miércoles 14 de marzo de 2012

0

Santa María de Achao

0 comentarios


Por Roberto Montandon

Así se llama el pueblo, la iglesia. El pueblo sienta sus reales en la extremidad oriental de la isla de Quinchao, isla grande rodeada de islas más pequeñas. Lo separa de la isla grande de Chiloé, el canal de Dalcahue, sinuoso, ora ancho, ora tan angosto, que pasarlo a nado sería hazaña de novicio.
La parroquia extiende su jurisdicción sobre la mitad de la isla y sobre las islas del frente. En Chiloé el señor cura es más misionero que párroco y siente aun pesar sobre sus hombros la tradición dejada por los jesuitas y más tarde por los franciscanos del Colegio de Ocopa, varones temerarios, sacerdotes inflamados, incansables exploradores; extenuante herencia que los siglos y la intensa catequización se han encargado de alivianar en la muy católica isla de Chiloé. Pero aun así, el párroco chilote divide su existencia entre el cabalgar y el timón de una lancha velera: duro camino para ganrse el pan, las almas y el cielo.
Santa María de Achao debe tener unos ciento cincuenta años de existencia, pero la construcción de su iglesia remonta al año 1730, lo que la clasifica como el templo de madera más antiguo de Chile. Su aspecto exterior no de diferencia mucho de un gran número de iglesias en Chiloé: construcción rectangular, ancho pórtico de arcos que abarca todo el frente, y rematando el frontón, el alargado campanario de agudo chapitel; nada de particular excepto su amplitud y la feliz proporción de los arcos del pórtico, que hiere la atención del viajero que pasa sin acogerse a la penumbra mística de sus naves y sin remontar el curso de los siglos, cuando bosques impenetrables cubrían las islas del archipiélago.
Un buen día del año de gracia de 1730, los misioneros jesuitas llegaron en sus canoas a una ensenada denominada Achao, y encontrando el lugar conveniente, decidieron levantar allí un templo. Iban acompañados de indios chonos y con ellos acometieron con acha y azuela la descomunal tarea de construir, sin clavos, sin sierras.
En el bosque circundante, labraron las tablas y las tejuelas de alerce, los tablones de mañiu y los gruesos pilares de cipreses; a hombro o arrastrándolos, los llevaron al lugar de la construcción.
Enormes bloques de piedra sirvieron de basamento y en ellos hicieron descansar los troncos labrados de ciprés, en ensamblada caja y espiga.
La armadura del techo se realizó trabajando las piezas, tallando las uniones y reforzando los ensambles con gruesos tarugos. Una triangulación de la parte alta del esqueleto aseguró su perfecta rigidez, reforzada por largas vigas que desde el exterior lo apoyaban diagonalmente, a manera de los arbotantes de iglesias góticas, logrando así, en el total, una feliz solución estructural.
Toda la armadura de la techumbre y los pilares subsisten; los muros originales han sido substituídos por otros nuevos.
Dos hileras de pilares dividen el vasto recinto interior; la amplitud de la visión se une a la belleza de la composición. Una bóveda colgada de la estructura cubre el cielo de la nave central.
Se ha atribuído al padre franciscano Reina, la talla del altar mayor y de los cuatro menores, notables piezas barrocas, cuyo trabajo realizado con herramientas primitivas de talla, encarece aun más su valor.
Una rica y original exornación embellece el grupo armonioso de los altares donde claras y esbeltas columnas salomónicas de curiosos capiteles, se elevan hacia los amplios frontones de graciosas curvas. Perfectamente visibles, se pueden observar los tarugos que fijaron muchas de las piezas decorativas.
Las rejas del comulgatorio y las barandas del coro, bellísimas piezas talladas con la técnica del calado, evidencian buen gusto, habilidad manual y un feliz sentido artístico.
Pero los símbolos particulares a los padres jesuitas, que hay en los altares, quieren arrebatar al padre Reina la gloria de haber sido su hábil artífice y la duda queda como que es propia de la historia.
Jesuitas o franciscanos, esta iglesia, por la pureza arquitéctonica de su interior es, sin duda, uno de los ejemplos más originales e interesantes de la arquitectura colonial en la Capitanía General de Chile, y su estructura una muestra de capacidad y de voluntad de vencer frente a los tremendos obstáculos que la lejanía y el medio ambiente se encargaron de acumular. Es, además, un testimonio vivo y vibrante de la excelencia de las maderas chilotas.
Joya de nuestro patrimonio histórico, que los hombres la sepan conservar hasta el resto de los siglos.

"La Cruz del Sur”, Ancud, 25 abril 1950.

lunes 5 de marzo de 2012

0

El Sol pintado

0 comentarios
Por Héctor Martínez Díaz


Aun cuando estamos en verano el astro rey, como siempre, parece estar pintado. Es que en Punta Arenas el sol de brillar, brilla pero de calor nada y de bikini, trikini y sungas menos, más calor irradiaría uno dibujado por mi hija Talita.

Las parkas y camisetas térmicas no se guardaron para la estación invernal y siguen siendo la vestimenta preferida en la región. Las chalas y hawaianas que se aprecian son la de los turistas extranjeros que circulan en Natales ¡gringos corajudos! para descansar sus talones heridos y dedos encallecidos por los zapatones de trekking con que recorren los senderos del ahumado Parque Nacional Torres del Paine.

Para un mejor análisis semiológico de la moda a Roland Barthes le hubiese bastado ver una postal del paisaje humano del centro de Punta Arenas, tomada en cualquier época del año: transeúntes con botas, bluyin, parka, bufanda, guante y gorro lo cual, concluiría el sabio francés, sería signo de que hace siempre frio y razonaría que no se introdujo el paraguas porque se los llevaba el viento.

Que se me entienda bien no es que quiera sufrir esos calores de los nortinos, ni menos añore el Festival de Viña -bien fome estará este año- para eso tenemos nuestra tele y si queremos refrescarnos nos pegamos una ducha de agua caliente, afortunadamente, hasta el año 2025 nos queda gas y nótese natural, de cañería, es decir silencioso, no licuado por lo que nos evitamos escuchar ese ruido infernal que hacen por el norte los vendedores en triciclo cuando para anunciar que están cerca golpean con un palo de escoba los cilindros. También, ahorramos energía no ponemos en el refrigerador las bebidas y solo los esnob toman coca cola con hielo o cerveza bien helada.


Así, seguiremos disfrutando del viento, pero como los pasajes al norte por avión salen muy caros para los grupos familiares, quienes pueden viajar lo hacen por tierra dos mil kilómetros por medio de la pampa argentina arriesgando la vida en la Rrrruta 3 Nacional, ¡tan tuercas los hermanos transandinos que hasta los camioneros se creen Juan Manuel Fangio!, para poder tomar sol y vitamina B en la tibia costa atlántica argentina allí donde, cómo no, veranea el coterráneo Fernandito Solabarrieta (¡Oh Puerto Madryn cómo te extraño!).

Pero no se trata de andar por vida amargándose a fin de cuentas como decía Ortega y Gasset "yo soy yo y mis circunstancias", por lo que suelo hacerme el leso cuando me comenta, que al terminal su jornada laboral los iquiqueños van a la playa. Mientras aquí tenemos en un día las cuatros estaciones del año, extrañamente, nadie aprovecha esos segundos de calor, para tirarse un chapuzón al estrecho.

¿Será por herejes que el Creador ha castigado nuestro culto al cordero, ese vellocino que alabábamos en asados y parrilladas, que hoy por hoy su valor sea de 56 lucas?, ¿cuántos azadones, quinchos y chulengos quedaron este año vírgenes de carne ovina.

Bueno, se acaba el verano y mi mujer, día tras día, noche tras noche no ha dejado de sugerirme, gentilmente, que llame al gasfíter para arreglar el calentador a gas que se nos apaga por culpa del viento: "Hummm, va a estar crudo este invierno", me susurra y le respondo: "nena, de que te afliges ya se invertirán los polos y se nos viene el calentamiento global", pero no hay cómo entender a las minas y yo cosa rara, no sé el porqué, nerviosamente, he vuelto a fumar.

viernes 17 de febrero de 2012

0

Los cosmonautas de Puerto Cóndor

0 comentarios


Por Devito

Una tarde de verano, un viejo mariplaya que ociaba apoyado sobre una baranda del muelle Stubenrauch fue el primero que avistó la densa columna de humo negro que se elevaba hacia el infinito cielo gris que cubría las agitadas aguas del Golfo Almirante Montt. Minutos más tarde, la enorme mole de acero ya era visible desde cualquier punto del naciente poblado. Se trataba del vapor "Alondra", perteneciente a la Empresa de Ferrocarriles del Estado. A fines de la década de 1930, el transporte marítimo era el único medio que enlazaba al norte del país con Puerto Natales y vice versa cada tres o cuatro meses, de manera que un arribo como este era motivo de alivio y alegría para los esforzados vecinos pues en sus bodegas el barco traía la tan esperada carga para abastecer al pueblo. Junto con la mercadería estos grandes vapores transportaban también equipajes, maquinarias, autos y pasajeros. De regreso al norte del país cargaban carne, cueros y otros derivados en los muelles de los frigoríficos "Natales" y "Bories".

Atracado en el puerto el "Alondra" inició la descarga de mercadería y el capitán del buque bajó de su puesto de mando, como siempre lo hacía, para despedir a los pasajeros. Entre los recién llegados venia Albert Conrad, un inmigrante prusiano de 35 años que había decidido como muchos otros europeos viajar a la Patagonia en busca de nuevas y mejores posibilidades de emprendimiento. Acompañado de su esposa Grethel, tres año mayor que él y sus hijos Otto y Adolf de siete y nueve años, llegaron al territorio de Ultima Esperanza atraídos por la creciente actividad industrial ganadera de la zona. Estancias, frigoríficos, casas comerciales y el incesante arribo de barcos caponeros y laneros nacionales e ingleses a los puertos locales, atraían hasta estas altitudes a gentes de los cinco continentes. La Patagonia era en aquellos años un crisol de nacionalidades.

Albert era un tipo especial, se caracterizaba por ser un hombre amante de las letras y un buen lector que desde muy niño soñó con ser un gran científico e inventor, pero la guerra que asolaba a Europa le había truncado esa ilusión. Amaba la astronomía, las matemáticas y la física y desde su Germania natal había traído una nutrida colección de libros y ensayos relacionados con el tema.
La familia se asentó en los alrededores del activo Puerto Cóndor, en medio de bellos e inhóspitos parajes, frente a Puerto Prat, principal enclave poblacional y comercial de la época. En una estancia del lugar comenzó a trabajar de herrero, pero Albert era un tipo multifacético y creativo en materia laboral y al poco tiempo hacia también de carpintero, esquilador, pescador, mecánico, soldador, topógrafo, conductor de lanchas, buzo y hasta contador. Sin embargo, su pasión seguía siendo la astronomía; las estrellas, los planetas, la luna, las galaxias, las constelaciones, las nebulosas y el universo en general eran sus grandes interrogantes personales y no ocultaba sus ganas de aprender más de aquello.

Después de su jornada de trabajo, Albert estudiaba sus libros y ensayos y todas las noches religiosamente salía de su cabaña para observar el cielo, el esplendor de la vía láctea, la cruz del sur, el inconfundible brillo del planeta Venus y la luna, siempre la luna, que controlaba la subida y bajada de las mareas, esa relación lo hacía pensar que nuestro satélite natural no estaba tan lejos de la Tierra. Llamaba su atención también sus manchas y formas difusas y se preguntaba si el hábitat selenita tendría alguna similitud con nuestro planeta. Eran muchas las horas que Albert pasaba contemplando el firmamento, a veces hasta el amanecer, luego volvía a su lar y anotaba en un grueso cuaderno sus conclusiones.

En ocasiones le comentaba a sus compañeros de trabajo sobre sus estudios del cosmos pero ellos no le entendían. Era en familia donde se desahogaba exponiendo y discutiendo sus apuntes. Sus pequeños hijos eran los más fascinados escuchando sus teorías, Grethel la fiel esposa, siempre confiaba en él. Los días, las semanas y los mese pasaron y la aguda y creativa mente de Albert comenzó a trabajar… ¡y si pudiera llegar a la luna, que cosas encontraría! Si lograra inventar una maquina que nos lleve hasta allá, seriamos la primera familia terráquea en colonizar la luna ¡Que fantástico! Poco a poco la pasión fue dando paso a la sugestión. A medida que las noches pasaban su fascinación por la luna crecía y sus aspiraciones teóricas también, por eso, decidió planificar un hipotético viaje a ese lejano e inexplorado lugar. En primer lugar recurrió a sus libros y a sus conocimientos matemáticos para calcular la distancia de la tierra a la luna. Luego se dedicó a esbozar el diseño de la nave, pensando también en el tipo de motor y el combustible que lo movería en un posible viaje extra planetario.
Albert sabía muy bien que la única manera de hacer realidad sus sueños era usando la imaginación y en ese contexto el magnífico y sereno entorno natural que lo rodeaba era ideal para echar a volar sus magnas ideas.

Haciendo uso de su creatividad y pasión por los cielos, un día domingo por la mañana tomó su mejor hacha, un par de cuñas de fierro y una vieja motosierra y partió hacia el monte con el propósito de ubicar un terreno adecuado, limpiarlo y dar inicio allí a su proyecto, nada más ni nada menos que la construcción de una nave interestelar. En el camino iba pensando la sorpresa que le daría a sus hijos y a su esposa y lo feliz que ellos se pondrían cuando vean terminada su obra maestra. Ese día trabajó con el hacha y la sierra hasta quedar exhausto. El domingo siguiente volvió al lugar y continúo con su labor, luego lo hizo cuatro veces más hasta que finalmente logró despejar un terreno donde comenzaría a dar forma a su ingenioso y peculiar plan.

De acuerdo con el diseño de Albert, la nave mediría 20 metro de largo, 2,5 metros de ancho y 3 metros de alto. Su construcción se haría principalmente con madera de roble y ciprés más algunas piezas de fierro y acero. Tendría forma aerodinámica similar a la de un zeppelín o un cohete, con una proa que terminaría en una aguda punta para vencer la resistencia del aire al desplazarse. En la popa o parte trasera, llevaría cuatro grandes aletas que harían de cola y timón y en la parte media del armado dos alas triangulares de regular tamaño. La estructura se construiría en dos piezas separadas las que posteriormente serian ensambladas sujetas por tres grandes abrazaderas de hierro laminado ubicadas en la proa, el centro y la popa de la nave y reforzadas con remaches de acero. Dos poderosos motores "Diesel" de 200 caballos de fuerza cada uno, con seis grandes tubos de escape extraídos de dos barcos varados en el sector, reacondicionados y modificados por Albert, impulsaría a la nave hacia los cielos. En el tablero de mando cuatro palancas controlarían la elevación, el descenso, la dirección y la estabilidad de la maquina. El interior del cohete sería similar al living comedor de un confortable hogar, con pequeñas ventanillas circulares de vidrio muy grueso sacado de las claraboyas de un viejo barco en desuso.

Por cierto, gran trabajo y mucho tiempo le llevaría a Albert construir su quimérico proyecto. Cada domingo, días feriados y de descanso salía de su cabaña y se internaba en el denso bosque hasta llegar a su centro de operaciones. La excusa en el hogar era que Míster Dick, administrador del Frigorífico Bories, lo había contratado para trabajar horas extras en la tala de árboles.

Su primer objetivo consistió en cortar y elaborar la madera, luego transportar a caballo las piezas de fierro y acero que utilizaría desde los vecinos puertos de Prat y Consuelo. Albert no se relajaba y trabajaba con mucho esmero hasta que sus fuerzas flaqueaban y el cansancio lo vencía. Tres meses demoró en levantar el esqueleto de su nave y a medida que la obra avanzaba sus emociones se mezclaban con sus convicciones y mayor era su entusiasmo.

Un caluroso día de enero el bueno de Albert salió muy temprano de su cabaña, como de costumbre se despidió de su familia y partió hacia su destino. El calor era sofocante y a medida que las horas pasaban la temperatura aumentaba. Esta vez comenzaría a forrar lo que sería la cabina del cohete. Utilizó para ello la mejor madera que tenia, la más resistente, bien trabajada y moldeada a fuego que ensambló a la estructura con sólidos tornillos de acero y cubrió las ranuras y juntas con salitre y lacre caliente. Con el torso desnudo, Albert no se daba tregua. Pasado el medio día le bajó el hambre y la sed y decidió hacer un alto en su labor para alimentarse y beber. Tomó su merienda y se sentó apoyando su ancha espalda en un milenario roble, se limpió el sudor de la cara y las manos y comenzó a comer mientras miraba alegre y orgulloso su creación. Media hora demoró en almorzar un buen trozo de carne fría con pan de maíz y dos contundentes salchichas, acompañadas por una refrescante cerveza en botella. Se sentía tan bien que terminada la colación decidió por un rato mas seguir contemplando su invento.

Quizás fue el calor, el cansancio, la emoción, la quietud del entorno paisajístico o el conjunto de todo que venció a Albert, lo cierto es que sin darse cuenta entró en un profundo sueño y por primera vez el creativo prusiano vio hecho realidad su fantasioso plan de conquistar la luna junto a su familia.

De pronto vio terminada su obra, tres largos años le había costado construir aquel cohete. Un par de días más ocupó para comprobar que todo esté en su lugar y funcionando a la perfección, volvió a revisar el tablero de mando; los engranajes que movían el timón; las palancas de la dirección, ascenso, descenso y estabilidad; las dos alas laterales; las piezas del motor, los tubos de escapes y se aseguró de la solidez y el hermetismo de la estructura externa de la nave. Ahora había que presentárselo a la familia y así lo hizo. Grethel, Otto y Adolf no lo podían creer, la sorpresa se convirtió en una euforia colectiva ¡Papá y si volamos por los cielos! , ¿Padre, por qué no vamos a ver a la luna más de cerca que tanto te gusta? dijeron los niños. Mientras Grethel le consultaba a su esposo ¿En verdad este aparato puede volar? Ante tal entusiasmo familiar la respuesta de Albert no se hizo esperar: "Mañana iré a la bodega de Stubenrauch y compraré combustible para cargar los estanques de los motores y también pediré a crédito veinte tambores de petróleo de 200 litros cada uno para llevarlos de reserva y cien litros de parafina para alimentara los petromax. Ustedes - le dijo a su esposa e hijos- preocúpense de cargar todo lo que vamos a necesitar para hacer un largo viaje hacia lo desconocido". Emocionados Grethel y los niños abrazaron a Albert reconociéndole su genio inventor y agradeciéndole por el fascinante paseo aéreo que harían por los cielos australes.

Una semana demoró la familia en cargar la nave con la logística necesaria para el viaje en el más absoluto anonimato, nadie podía ni debía saber del plan. Subieron alimentos suficientes para tres meses, barriles de agua para el consumo, leña picada y en tacos para la calefacción, una estufa de campo, un calentador, literas, una mesa, sillas y sillones, petromax, velas, ropa y otros enseres domésticos. El despegue se haría desde una rampla simple hecha con dos grandes vigas de madera colocadas en la parte delantera de la nave permitiéndole que su proa se empine hacia el cielo. En cuanto a la partida, esta se realizaría un día martes a mediodía.

Y aquel gran día llegó, el sueño de Albert estaba a punto de hacerse realidad. ¡Todos a bordo! gritó el capitán y subiendo por una escalera de madera la histórica tripulación abordó la nave. La única y pesada puerta del navío se cerró y el capitán pidió a los pasajeros sentarse en el suelo junto a la pared y abrocharse cada uno las dos correas que hacían de cinturones de seguridad. Enseguida se sentó de tras del tablero de mando e inició las maniobras de despegue, encendió un motor y una fuerte explosión sacudió al voluptuoso aparato, un espeso humo empañó las ventanillas. El estruendo fue tal que se escuchó hasta el mismo Natales alarmando a sus apacibles pobladores. En un par de segundos la maquina levantó vuelo hacia el firmamento. Su velocidad inicial iba en aumento a medida que el capitán aceleraba más a fondo. Por fin, luego de superar exitosamente la turbulencia inicial el cohete se estabilizó y Albert pidió a su familia desabrochar sus cinturones y tomar sus puestos. Otto y Adolf iban fascinados y no podían creer que estaban volando. Les anuncio - dijo el capitán - que vamos a una velocidad de 400 kilómetros por hora y nuestro destino es la luna; un fuerte ¡hurra! fue la respuesta.

En Puerto Cóndor, Prat y Consuelo, los pobladores salieron de sus casas alarmados por el ensordecedor ruido del despegue y atónitos observaron como la inusual maquina ascendía vertiginosamente al cielo alejándose cada vez mas de sus vistas. Desde el interior de la nave, los cuatro cosmonautas incrédulos observaban desde la altura el verde y tupido paisaje terrestre; el intenso azul del agua de los fiordos, lagos, lagunas y ríos; los grandes picos nevados de las montañas y los casi invisibles puntos que se veían los ranchos, bodegas, potreros, muelles y embarcaciones. Poco a poco, a medida que la nave continuaba su ascenso el panorama inicial fue despareciendo de sus vistas. Pronto se encontraron volando sobre las nubes y ahora el intenso azul del firmamento apareció ante ellos. Los cuatro tripulantes seguían fascinados por lo que veían y sentían. Las horas pasaron con inusual rapidez y la familia decidió abocarse a sus tareas domesticas: encender la estufa, el calentador y los petromax; preparar la cena y alistar las literas. Por su parte el capitán se ocupaba de la revisión técnica del navío y solo anhelaba que llegara la noche para observar a la luna. El viaje siguió adelante y paulatinamente la luz del sol se fue haciendo cada vez más tenue hasta que dio paso a un amplio y alucinante cielo estrellado y lo mejor de todo, apareció la gran luna de color amarillo intenso y formidables figuras oscuras que impresionaron a los viajeros.

La emoción embargó al grupo familiar y Albert y los niños no ocultaban su fascinación por lo que estaban viendo. Durante la cena opinaban acerca de las figuras; Otto y Adolf apostaban a que eran grandes montañas, Grethel a que podían ser mares o lagos y Albert, que se trataba de grandes bosques surcados por largos y caudalosos canales. Toda opinión o comentario al respecto era anotado cuidadosamente por el capitán en su bitácora de viaje. A esa altura, la nave se desplazaba con rumbo fijo hacia el satélite natural.

Pasaron tres días y de pronto la tripulación debió enfrentar su primer gran inconveniente. La nave había traspasado la estratosfera y se enfrentaba a la fuerza gravitacional de la tierra que naturalmente comenzó a detener su avance. La alarma fue general, pero nadie perdió la calma, todos se alentaban entre sí. La fuerza centrifuga y la presión del aire envolvieron al cohete y un crujido agudo del casco conmovió a la tripulación. Albert corrió hacia el tablero de mando, tomó las palancas de elevación, dirección y estabilidad y con todas sus fuerzas las mantuvo fijas, mientras presionaba el acelerador lo más que podía y ponía en funcionamiento el segundo motor. Grethel y los niños controlaban los distintos relojes indicadores de los motores, especialmente, los que marcaba la temperatura y presión. La nave luchaba por avanzar a una velocidad de no más de 60 kilómetros por hora. Si los potentes motores "Diesel" dejaban de funcionar, el aparato y sus pasajeros se vendrían abajo en caída libre.

La lucha por vencer la resistencia del aire duró tres días y sus noches, el encendido del segundo motor estremeció a la nave y fue determinante, la aceleración máxima superó los mil kilómetros a la hora, suficiente para ganarle a la resistencia que ponía la atmosfera y así ascender un poco más, pero no para continuar navegando en el espacio exterior. La nave no logró desprenderse del campo gravitacional del planeta y comenzó a orbitar la tierra. Albert decidió entonces apagar los motores.

¡Qué privilegio! Eran los cuatro primeros seres mortales que veían a la tierra desde arriba. El intenso azul de sus mares, los continentes en plenitud, las nubes, su inclinación respecto del sol y su eterna rotación que ahora su nave y ellos acompañaban. Para los niños observar cada día la salida y la puesta de sol eran un acontecimiento indescriptible.

Durante varias semanas el capitán intentó zafar a su nave de esa fuerza invisible que lo mantenía orbitando la tierra sin poder lograrlo. El tiempo seguía transcurriendo, uno, dos, tres meses y por primera vez Albert y su esposa comenzaron a sentir angustia y algo de desesperación. La situación a bordo no era nada de alentadora. La distancia recorrida, la potencia de los motores y la velocidad alcanzada para superar la resistencia del aire habían consumido más de la mitad del total del combustible. Por otra parte, algunas provisiones, como el café, azúcar, leche, huevos y patatas comenzaron a escasear y otros, como la carne comenzaban a descomponerse. El agua para el consumo sabia un poco rancia y paulatinamente el aire interior comenzó a sofocar a la tripulación. No había manera de encontrar alguna fuente de ventilación, estaban a cientos de kilómetros de altura donde simplemente no hay aire. Más preocupante era la situación de los niños, quienes ya habían perdido todo interés en el viaje y su mal estado de ánimo, su aburrimiento y deseos de regresar a la tierra, a su hogar y a sus juegos eran tan evidentes, que los padres ya no sabían cómo consolarlos.
Llegado el séptimo mes la situación empeoró. Albert y Grethel no dormían pensando y discutiendo la manera de encontrar una solución al drama que estaban viviendo. Cada amanecer y cada atardecer contemplaban desde las ventanillas a la imponente tierra y la veían tan cerca, sin embargo, retornar a ella era prácticamente imposible. La obra maestra que Albert construyó con tanto esfuerzo y dedicación, se había convertido en una prisión espacial para él y su familia y tal vez seria la tumba que los cobijaría.

El tiempo pasó inexorablemente, ocho, nueve, diez, once meses y en la nave ya no había provisiones y lo poco que quedaba para comer y beber era estrictamente racionado por Grethel. Finalmente, sobrevino el desastre. El efecto gravitacional, la nula ventilación, la falta de oxigeno y de higiene empezaron hacer estragos especialmente en los niños, fiebre, mareos, diarrea, toz, dificultad para respirar, los atormentaban. Albert y Grethel estaban famélicos, estresados y agotados, sabían que si no hacían algo extremo el fin estaba cerca.

-Yo hice esta nave y mía fue la idea de volar con ustedes hasta la luna- le dijo el capitán a su esposa -tengo que salvarlos o moriremos todos- agregó. Dicho esto pidió a Grethel levante de sus literas a Otto y Adolf y los lleve hasta la cabina de mando de la nave, cierre y asegure la puerta por dentro y se sienten los tres junto al tablero de mando atándose con las correas de seguridad del piloto. La esposa asintió inclinando levemente la cabeza y antes de proceder abrazó a su marido, con lágrimas en los ojos le dio un gran beso. A continuación Albert se inclinó suavemente y abrazó a sus dos hijos, se puso de pie y esperó a que su familia entrara a la cabina. Era el décimo tercer mes en órbita. El capitán miró por última vez el interior de la nave, en un instante debieron pasar miles de recuerdo por la confusa mente de aquel hombre. Con paso firme se dirigió a la parte trasera de la nave donde se encontraban los dos grandes motores. Tenía muy claro lo que debía hacer, había pasado semanas incubando en su mente la acción que iba a ejecutar. Su decisión estaba tomada y era irrevocable.

Tomó dos tambores vacíos que estaban en la sala de maquinas y una gruesa manguera. Enseguida se inclinó junto al primer motor y con un brusco movimiento aflojó el tapón de drenaje. Enseguida conectó la manguera por donde comenzó a salir el petróleo hacia el interior del tambor. Igual procedimiento hizo con el segundo motor. Al carburante almacenado en los tambores le agregó 30 litros de parafina que quedaban para alimentar las petromax. Con dos sábanas hizo dos largos mecheros y los puso como tapón en los tambores asegurándose de que lleguen hasta el fondo. Luego los llevó rodando hasta el comedor que se encontraba ubicado en la mitad de la nave y los acomodó uno al lado del otro. Se detuvo un momento, respiró profundo y sintió que el sudor bañaba su cuerpo y rostro, su corazón palpitaba a mil por hora, de pronto comenzó a temblar cual epiléptico. Por un momento la mente se le nubló, intentó buscar una explicación, pero todo era en vano, si no lo hacía, igual morirían todos. Albert haría explotar la nave con la esperanza de que su familia o alguno de sus integrantes pudieran salvarse.

Ya no había tiempo, con manos temblorosas encendió una vela y con la llama hizo lo propio con los dos mecheros de los tambores. Se quedó un instante quieto, cerró los ojos y exclamó - Dios, en tus manos encomiendo mi espíritu y el de mi familia - Una violenta sacudida estremeció la nave y un gran resplandor iluminó por algunos minutos el espacio sin aire. La nave se partió en varios pedazos con tanta violencia que pudo romper la resistencia de la gravedad y de la atmósfera cayendo los pedazos a la tierra a gran velocidad. En Australia comenzaba a amanecer cuanto el fenómeno fue avistado desde un observatorio astronómico. De inmediato se dio la alarma a la Guardia Costera que salió en búsqueda de los desconocidos fragmentos caídos en las costas de Oceanía. Por más de 12 horas los rescatistas rastrearon un amplio perímetro buscando evidencias sin obtener resultados.

Durante la noche se suspendió la búsqueda y en la madrugada del día siguiente, una patrullera logró divisar en medio de las agitadas aguas restos de lo que parecía ser una balsa de madera. A toda prisa la embarcación se dirigió al lugar pudiendo comprobar que efectivamente se trataba de fragmentos sólidos pertenecientes a un tipo indefinido de embarcación, parecida a la mitad de un barril con un ala lateral y restos de vidrios calcinados y adosados a su estructura. En el sitio había también manchas de aceite y petróleo disperso en más de un kilómetro de superficie. Los rescatistas procedieron hacer las maniobras correspondientes para recuperar los restos, en eso estaban cuando desde los escombros que flotaban provino un desgarrador grito de auxilio. Grande fue la impresión entre los marinos al ver a un hombre aferrado a un par de tablas, ensangrentado y con notorias evidencias de haber sufrido graves quemaduras. El náufrago fue sacado de las aguas y subido a bordo del barco rescatista. Su estado era deplorable; enjuto, larga cabellera y frondosa barba, el cuerpo completamente chamuscado, las piernas rotas y con graves y múltiples heridas. No podía hablar, de vez en cuando balbuceaba una que otra incomprensible palabra. En vano fueron los esfuerzos médicos por salvarle la vida. Un fuerte calmante le fue inyectado al moribundo Albert para que se fuera de este mundo con el menor dolor. En su inconsciente todo estaba consumado y su alma comenzaba a viajar a través del placentero túnel de la eternidad.

El sol comenzó a ponerse detrás de los majestuosos parajes de Puerto Cóndor, y naturalmente el atardecer trajo consigo la suave y fresca brisa del mar que acaricio el rostro de Albert. Su reacción fue instantánea, un fuerte sobresalto y despertó, se puso de pie al instante, su cuerpo bañado en sudor y su corazón latiendo agitadamente evidenciaban que había tenido un dramático y tormentoso sueño. Caminó un par de pasos, miró el cielo, levantó sus brazos y exclamó - Gracias Dios mío, solo fue una pesadilla…una fea pesadilla - Luego se volvió hacia la nave que estaba construyendo, se acercó lentamente aun afectado interiormente por la experiencia onírica recién vivida, observó la estructura por un momento, se inclinó y tomó la afilada hacha que estaba a su alcance y con un violento y certero golpe comenzó a destruirla.

jueves 19 de enero de 2012

2

Una belleza plena

2 comentarios
Por Devito

"Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte/ contemplando, como se pasa la vida, como se viene la muerte/. Así comenzaban las "Coplas a la muerte de su padre" de un tal Jorge Manríquez, uno de los tantos notables autores de la literatura clásica española, que tuve el privilegio de leer y exponer algunos de sus sabios contenidos en el colegio frente a mis compañeros y compañeras y bajo la atenta supervisión de mi inmisericorde profesora de castellano.

A los 13 años tuve el honor de conocer mediante la lectoescritura a varios de estos grandes autores. Ocurrió en la convulsionada e incomparable década de los ochenta, cuando era un precoz estudiante liceano en mi natal Puerto Natales y estaba por dejar de ser un niño de primaria o preparatoria. Mi recta y despótica profesora de castellano, doña Graciela, tenía el hábito de estimularnos constantemente anunciándonos que en cada clase nos haría disertar al azar (a cualquiera le podía tocar) para que así todo el curso leyera aquellos bellos pero entonces incomprendidos textos de corte humanista, caballeresco, aventurero, teatrales, históricos, religiosos, románticos o poéticos, que por lo demás eran lecturas obligatorias impresas en los libros de primero y segundo año medio, de los autores Monti y Orlandi.

Eran obras universalmente conocidas, a saber: "El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha", del inmortal Miguel de Cervantes; "Fuente Ovejuna", de Lope de Vega; "El gran Teatro del Mundo"; "El Lazarillo de Tormes"; "La Vida es Sueño" de Pedro Calderón de la Barca; los escritos de salvación ante los pecados narrados por San Juan de la Cruz; las Églogas de Garcilaso de la Vega o las Rimas de Amor del gran Gustavo Adolfo Bécquer. También se leía al griego Homero que contaba las hazañas de los héroes helenos en la "Ilíada" y la "Odisea" y a escritores chilenos, como José Eustacio Rivera; Carlos Pezoa Veliz, autor de "Tarde en el Hospital" y Baldomero Lillo escritor de las obras dramáticas "Sub Sole" y "Sub Terra". Eran también lecturas obligadas la obra gaucha "Martin Fierro" del notable autor argentino José Hernández; "Los Cuentos de la Selva", del uruguayo Horacio Quiroga y otras.

La métrica, las metáforas, las hipérboles e hipérbaton, la comprensión lectora y la profe Graciela, hacían del castellano una asignatura de temer entre el alumnado del área humanístico científico del entonces Instituto Politécnico, que también impartía enseñanza técnica profesional y comercial. Para quienes no teníamos el libro de castellano (no por capricho sino porque simplemente no contábamos con el dinero suficiente para adquirirlo en el comercio), la clave era conseguírselo con tiempo en la única biblioteca pública del pueblo y para ello había que inscribirse con anticipación y esperar su turno para obtenerlo por uno o dos días, dependiendo de la demanda que tuviera el texto. A veces ocurría que los solicitantes eran muchos y los textos pocos, de manera que algunos compañeros (as) quedaban sin leer, lo que era lamentable, pues para nuestra exigente profesora aquello no era excusa válida a la hora de calificar.

En el curso 2° "B" éramos solo siete varones y quince damas y a pesar de ello controlábamos a nuestras compañeras sin mayor esfuerzo e imponíamos nuestra voluntad masculina en todo lo que a planificación de actividades del curso se refería. En toda época y tiempo en una etapa tan bella de la vida, suele ocurrir por naturaleza, quizás por sentido común o necesidad social que los adolescentes formen sus grupos de amigos (as) sea por afinidad, gustos, forma de ser, simpatía u otro subterfugio. Lo cierto es que de esta tendencia natural y lolera nadie quedaba exento. Tres hombres y cuatro mujeres formaban mi grupo afín. Alma, Bernardita, Tamara y Estela, eran las damiselas. Juan Rosamel, Chito y yo, representábamos al otrora llamado sexo fuerte.
Del grupo, no todos éramos buenos lectores, o para ser justos, no ha todos les gustaba leer. De manera que obtener el préstamo de un libro en la biblioteca o no obtenerlo les daba igual a los poco amigos de la lectura y por tal motivo doña Graciela, que los conocía y hasta era capaz de identificarlos con el dedo, no aceptaba a nadie que diera como justificación el hecho de no obtener el préstamo de un libro y por consiguiente aplicaba el viejo proverbio: "ley pareja no es dura". Claro, siempre suelen pagar justos por pecadores y en ocasiones ocurría que buenos alumnos no habían tenido la suerte de alcanzar un libro en biblioteca e igual se presentaban a la clase siendo calificados por doña Graciela con la nota uno. Las alternativas para evitar obtener mala calificación, eran no asistir a clases el día "x" o simplemente asistir pero no ingresar a la hora de castellano (opción esta última demasiado riesgosa pues podía costar una citación al apoderado acompañado de una suspensión por varios días).

En medio de estos avatares de mi vida liceana, uno de mis amigos entrañables poseía una especie de yeta o fatalidad cada vez que rendía una prueba o se paraba frente a sus pares para disertar. Era un tipo de buena estatura, semi enjuto, callado, tímido, moreno, de rostro poco agraciado (al decir de las feminidas) y de apariencia retrograda. "Mamerto" o "El Trauco" (como solíamos llamarlo los amigos más cercanos), tenía buen poder adquisitivo y se destacaba por ser uno de los primeros en comprar los libros que periódicamente pedían en el colegio. Sin embargo, siempre sacaba malas notas desconcertando a todos y un día mientras tomábamos un helado sentados en la vitrina de un local comercial del centro de la ciudad, me confesó muy afligido de la mala estrella que lo perseguía. Según su versión, siempre se esforzaba estudiando y leyendo las materias y los textos dados en todas las asignaturas y me aseguraba que se aprendía los contenidos, pero al momento de "los que hubo" le pasaba algo inexplicable, estando a punto de rendir un examen o hacer una disertación, se le olvidaba todo, según sus propias palabras "su mente quedaba en blanco" sin acordarse siquiera del título de lo que había leído o estudiado. Yo trataba de consolarlo diciéndole que podía ser los nervios que lo traicionaban en tales circunstancias, aunque sinceramente no le creí nunca su versión de la mente en blanco, pero tampoco puedo afirmar que lo que le pasaba era consecuencia de no haber estudiado, porque nunca fui testigo presencial de lo que hacía o no en materia de estudio, aunque obviamente el aseguraba que lo hacía con gran dedicación.

Hoy, a mis años y como educador que soy, creo que en rigor tenía razón y pudo haberle pasado aquello de "nublarse" frente a una exigencia. Soy un convencido de que si mi amigo "Mamerto" estuviera estudiando hoy en alguno de los liceos de Natales, su caso sería tratado integralmente, con un plan de estudio diferenciado, donde junto con desarrollar sus potencialidades intelectuales se le darían las facilidades para ejecutar variadas actividades complementarias compatibles con sus habilidades y capacidades motrices. En la década de los ochentas estos criterios no existían o mejor dicho, no se conocían, de manera que la premisa era, "el educador enseña, el educando aprende" y no había más alternativa. Así dadas las cosas el que estudiaba sabia y era promovido, el que no lo hacía, no sabia y repetía curso.

En esta lógica de enseñanza no calzaba mi amigo y su sufrimiento era patético cuando al momento de tomar un examen, el profesor o la profesora nos distribuía al interior de la sala de clases separados uno del otro a unos tres cuerpos de distancia. Desde mi pupitre miraba de reojo a mi amigo y lo veía con cara de asustado, sobresaltado oteando tímidamente para todos lados con un birome en la mano que hacia girar entre sus dedos sin parar. Cada cierto tiempo carraspeaba suavemente, movía los hombros y continuaba. De pronto tomaba la prueba y la leía una y otra vez, volvía a carraspear y comenzaba a mirar con rara atención las paredes y el techo de la sala, tenía esa enfermante manía que después todos se lo reprochábamos y hasta hacíamos bromas de su comportamiento. La explicación que nos daba era que buscaba concentrarse, lo que resultaba contraproducente con las deficientes notas que finalmente obtenía.

Cada vez que a mi amigo le tocaba disertar era como una comedia teatral. La primera, segunda y tercera vez que lo presencié "se le borró la memoria" como él decía. Se paró frente al curso, yo siempre le tenía fe y creía honestamente que se iba a superar, pero no fue así. Doña Graciela iniciaba el interrogatorio preguntándole cosas como quién era el autor de la obra, lo que mi amigo no podía responder a pesar de habérmelo dicho media hora antes. En seguida la profesora pedía le diera a conocer dos ideas centrales del texto, lo que por cierto tampoco tenía respuesta. Pero lo peor para él ocurría cuando se le pedía contar el contenido de la obra que había leído. Entonces no sabía donde fijar la vista y a lo único que atinaba era mirar hacia el techo de la sala como buscando la ayuda de alguna divinidad celestial, luego emitía un suave carraspeo seguido de una rápida sacudida de hombros. A esa altura, los nervios lo delataban en demasía y la crueldad adolescente de los demás compañeros se ponía en práctica; risitas, gestos y carcajadas ante cada reprimenda que le hacía doña Graciela: "…Alumno porqué mira usted el techo…será que tiene allí escrito un torpedo? Si es así léalo señor, lo escuchamos…Quiero que sepa que no irá a sentarse si no le cuenta a sus compañeros por lo menos una línea de lo que leyó…" Esos infelices momentos debieron haber sido para mi amigo una tortura psicológica indescriptible que en nuestros tiempos seria drásticamente sancionada y estoy casi convencido de que le habría costado el cargo a mi profesora.

Pero el tiempo todo lo cura, lo cambia o lo cubre con el manto del olvido. El hombre era un buen tipo y creo que lo sigue siendo (aunque confieso que hace mucho tiempo que no lo veo). Cuando iba al liceo, orgullosamente nos comentaba que tenía un hermano en las fuerzas especiales del ejército y por eso él y su familia eran devotos del general Pinochet, cuyas fotos y poster adornaban el interior de su casa. Con mucho entusiasmo asistía a los desfiles escolares y también soñaba con seguir los pasos de su hermano enrolándose en la milicia y para ello postuló un par de veces a la escuela de suboficiales del ejército, pero entre tantos aspirantes no tuvo suerte. El ingresar a las Fuerzas Armadas en aquellos años estaba de moda y era además el gran salvavidas para los que no les gustaba el estudio. Por eso, en cada llamado que hacían las escuelas matrices, se agolpaban los alumnos que se encontraban cursando el segundo medio en adelante formando larga filas para inscribirse.

Pasó el tiempo y mi amigo se trasladó a la zona central del país en busca de mejores oportunidades laborales. Allí le pasó algo que cambió su vida, casualmente se vio involucrado en una protesta callejera en contra del gobierno militar que tanto admiraba y defendía en sus años mozos y conoció a una joven militante de las Juventudes Comunistas. Se enamoró de ella y se caso, hoy es padre de familia y hasta donde yo sé un anti derechista a carta cabal.

Cosas de la vida, sin dudas. En una oportunidad cuando yo era estudiante universitario y me encontraba en Natales de vacaciones, llegó sorpresivamente a mi casa para invitarme a ver una película gringa llamada "Mising" que había traído como novedad de Santiago y que trataba sobre los desaparecidos opositores al régimen militar imperante en Chile. Encontrarnos de nuevo después de mucho tiempo me causo una gran alegría (después de todo era un buen amigo) pero también me sorprendió cuando comenzó a hablarme en su particular estilo que tenía, en voz baja y en una postura semi solapada, de su nueva vida que llevaba en la capital y el desprecio que ahora sentía por Pinochet y el gobierno militar. Confieso que dudé un par de minutos de lo que me decía, su amor por la milicia y el régimen de facto se habían diluido sorprendentemente. Pensé ¿Y si este guevon se ha convertido en un informante o en un soplón de los milicos? Eran tiempos turbulentos y yo entonces militaba en un partido de oposición y era además dirigente estudiantil en Osorno. Después de escuchar parte de su relato, le pregunte en qué lugar seria la exhibición, el día y la hora y si habían otros invitados. Nuevamente me volvió a sorprender cuando me dijo que se había conseguido una sala de la biblioteca pública para mostrar allí la película y comenzó a leerme la lista de los que asistirían, casi todos compañeros y amigos de universidad que estaban de vacaciones, además de varios dirigentes de los partidos de oposición de Natales.

El encuentro sirvió para compartir, comentar y debatir acerca de la contingencia política local y nacional, de las actividades opositoras y partidistas que se estaban planificando en Natales y de otros condimentos del diario vivir. En cuanto a la película, hubo poco y nada que comentar. "Chito" se había convertido realmente en un opositor al general y a su gobierno. Después supe de muy buena fuente que mi amigo se enamoró tanto, pero tanto que de un día para otro "se le nubló la mente" y olvido todo lo relacionado con lo castrense y adopto la hoz y el martillo como símbolo de lucha contestataria al régimen militar. ¡El poder de las mujeres!

En las vacaciones nos volvimos a ver un par de veces más. En materia política se restableció la democracia en el país y pasaron veinte años de gobiernos concertacionistas. Del amigo "Chito" no he vuelto a saber más de lo que me cuentan algunos otros amigos. Sé que viene a Natales periódicamente pero ya no pasa por mi casa. ¿En qué estará ahora "Mamerto", mi amigo?

martes 10 de enero de 2012

0

PA' CALLAO

0 comentarios
Por Héctor Martínez Díaz

Pese a que todos los reporteros, fotógrafos y camarógrafos apostados el viernes último en las afueras de la Fiscalía Local de Punta Arenas, conocían al periodista de la Defensoría, Héctor Martínez, no dejó de llamar la atención el papel de guardaespaldas que jugó en favor del ciudadano israelita Rotem Singer, en momentos en el que dio cumplimiento a la medida cautelar de firma semanal determinada por el Juzgado de Garantía de Puerto Natales.El imputado, anterior a realizar dicha acción, permaneció por un lapso superior a una hora en las dependencias de la Defensoría entrevistándose con su abogado Juan Ignacio Lafontaine, para abandonar el edificio pocos minutos antes de las 13 horas, momento en el que raudamente se subióa un jeep negro, y acompañado de Martínez, se dirigió a la Fiscalía cuyas instalaciones se encuentran a escasos 80 metros. Al retornar de su cumplimiento legal, el periodista cerró rápidamente la puerta del vehículo con el objeto de que el ciudadano se retirara del lugar, en medio del acecho de la prensa regional, nacional y extranjera que reporteaba la noticia.


Me levanto temprano, hojeo El Magallanes, decido ir a Zona Franca, debo ser hoy el primer cliente de la nueva librería, "Oye te vi en el Pa' Callao", me saluda la dependiente. Voy al mall del Líder, entro a jugar un Kino, cacho que me palmotean la espalda "wüena el guardaespaldas".

De regreso a casa, recibo un llamado telefónico de mi primo que trabaja en la Muni de Natales, me cuenta que aunque es domingo, el alcalde ya firmó el decreto alcaldicio para declararme persona non grata.

Llega mi mujer del turno en el Hospital y me dice que no saco nada con apresurar después de veinte años el divorcio de mi anterior matrimonio, que por mi culpa sonaron nuestras vacaciones en Natales, habló con sus papas que estaban leyendo el diario y no me quieren ver ni en pintura que solo la recibirán a ella y mis hijas, y yo lo máximo que puedo acercarme es a 50 metrosde su casa, así que en tales condiciones ahora ella ni cagando se casa.

Parece que algo raro pasa, mis amigos natalinos de infancia me insultan por Facebook pero resulta que no tengo Facebook, colocan en el muro que ya no soy del Club Deportivo Bories, porque destruyeron mi ficha de socio. Que en la Escuela Básica No 1 de Natales quemaron mi licencia de Enseñanza Básica, o sea parece que ahora ni he cursado la primaria, entonces, menos pude ir al liceo, se cumplieron mis peores pesadillas no terminé la Universidad porque ni siquiera pude haber ingresado -y puchas con lo que me costo sacarla- ahora ya no soy periodista.

Para colmo, mi madre, me llama por celular desde Natales y resulta que me deshereda, que leyó el diario y yo ya no soy su hijo, así que no me dejará esos antiguos sillones de madera que le compró a mi tía y que tanto le codiciaba, y que ahora mismo se los está enviando a Punta Arenas por Buses Fernández a mi hermana Patricia, que ahora resulta que tampoco es mi hermana.

O sea, es casi como que no nací, doy gracias del Supremo no tengo de que preocuparme, porque entonces no existo y es un hecho publico y notorio que el de la foto en el diario, no podía ser yo, sino un impostor.

Ultimos Post

 

Copyright 2008 All Rights Reserved Milodon City Cha Cha Cha by Brian Gardner Converted into Blogger Template by Bloganol dot com Free Blogger Templates