber, pero un violento ruido al interior del puesto, como si alguien arrastrara pesadas cadenas lo hizo desistir de su intención. Cogió la antorcha, empuñó su machete y corrió hasta la puerta que la abrió de par en par con una fuerte patada, ingresó dispuesto a todo, revisó cada rincón del rancho y no encontró nada, todo estaba en su lugar. Respiró profundo y volvió a sentir un escalofrió, pero de inmediato reaccionó – No me asustarás maldito demonio si eso es lo buscas – dijo en voz alta. Encendió un nuevo par de antorchas y con una de ellas volvió al corral a darle de beber a su caballo.

“Macheteado” sabía que esa noche no dormiría, por eso se sentó junto al calentador, preparó un mate y un cigarrillo y esperó lo que vendría. No se equivocó, un suave trote de caballo lo puso en alerta. Escuchó al animal avanzar hasta cerca de la puerta donde dio dos fuertes resoplidos. No se inquietó, con su diestra aferró el machete, guardó silencio y esperó. De pronto escuchó desmontar al jinete de las espuelas que con un tintinear elegante y acompasado caminó hasta la puerta y se detuvo. “Macheteado” se mantuvo en silencio y de pronto exclamó – Adelante amigo, si es hombre pase, si es espíritu o demonio también – No hubo respuesta, las espuelas volvieron a sonar, el jinete se alejó de la puerta y comenzó a caminar alrededor del puesto, dio tres vueltas, luego montó su caballo y partió a todo galope en medio de la oscuridad de la noche. “Macheteado”, se puso de pie, tomó una antorcha, abrió la puerta y salió a dar un vistazo, no había rastro alguno.

Un par de horas después notó que empezaba amanecer. Armó su apero, sacó del corral a su tobiano, tomó un par de antorchas encendidas y las arrojó sobre el polvoriento piso del puesto “Calderón”. El fuego se expandió con inusual rapidez y en media hora el rancho quedó convertido en cenizas. El humo negro se elevó por los cielos de la estepa patagónica siendo avistado en la toldería del viejo “Papón”, quien ya repuesto montó su caballo y junto a sus conas salió a explorar el origen de la humareda.

martes, 17 de abril de 2012

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Isabel Soto Cárdenas: Mi padre era comunista

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Antonio Soto y su hija Isabel Soto Cárdenas. 

A pesar de la distancia, pero gracias a las redes sociales. he seguido con gran interés el debate suscitado en Ñ en relación a la figura de mi padre, el “gallego” Soto, y más específicamente a propósito del libro Antonio Soto: de Ferrol hasta el fin del mundo, escrito por mi dilecto amigo Lois Pérez Leira. Me veo en la necesidad de aportar desde lo personal algunas reflexiones con el fin de aclarar aspectos de la vida de mi padre, si bien el debate estuvo dado por mi otro gran amigo Osvaldo Bayer, quien me regaló mi historia personal, y el periodista señor Isidoro Gilbert, a quien no tengo la suerte de conocer. Creo que necesito expresar mis reflexiones, ya que de alguna manera yo he vivido el día a día de la investigación del libro de Lois Pérez Leira desde 1997 en que me propuso que buscáramos a Antonio como persona, hijo, hermano, padre.

Así durante todos estos años he compartido con él encuentros maravillosos con mi familia, lo que me permite hoy en mi plena adultez disfrutar de todos estos bellos recuerdos, más frescos, más palpables, en fin, vivir desde los afectos.

Comienzo mis reflexiones asegurando tajantemente que nadie en Punta Arenas sabía del pasado de dirigente huelguista en Argentina de mi padre, ni sus amigos personales, menos yo. Sólo me confesó que no podía entrar a dicho país, y con mi madre debe haber existido un pacto de silencio pues nunca pudimos conversar el tema ni siquiera después de publicado el libro de Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde, a raíz del cual yo me enteré de que papá había formado otra familia, que tengo hermanos, y que mi padre era anarquista y había tenido tan destacada participación en esa historia.

Mi corazón siempre estará agradecido con Osvaldo Bayer, por haber sido quien sacó del anonimato a mi padre y quien realizó ese gran trabajo de investigación. Luego de las largas dictaduras de Chile y Argentina, nos llegó la primavera y pudimos conmemorar el centenario del nacimiento de mi padre.

Fueron actos que se realizaron en Ferrol, Buenos Aires, Río Gallegos y en mi natal Punta Arenas. Estos actos fueron organizados por la CTA y la CIG, Central Sindical Gallega, siendo el coordinador de todas estas iniciativas Pérez Leira.

En ellas participó Osvaldo Bayer, como principal referente histórico. Fueron unas jornadas memorables. A partir de aquellos actos con Leira comenzamos a pensar en la necesidad de seguir investigando la vida de mi padre, ya que quedaban aspectos desconocidos y yo quería saber toda la verdad.

Durante ese tiempo encontré a mis hermanos en Valparaíso y forjé lazos fraternos con ellos. Pude, con Lois, leer las cartas que conservaba mi hermana Alba, que nuestro padre le había enviado a su mujer, madre de mis hermanos y conocer, además, por boca de ellos, su militancia partidaria, que los obligó a vivir en varias partes de Chile, siempre evitando ser detenidos por comunistas. No sé qué rol jugaba él, pero Alba relata las continuas reuniones y su cambio habitual de casas; luego de 10 años, mi padre volvió al sur argentino, a Tierra del Fuego, con la promesa de reunirse posteriormente con su familia.

En una etapa reciente encontré a mi tía Elvira, hermana menor de mi padre; fue nuevamnete Lois el autor de esta búsqueda y posterior encuentro, justo el día en que celebramos los 110 años del natalicio de Antonio Soto. A partir de este maravilloso encuentro comencé a conocer mi historia familiar de primera mano. Durante horas mi tío Pedro Molina, esposo de Elvira, me fue relatando recuerdos familiares; así me enteré de que mi padre había sido un destacado activista de la Semana Trágica, motivo por el cual permaneció escondido durante varios días para que no lo mataran, y luego escapó al sur patagónico. Mi tío me señaló también que tanto Antonio como su hermano Francisco Soto eran simpatizantes de la revolución rusa.

Es en casa de mi tía en Buenos Aires donde pudimos, junto con Lois, leer las cartas que mi padre le envió a mi abuela y donde señalaba que sus amigos comunistas se contactarían con ella por si necesitaba algo; menciona varias veces la palabra partido. Estas misivas están ahora en mi poder, gracias a la generosidad de mi familia.

Por lo expuesto, todo indica que mi padre estaba vinculado al Partido Comunista; incluso los primeros años no le escribió a su madre por temor a que sus cartas fueran interceptadas. Creo que su vinculación con el partido dura hasta que regresa al sur argentino desde Valparaíso; además, para avalar esta aseveracion quisiera relatar que junto a Lois Pérez Leira entrevistamos a un gran amigo de mi padre, don Carlos Vega Letelier, periodista y escritor, quien nos contó que ambos habían sido de la Asociación Amigos de la Unión Soviética. Confirmó lo que yo ya había declarado sobre el apoyo de mi padre a los frentes populares y a Salvador Allende, y a las candidaturas socialistas al municipio. Lo que además recuerdo, porque ya era una joven dirigente estudiantil, es que mi padre fue un entusiasta defensor de la Revolución Cubana, y pese a ser una persona muy de izquierda jamás tuvo conductas anarquistas. Por el contrario, era un hombre muy apegado a respetar las leyes y normas y cuando me instruía en educación cívica y movimientos políticos no recuerdo jamás que me haya explicado qué era el anarquismo, movimiento que merece todo mi respeto. Ante toda esta información nueva, me pareció bastante contundente la tesis de que mi padre fuera miembro del Partido Socialista Internacional; sería raro un anarquista apoyando la Revolución Cubana o que fuera miembro de la Sociedad de Amigos de la Unión Soviética.

Mi cariño entrañable para Osvaldo Bayer y Lois Pérez Leira, mis amigos del alma y hombres buenos y estudiosos que sólo han querido escribir sus verdades. Y yo respetuosamente escribo esto con el único objetivo de brindar mi punto de vista.

Revista de Cultura Ñ. Buenos Aires, Argentina. Sábado 17 de septiembre del 2011.

martes, 21 de noviembre de 2006

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Un video de Torres del Paine

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viernes, 26 de agosto de 2005

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Diario de la Goleta Ancud

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Desde la salida de la chalupa hasta su regreso de Chiloé, cosa que tuvo lugar a las diez de la noche del 26 de agosto, después de 23 días de ausencia, la dotación de la goleta Ancud fue dedicada a recorrer los víveres y atender a su conservación, refaccionar las averías de la goleta y mejorar en cuanto era posible su distribución interior. Mariscaban siempre que les fuera posible para economizar los víveres de campaña. Mientras permaneció en el puerto experimentó tiempos ordinariamente lluviosos y frecuentes temporales.

El 26 de agosto llegó la chalupa de regreso de su comisión, trayendo correspondencia y avisando que la lancha que conducía los víveres quedaban como a 12 millas del puerto, esperando viento y marea. Al día siguiente salió con la chalupa en busca de la lancha regresando en la noche con el señor Philippi, los machos nuevos para el timón de la goleta y otros artículos de que carecían dejando en la lancha a Miller para que le sirviese de práctico.

El día 29 se transportaron parte de los víveres a la goleta. El 30 continuamos las refacciones de la goleta y en las mismas operaciones lo pasamos hasta el 3 de septiembre en que caló el timón. El 4 de septiembre arribaron al puerto dos embarcaciones menores pertenecientes a otras tantas lanchas madereras de Chiloé con el fin de negociar con el bergatín N:A Enterprise, que se hallaba fondeado en el puerto desde 7 meses ha; y sabiendo que tenía a su bordo gran cantidad de tabaco breva y que procuraba cambiarlo por carne salada y otros víveres, con lo que perjudicaba a los tripulantes de la Ancud, resolvió el capitán Guillermos notificar al capitán del Enterprise, abandonase el puerto y el archipielago, haciéndole comprender al mismo tiempo el riesgo que corría como contrabandista.

Viendo el comandante de la Ancud que el capitán del bergantín Enterprise no cumplía la orden que había recibido de abandonar el puerto, le embargó las dos chalupas que tenía en tierra componiendo para despacharlas a la pesca, poniendo un piquete de tropa para su resguardo. Mandó en seguida al bergantín anunciándole que los botes le serían devueltos cuando se hicieran a la vela; pero no haciendo caso el Capitán del Enterprise, la Ancúd cargó su cañón y amenazó formalmente de hacer fuego sobre aquel si no zarpaba en el acto. Sólo así consiguió el capitán Guillermos que se cumpliesen sus órdenes. La Enterprise salió a remolque, fondeando nuevamente a dos millas afuera.

El día 6 la goleta Ancúd dio la vela a las 10 de la mañana y con los remos atracó al bergantín Enterprise, notificando a su capitán que si lo encontraba después de esa fecha, en alguna caleta, rada o bahía de la Repúblican donde no hubiesen autoridades, comisaría su buque y lo remitiría a Chiloé a disposición de las autoridades de esa provincia. Después de esto siguió la Ancud su viaje tomando NO; pero habiéndole faltado el viento bordearon un poco y tomaron el estero de Yates, situado en una isla cuyo nombre deja en blanco la narración. Los días 7 y 8 esperaron viento para continuar la campaña.

viernes, 22 de julio de 2005

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Carlos Vega Delgado: Cuando los trabajadores "se tomaron" Puerto Natales

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Ulises Gallardo Martínez, a quién sus amigos llamaban "Boca de yegua", fue uno esos amigos que hacen y viven la historia. Nacido en 1896, a los 23 años fue protagonista de los luctuosos hechos del frigorífico Bories y al año siguiente fue "fondeado" en el estrecho de Magallanes después de la masacre de la Federación Obrera, salvándose milagrosamente. Durante su aventurera trayectoria tuvo infinidad de oficios: fue capataz del frigorífico de Puerto Bories (dirigiendo el personal de matanzas), almacenero, peluquero, actor y escritor. Su vida fue una eterna aventura, pues con el ex diputado Ojeda organizó el cuadro "Juventud", donde presentaron varias obras teatrales. En los tiempos del "León de Tarapacá" sufrió una relegación de varios meses en Achao, acompañado por el abogado Néstor Donoso. Al promediar su vida escribió un libro, "Del lenguaje del pueblo", editado por "Cultura" y con prólogo de Francisco Coloane, donde recopilaba dichos , refranes y proverbios. Su condición de hijo de obrero le permitió asistir sólo tres meses de escuela primaria, pero en su labor sindical adquirió gran cultura, que le permitió incluso ser colaborador de varias publicaciones. En la novela "Paralelo 53 Sur", bajo el nombre de Manco Ponce, aparece como protagonista del cuento "El fondeo"… pero su vida real ha ido quedando en el olvido, por lo que "Impactos" quiere revitalizar su memoria al cumplirse un nuevo aniversario de Puerto Natales. Gallardo, quién falleció en 1959, narró así los acontecimientos de Puerto Bories:

El fatídico año 1919

"Con anterioridad al 23 de enero, los obreros Carlos Viveros y Enrique Espinoza tuvieron dificultades con el administrador de aquella época, un señor de apellido Kid, por incumplimiento de parte de la Administración de Puerto Bories de aquella época, un señor de apellido Kid, por incumplimiento de la Administración de un contrato de trabajo de pintura. "Después de agotarse todos los medios conciliatorios, sin resultado favorables alguno, los obreros del establecimiento decidieron solidarizar e hicieron suya la causa defendida por sus compañeros ya nombrados. Reunido en asamblea general el subcomité de la Federación Obrera, después de considerar la situación creada por la intransigencia patronal, acordó designar una comisión que se acercase a la Administración del Frigorífico en busca de un avenimiento que pusiera fin a las dificultades producidas. Así se hizo, trasladándose la comisión al sitio indicado, tomando parte en ella los compañeros afectados, Viveros y Espinoza. "Cabe recordar que el Administrador había hecho destacar policías en las partes más estratégicas del establecimiento, lo que indicaba claramente que lo que iba a ocurrir esta planeado y bien premeditado".

El disparo fatal

"En presencia del Administrador, la comisión hizo varias proposiciones de arreglo, que fueron rechazadas, continuando después una breve y acalorada discusión. La comisión defendía la razón que asistía a los reclamantes, mientras el administrador se encerraba en una porfiada negativa. De súbito sacó éste su revólver y disparó contra el compañero Viveros matándolo instantáneamente. Después de lo ocurrido Kid huyó hacia el interior del establecimiento, siendo perseguido algunos miembros de la comisión, lo que dio origen a la nueva intervención de los policías que estaban ubicados por donde Kid pasó. En este acto murieron los compañeros Teherán y Espinoza y un policía. Mientras esto ocurría, grupos de obreros que desde Natales se dirigían a Bories para imponerse de la situación, fueron atacados desde el retén próximo al Chorrillo Natales, muriendo algunos de ellos".

Batalla campal

"Los hechos señalados provocaron entre los obreros y el pueblo en general, tal indignación que no es posible describirla. Se habían encendido los ánimos en su grado máximo, iniciándose en eso mismos instantes la batalla campal que duró todo el día 23 de enero. Para suplir la falta de armas, los obrero requisaron las que tenían la policía y las casas comerciales Stuberauch y Compañía Braun y Blanchard. El fuego cesó debido a la intervención de la Cruz Roja que sirvió de mediadora, procediendo al mismo tiempo a recoger a los muertos y a los heridos. Cayeron Aquí los compañeros Juan Saldivia, Alejandro Muñoz y Ramón Mansilla. Hubo también numerosos herido, yendo la mayor parte de ellos a curarse a sus propias casas para evitar compromisos, y el resto fueron atendidos por la Cruz Roja. En esat misma acción murieron cinco policías. Restablecida la calma, los obreros armados patrullaban la ciudad, haciendo el recorrido a pie y en camiones, para evitar abusos y mantener el orden en la población".

Fuerzas de Punta Arenas

"Días después llegaron fuerzas militares desde Punta Arenas, a cargo del capitán Numa Herbaje, para tomar el control de Natales. Recién entonces hizo su aparición el mayor Bravo, subdelegado de Última Esperanza, que había permanecido escondido varios días. Casi simultáneamente con la llegada de las fuerzas militares, un barco fondeó en la bahía, trayendo a su bordo al señor juez señor Miranda Aguirre, quién venía para instruir el sumario correspondiente. Instalado a bordo de la misma nave, comenzó a tomar las declaraciones del caso y a ordenar la detención de numerosos compañeros, que fueron trasladados a la cárcel de Punta Arenas. En el mismo buque llegaron detenidos los compañeros Francisco López Seiza, Francisco López Hernández y Florindo Zúñiga Aguilar, que fueron comisionados especialmente por la Federación Obrera de Magallanes, cuando se supo del estallido del conflicto. Después de algunas diligencias judiciales, fue puesta en libertad la mayor parte de los compañeros, quedando encarcelados por varios años, entre otros, los obreros José Labra, Ventura Muñoz, Francisco Vásquez, Angel Legnazzi y Luis Ojeda González".

Epílogo

"En el cementerio de la vecina ciudad, en un mausoleo de Carabineros, descansan los restos de los miembros de la policía que murieron en estos sucesos. Una tumba aparte guarda los despojos mortales de los trabajadores que sucumbieron en la cruenta lucha, que tiñó de sangre el pacífico pueblo natalino".

Lo fondearon en el estrecho

Ulises Gallardo tuvo muchas experiencias en su vida. La más dramática fue, sin dudas, cuando lo "fondearon" en el Estrecho de Magallanes. El escritor Francisco Coloane, refiriéndose a la personalidad y a la aventura del personaje, dijo: "Su infancia de obrero sólo le permitió asistir tres meses a una escuela primaria; pero con esta ínfima base ha llegado a ser un luchador obrero de cultura, que ha dirigido y redactado diversos periódicos que José Ingenieros recomendaba como la primera que debía aprenderse: LA DE SER HOMBRE: Ulises Gallardo la aprendió cuando era un niño aún. Pero un hecho puede sintetizar toda una vida de este hombre del sur: en 1920, a raíz de uno de los sangrientos sucesos que han jalonado la luchas obreras en Magallanes, después del trágico incendio de la Federación Obrera con un buen número de trabajadores en su interior, Ulises Gallardo fue fondeado con otros cuatro compañeros en la bahía de Punta Arenas. Frente a la desembocadura del Río de las Minas lanzaron al mar a este hombre, con pesos de fierro amarrados en los pies; después de darle algunos remazos en la cabeza; pero los remazos nolo aturdieron, logró zafarse de las amarras en el fondo del mar y salvarse gracias a uno de esos característicos bancos de arena, movedizos, que se forman en la desembocadura de los ríos. Los compañeros de Gallardo perecieron ahogados".

Relato

En su obra "Las grandes masacres", Patricio Manns recogió el siguiente testimonio de Gallardo: "Me amarraron una piedra a los pies, que ya tenían preparada. Como a cuatrocientos metros de la orilla, yendo hacia bahía Catalina, una ola casi dio vuelta la chalupa. Tuvieron miedo los carabineros. Uno de ellos, con quién nos conocíamos, insinuó al que hacía de jefe que me dejaran allí, a lo que éste accedió. Siempre he creído que el carabinero hizo la insinuación con el fin de que yo tuviera alguna posibilidad de salvarme. Grandes fueron mis esperanzas cuando pisé fondo y el agua de la resaca me dejaba descubierta la cabeza, lo que me permitía respirar cada cierto tiempo, aprovechando el vaivén de la marea. Así, me inclinaba cada vez que podía, tratando de desatar la piedra que tenía amarrada con alambre a los pies. Las ansias de vivir me permitieron mantenerme sereno hasta que estuve seguro que los carabineros habían llegado a tierra. Entonces empecé a gritar, llamando al guardafaro. Luego vi una llama y una sombra que se acercaba. Era el farero. Me sostuvo fuera del agua hasta que logré desprenderme de la piedra. Entonces él me trasladó a tierra y me ocultó por varios días. Después tuve la oportunidad de huir por mar".

Revista Impactos. Punta Arenas, 2 de junio de 1990.


sábado, 5 de marzo de 2005

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Antonio Pigafetta: Extracto del primer viaje en torno al globo

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Alejándonos de estas islas (1) para continuar nuestra ruta, alcanzamos a los 49° 30' de latitud sur, donde encontramos un buen puerto; y como ya se nos aproximaba el invierno, juzgamos conveniente pasar ahí el mal tiempo. Transcurrieron dos meses antes de que avistásemos a ninguno de los habitantes del país. Un día en que menos lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura gigantesca. Estaba en la playa casi desnudo, cantando y danzando al mismo tiempo y echándose arena sobre la cabeza. El comandante envió a tierra a uno de los marineros con orden de que hiciese las mismas demostraciones en señal de amistad y de paz; lo que fue tan bien comprendido que el gigante se dejó tranquilamente conducir a una pequeña isla a que había abordado el comandante. Yo también con varios otros me hallaba allí. Al vernos, manifestó mucha admiración, y levantando un dedo hacia lo alto, quería sin duda significarnos que habíamos descendido del cielo. Este hombre era tan alto que con la cabeza apenas le llegábamos a la cintura. Era bien formado, con el rostro ancho y teñido de rojo, con los ojos circulados de amarillo, y con dos manchas en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, que eran escasos, parecían blanqueados con algún polvo. Su vestido, o mejor, su capa, era de pieles cosidas entre sí, de un animal que abunda en el país, según tuvimos ocasión de verlo después. Este animal tiene la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita (guanaco). Este hombre tenía también una especie de calzado hecho e la misma piel. Llevaba en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, un poco más gruesa que la de un laúd, había sido fabricada de una tripa del mismo animal; y en la otra mano, flechas de caña, cortas, en uno de cuyos extremos tenían plumas, como las que nosotros usamos, y en el otro, en lugar de hierro, la punta de una piedra de chispa, matizada de blanco y negro. De la misma especie de pedernal fabrican utensilios cortantes para trabajar la madera. El comandante en jefe mandó darle de comer y beber, y entre otras chucherías, le hizo traer un gran espejo de acero. El gigante que no tenía la menor idea de este mueble y que sin duda por primera vez veía su figura, retrocedió tan espantado que echó por tierra a cuatro de los nuestros que se hallaban detrás de él. Le dimos cascabeles, un espejo pequeño, un peine y algunos granos de cuentas; enseguida se le condujo a tierra, haciéndole acompañar de cuatro hombres bien armados. Su compañero, que no había querido subir a bordo, viéndolo de regreso en tierra, corrió a advertir y llamar a los otros que, notando que nuestra gente armada se acercaba hacia ellos, se ordenaron en fila, estando sin armas y casi desnudos, dando principio inmediatamente a su baile y canto, durante el cual levantaban al cielo el dedo índice, para darnos a entender que nos consideraban como seres descendidos de los alto, señalándonos al mismo tiempo un polvo blanco que tenían en marmitas de greda, que nos lo ofrecieron, pues no tenían otra cosa que darnos de comer. Los nuestros les invitaron por señales a llevar lo que quisieran tomar consigo. Y en efecto vinieron; pero los hombres, que sólo conservaban el arco y las flechas, hacían llevar todo por sus mujeres, como si hubieran sido bestias de cargas. Las mujeres no son tan grandes como los hombres, pero en cambio son más gruesas. Sus pechos colgantes tienen más de un pie de largo. Se pintan y visten de la misma manera que sus maridos, pero usan una piel delgada que les cubre sus partes naturales. Y aunque a nuestros ojos distaban enormemente de ser bellas, sin embargo sus maridos parecían muy celosos. Conducían cuatro de los animales de que he hablado, pero eran cachorros, y los tiraban de una especie de cabestro. Se sirven de estos pequeños para atrapar los adultos; los atan a un arbusto; los adultos vienen a jugar con ellos y los cazadores, ocultos en las malezas, los matan a flechazos. Los habitantes del país, hombres y mujeres, en número de dieciocho, habiendo sido invitados por nuestra gente para acercarse a las naves, se dividieron en dos grupos de los dos lados del puerto, entreteniéndonos con la caza de que he hablado. Seis días después, algunos de nuestros marineros ocupados en recoger leña para el consumo de la escuadra, verían otro gigante vestido como los que nos acabábamos de separar. Al aproximarse a ellos se tocaba la cabeza y el cuerpo y enseguida levantaba las manos al cielo, gestos que los nuestros imitaron; y habiendo sido advertido de ello el comandante en jefe, despachó el esquife a tierra para conducirlo al islote que existía en el puerto, donde se había hecho una casa para establecer una fragua y un depósito de mercaderías. Este hombre era más grande y mejor conformado que los otros, poseía maneras más suaves y danzaba y saltaba tan alto y con tanta fuerza que sus pies se enterraban varias pulgadas en la arena. Pasó algunos días en nuestra compañía, habiéndole enseñado a pronunciar el nombre de Jesús, la oración dominical, etc., lo que logró ejecutar tan bien como nosotros, aunque con voz muy recia. Al fin le bautizamos dándole el nombre de Juan. El comandante le regaló una camisa, una chupa, pantalones de paño, un gorro, un espejo, un peine, cascabeles y otras bagatelas, regresando entre los suyos al parecer muy contento de nosotros. Al día siguiente obsequió al capitán uno de esos animales de que hemos hablado, recibiendo en cambio otros presentes a fin de que nos trajese a fin de que nos trajese aún algunos más; pero desde ese día no le volvimos a ver y aun sospechamos que le hubiesen muerto sus camaradas por lo que se había ligado a os nuestros. Al cabo de quince días vimos venir hacia nosotros cuatro de estos hombres, y aunque se presentaron sin armas, supimos enseguida por dos de ellos que apresamos, que las habían ocultado entre los arbustos. Todos estaban pintados, pero de maneras diversas. Quiso el capitán retener a los dos más jóvenes y mejor formados para llevarlos con nosotros durante el viaje a España; pero viendo que era difícil apresarlos por la fuerza, usó el artificio siguiente; dióles gran cantidad de cuchillos, espejos y cuentas de vidrio, de tal manera que tenían las dos manos llenas; en seguida les ofreció dos de esos anillos de hierro que sirven de prisiones y cuando vio que deseaban mucho ponérselos (porque les gusta muchísimo el hierro) y que por lo demás no podían tomarlos con las manos, les propuso ponérselos en las piernas a fin de que les fuera más fácil llevárselos: consintieron en ello y entonces nuestros hombres les aplicaron las argollas de hierro, cerrando los anillos de manera que pronto se encontraron encadenados. Tan pronto como notaron la superchería, se pusieron furiosos, soplando, aullando e invocando a Setebos, que es su demonio principal, para que viniese a socorrerlos. No contento con tener a estos hombres, el capitán también deseaba también llevar a Europa las mujeres de esta raza de gigantes: a este efecto ordenó apresar a los dos restantes para obligarles a que condujese a los nuestros al sitio en que se hallaban aquellas; habiendo nueve de nuestros hombres más fuertes bastado apenas para arrojarlos al suelo y atarlos, aun así, uno de ellos lograba desatarse, en tanto que otro hacía tan violentos esfuerzos que nuestros hombres le hirieron ligeramente en la cabeza, obligándole al fin a conducirles donde se hallaban las mujeres de nuestros prisioneros, las cuales habiendo sabido lo que había acontecido a sus maridos, lanzaron tan fuertes gritos que las oíamos desde muy lejos. Juan Carvallo, piloto que mandaba los nuestros, viendo que era tarde, no se cuidó de echar mano a la mujer cerca de la cual había sido conducido, sino que se quedó allí de guardia toda la noche. Durante esto, llegaron dos hombres más que, sin manifestar descontento ni sorpresa, pasaron el resto de la noche con ellos; pero al aclarar el día, habiendo dicho algunas palabras a las mujeres, en un instante emprendieron todos la fuga, hombres, mujeres y niños que corrían aún más ligero que los otros, abandonándonos su cabaña y todo lo que contenía. Sin embargo, uno de los hombres logró escapar con los animalillos que se servían para cazar, y otro, oculto en un matorral, hirió en un muslo con una flecha envenenada a uno de los nuestros, que murió poco después. Aunque los nuestros hicieron fuego sobre los fugitivos, no lograron atraparlos, porque no corrían jamás en línea recta sino que saltaban de un lado y de otro y marchaban tan ligero como un caballo a escape. Los nuestros quemaron la choza de estos salvajes y enterraron al muerto. Por muy salvajes que sean, no dejan estos indios de poseer cierta especie de ciencia médica: por ejemplo, cuando se sienten mal del estómago, en lugar de purgarse como lo haríamos nosotros, se introducen bastante adentro en la boca una flecha para provocar los vómitos, lanzando una materia verde, mezclada con sangre. Lo verde proviene de una especie de cardo de que se alimentan. Si tienen dolor de cabeza, se hacen una incisión en la frente, efectuando la misma operación en todas las partes del cuerpo donde sienten dolor, a fin de dejar salir una gran cantidad de sangre de la región adolorida. Su teoría, que nos fue explicada por uno de los que habíamos cogido, está en relación con su práctica: el dolor, dicen, es causado por la sangre que no quiere sujetarse en tal o cual parte del cuerpo; por consiguiente, haciéndola salir debe cesar el dolor. Llevan los cabellos cortados en forma de cepillo, como los frailes, pero más largos, y sostenidos alrededor de la cabeza por un cordón de lana, en el cual colocan sus flechas cuando van de caza. Cuando el frío es muy intenso, se atan estrechamente sus partes naturales contra el cuerpo. Parece que su religión se limita a adorar al diablo. Pretenden que cuando uno de ellos está para espirar, se aparecen de diez a doce demonios que bailan y cantan a su derrededor. Uno de ellos, que hace más ruido que los demás, es el jefe o gran diablo, que llaman "Setebos"; los inferiores se llaman Cheleule. Están pintados como los habitantes del país. Nuestro gigante pretendía haber visto una vez un demonio con cuernos y pelos tan largos que le cubrían los pies, y arrojaba, según añadió, llamas por delante y por detrás. Estos pueblos se visten, como lo he indicado ya, de la piel de un animal, y con la misma cubren sus cabañas, que transportan donde más le conviene, careciendo de morada fija, pero yendo, como los bohemios, a establecerse ya en un sitio, ya en otro. Se alimentan de ordinario de carne cruda y de una raíz dulce que llaman "capac". Son grandes comedores: los dos que habíamos cogido se comían cada uno en el día una cesta llena de bizcochos y se bebían de un resuello un medio cubo de agua. Devoraban los ratones medios crudos y aun con piel. Nuestro capitán dio a este pueblo el nombre de patagones. En este puerto, al cual pusimos el nombre de San Julián, gastamos cinco meses, durante los cuales no nos acontecieron más accidentes que aquellos de que vengo de hablar.


Habíamos apenas fondeado en ese puerto cuando los capitanes de las otras cuatro naves formaron un complot para matar al comandante en jefe. Estos traidores eran Juan de Cartagena, veedor de la escuadra; Luis de Mendoza, tesorero; Antonio Coca, contador, y Gaspar Quesada. El complot fue descubierto: se descuartizó al primero y el segundo fue apuñalado. Se perdonó a Gaspar Quesada quien algunos días después meditó una nueva traición. Entonces el comandante que no osaba quitarle la vida porque había sido creado por el emperador en persona, lo arrojó de la escuadra y lo abandonó en la tierra de los patagones con cierto sacerdote, su cómplice. En este lugar nos aconteció otra desgracia. La nave "Santiago", que se había enviado a reconocer la costa, naufragó entre las rocas, aunque la tripulación se salvó por milagro. Dos marineros vinieron por tierra hasta el puerto en que nos hallábamos a darnos noticias del desastre, habiendo el comandante en jefe enviado en el acto algunos hombres con sacos de bizcocho. La tripulación se quedó durante dos meses en el sitio del naufragio para recoger los restos de la embarcación y las mercaderías que el mar arrojaba sucesivamente a la playa; y durante este tiempo se les llevaba víveres, aunque la distancia era de cien millas y el camino muy incómodo y fatigoso a causa de las espinas y malezas, en medio de las cuales se pasaba la noche, sin poseer otra bebida que el hielo, que había que romper, y esto mismo no se hacía sin trabajo. En cuanto a nosotros, no nos hallábamos tan mal en este puerto, aunque ciertas conchas muy largas que en él se encontraban en gran abundancia no todas eran comestibles, si bien contenían perlas, aunque muy pequeñas. Encontramos también en los alrededores avestruces, zorros, conejos mucho más diminutos que los nuestros y gorriones. Los árboles producen incienso. Plantamos una cruz en la cumbre de una montaña vecina, que llamamos Montecristo, y tomamos posesión de esta tierra den nombre del Rey de España.

Partimos al fin de este puerto, y costeando, hacia los 50° 40' de latitud sur, vimos un río de agua dulce en el cual entramos (2). Toda la escuadra estuvo ahí a punto de naufragar, a causa de los vientos deshechos que soplaban y embravecían el mar; mas, Dios y los cuerpos santos (es decir los fuegos que resplandecían en las puntas de los mástiles) nos socorrieron y nos salvaron. Pasamos ahí dos meses para abastecer las naves de agua y leña. Nos proveíamos también de una especie de pescado de escamas, bastante bueno para comer, aunque no cogimos la cantidad que no hubiera sido necesaria. Antes de abandonar este sitio, dispuso el comandante que todos se confesasen y comulgasen como buenos cristianos. Continuamos nuestra derrota hacia el sur, el 21 del mes de Octubre, hallándonos hacia los 52° de latitud meridional, encontramos un estrecho que llamamos de las "Once Mil Vírgenes", porque ese día les estaba consagrado. Este estrecho, como pudimos verlo enseguida, tiene de largo 440 millas o 110 leguas marítimas de cuatro millas cada una; tiene media legua de ancho, a veces más y a veces menos, y va a desemboca a otro mar que llamamos Mar Pacífico. Este estrecho está limitado por montañas muy elevadas y cubiertas de nieve, y es también muy profundo, de suerte que no pudimos echar en él ancla sino muy cerca de tierra y en veinticinco o treinta brazas de agua. Toda la tripulación estaba tan persuadida que este estrecho no tenía salida al oeste, que no se habría aún pensado en buscarla sin los grandes conocimientos del comandante en jefe. Este hombre, tan hábil como valeroso, sabía que era necesario pasar por un estrecho muy oculto, pero que él había visto figurado en un mapa que el rey de Portugal conservaba en su tesorería, construido por Martín de Bohemia, muy excelente cosmógrafo. Tan pronto como entramos en estas aguas, que sólo se creían ser una bahía, el capitán envió dos naves, la "San Antonio" y la "Concepción", para examinar donde desembocaban o terminaban; en tanto que nosotros, con la "Trinidad" y la "Victoria", las aguardábamos a la entrada. En la noche sobrevino una borrasca terrible que duró treinta y seis horas, que nos obligó a abandonar las anclas y a dejarnos arrastrar dentro de la bahía, a merced de las olas y del viento (3). Las dos naves restantes, que fueron tan combativas como las nuestras, no lograron doblar un cabo para reunírsenos; de suerte que, abandonándose a los vientos que la empujaban siempre hacia el fondo de los que suponían ser una bahía, esperaban naufragar ahí de un instante a otro. Pero en el momento en que se creían perdidos, divisaron una pequeña abertura que tomaron por una ensenada de la bahía, en que se internaron; y viendo que este canal no estaba cerrado, comenzaron a recorrerle y se encontraron en otra bahía a través de la cual continuaron su derrota hasta hallarse en otra angostura, de donde pasaron a una nueva bahía todavía mayor que las precedentes. Entonces, en vez de ir hasta el fin, juzgaron oportuno regresar a dar cuenta al capitán general de lo que habían visto. Habíanse pasado dos días sin que hubiésemos visto reaparecer las dos naves enviadas a averiguar el término de la bahía, de modo que las creíamos perdidas por la tempestad que acabábamos de experimentar; y al divisar humo en tierra, conjeturamos que lo que habían tenido la fortuna de salvarse habían encendido fuegos para anunciarnos que aún vivían después del naufragio. Mas, mientras nos hallábamos en esta incertidumbre acerca de su suerte, les vimos regresar hacia nosotros, singlando a velas desplegadas, los pabellones al viento; y cuando estuvieron más cerca, dispararon varios tiros de lombardas, lanzando gritos de alegría. Nosotros hicimos otro tanto, y cuando nos refirieron que habían visto la continuación de la bahía, o mejor dicho, del estrecho, unímonos a ellos para proseguir nuestra derrota si fuera posible. Cuando hubimos entrado en la tercera bahía de que acabo de hablar, vimos dos desembocaduras o canales, uno al sudeste y el otro al sudoeste. El capitán general envió las dos naves, la "San Antonio" y la "Concepción" al sudeste, para reconocer si este canal desembocaba en un mar abierto. La primera partió inmediatamente e hizo fuerzas de velas, sin querer aguardar a la segunda, que quería dejar atrás, porque el piloto pensaba aprovecharse de la oscuridad de la noche para desandar el camino y regresar a España por la misma derrota que acabábamos de hacer. Ese piloto era Esteban Gómez, que odiaba a Magallanes por la sola razón de que cuando vino a España a hacer al Emperador la propuesta de ir a Las Molucas por el oeste, Gómez había demandado y estaba a punto de obtener algunas carabelas para una expedición cuyo mando se le había de confiar. Tenía por propósito esta expedición realizar nuevos descubrimientos; pero la llegada de Magallanes fue causa de que se le negase su petición y de que no hubiese podido obtener más que una plaza subalterna de piloto; siendo, sin embargo, lo que más le irritaba encontrarse bajo las órdenes de un portugués. Durante la noche se concertó con los otros españoles de la tripulación y aprisionaron y aún hirieron al capitán de la nave, Alvaro de Mezquita, primo del capitán general, y le conducieron así a España. Esperaban llevar vivo también a uno de los dos gigantes que habíamos cogido y que se encontraba a bordo de su nave, habiendo sabido a nuestro regreso que había muerto al aproximarse a la línea equinoccial, cuyo gran calor no había podido soportar. La nave "La Concepción", que no podía seguir de cerca a la "San Antonio", no hizo más que cruzar en el canal esperando su regreso, aunque en vano.

Habíamos entrado con las dos naves restantes en el otro canal que quedaba hacia el sudoeste; y continuado nuestra navegación, llegamos a un río que llamamos de las Sardinas, a causa de la inmensa cantidad de este pescado que allí vimos. En ese lugar fondeamos para esperar a las otras dos naves, y estuvimos cuatro días; aunque durante este tiempo se despachó una chalupa bien equipada para ir a reconocer el término de este canal, que debía desembocar en otro mar. Los tripulantes de esta embarcación regresaron al tercer día, anunciándonos que habían visto el cabo en que concluía el Estrecho, y un gran mar, esto es, el océano. Todos lloramos de alegría. Ese cabo se llamó el "Deseado", porque en efecto, desde largo tiempo ansiábamos por verlo. Volvimos hacia atrás para reunirnos a las otras dos naves de la escuadra, pero sólo encontramos a la "Concepción", y habiendo preguntado al piloto Juan Serrano qué había sido del otro buque, nos respondió que lo creía perdido porque no le había vuelto a ver desde el punto en que había embocado al canal. El comandante en jefe dio entonces orden de que se le buscase por todas partes, especialmente en el canal en que había penetrado; despachó a la "Victoria" hasta la desembocadura del Estrecho, disponiendo que si no lo encontraba, en un lugar bien alto y bien prominente plantasen una bandera, a cuyo pie debía dejar en una olla una carta que indicase la ruta que se iba a seguir, a fin de que se pudiese unir a la escuadra. Esta manera de avisarse en caso de separación había sido acordada en el momento de nuestra partida. De la misma manera se pusieron dos señales más en lugares culminantes de la primera bahía y en una pequeña isla de la tercera, en que habíamos visto una cantidad de lobos marinos y pájaros. El comandante en jefe, que con la "Concepción" aguardaba el regreso de la "Victoria" cerca del río de las Sardinas, hizo plantar una cruz en una pequeña isla al pie de dos montañas cubiertas de nieve de donde él deriva su origen. En caso que no hubiésemos descubierto este estrecho para pasar de un mar a otro, el comandante en jefe tenía determinado continuar su derrota al sur hasta el grado 75 de latitud meridional, donde durante el verano no hay noche, o, al menos, muy poca; así como no hay día en el invierno. Mientras nos hallábamos en el Estrecho no teníamos sino tres horas de noche, y estábamos en el mes de octubre. La costa de este Estrecho, que del lado izquierdo se dirige al sudeste, es baja; dímosle el nombre de Estrecho de los Patagones. A cada media legua se encuentra en él un puerto seguro, agua excelente, madera de cedro, sardinas, marisco en gran abundancia. Había también yerbas y aunque algunas eran amargas, otras eran buenas para comer, sobre todo una especie de apio dulce que crece en la vecindad de las fuentes y del cual nos alimentamos a falta de otra cosa mejor: en fin, creo que no hay en el mundo un estrecho mejor que éste". (1) "Pingüinos" y "Los Leones", situadas al sur de la desembocadura del río Deseado. (2) El Río Santa cruz, llamado así por Rodrigo Serrano, piloto de la "Santiago", por haberlo descubierto el 6 de mayo, Día de la Exaltación de la Santa Cruz. Allí mismo se perdió la nao exploradora. (3) La bahía de que habla Pigafetta es la "Posesión". Pasaron en el orden que hoy se expresa geográficamente: Primera Angostura, Bahía San Gregorio y, más adelante, la Segunda Angostura.

Revista Impactos, Año 3. N° 26 Punta Arenas, 2 de noviembre de 1991


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