jueves, 5 de marzo de 2015

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Mueren dos pioneros en Puerto Natales

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Por Osvaldo Wegmann Hansen
De izquierda a derecha, Floridor Sobarzo Catalán y Leonidas Oyarzún Quintana.
Afines de la semana pasada fallecieron dos ancianos, antiguos y respetados vecinos de Última Esperanza: don Floridor Sobarzo Catalán y don Juan Bautista Díaz Low. Yo diría que se fueron dos pioneros, si se considera que figuraban entre los primeros pobladores de Puerto Natales, pues llegaron allá muy poco tiempo después de la dictación del decreto del Presidente Ramón Barros Luco que fundó la ciudad y fueron los primeros en sus respectivas actividades, en este caso hoy diferentes.
El señor Sobarzo había nacido en Río Bueno hace 89 años. Muy joven se trasladó a Talcahuano, donde aprendió a trabajar como relojero y joyero, profesiones que vino a desempeñar en Punta Arenas, donde estuvo poco tiempo. Aquí se casó con doña Carmen Soto Alvarez, de cuya unión nacieron trece hijos, que le dieron 38 nietos y 50 bisnietos. Una de sus hijas, Irma, se dedicó al canto, fue Miss Radio Magallanes hace muchos años y luego se trasladó a Santiago en busca de mejores horizontes.
Conocí a don Floridor cuando yo era niño en Natales. Era todavía el único relojero del pueblo. En ese tiempo era joven y jugaba al fútbol, en primera serie por el Club Deportivo “Natales”. Destacaba además como entusiasta ciclista, practicando este deporte con Francisco Mansilla, Rosendo Berríos y otros ases de esa época. Cuando recién se inauguró el camino nuevo, alrededor de 1930, realizó un raid ciclístico a Punta Arenas, en compañía de su hijo Floridor, lo que en ese tiempo no era cosa común, ni lo es hoy día y constituye una hazaña.
Con los años se retiró de las actividades deportivas y se convirtió en dirigente. Trabajó activamente en el directorio del Club Deportivo “Natales”, que lo consideró como uno de sus más entusiasta y meritorios socios. Dedicó también gran parte de su tiempo a la labor mutualista, sobre todo en la Sociedad de Socorros Mutuos de la que fue presidente.
Lo vimos actuar en otras instituciones, como el Rotary Club, la Segunda Compañía de Bomberos y la Cámara de Comercio. Le alcanzó el tiempo para dedicarse al estudio de los problemas comunales y fue regidor e incluso alcalde subrogante.
Viudo hacía algunos años, contrajo segundas nupcias con la señora Inés Valencia, que le sobrevive, quien lo acompañaba, ya anciano, en su incansable labor comercial. Hacía poco tiempo que se había trasladado al norte del país en busca de mejor clima, pero al año regresó a Puerto Natales. No pudo acostumbrarse a vivir lejos de su querida ciudad, donde nacieron sus hijos, donde descansa su esposa y cuya generosa tierra lo acoge a él ahora.

A la izquierda, abajo, Juan Bautista Díaz Low.
En esos mismo días murió Juan B. Díaz Low, el “cabro” Díaz, que llegó a Puerto Natales siendo niño, hace alrededor de setenta años. Había nacido en Quellón, el 16 de mayo de 1893. Su abuelo fue el capitán William Low, que anduvo de lobero por los canales australes en el siglo pasado y sirvió de práctico al capitán Fitz Roy.
A los 10 años se vino a Punta Arenas con su madre. Aquí fue suplementero, mozo, junior. Desempeñó varios oficios, mientras iba a la escuela fiscal. Poco después se trasladó a Puerto Natales. Allí estaba su destino: comenzó a trabajar como vellonero en las estancias. Luego aprendió a amansar; fue esquilador; carnicero en el frigorífico; anduvo explorando en los canales en busca de madera de ciprés y vigas. Con el tiempo se estableció con una carnicería: “La Blanquita”, en la calle Esmeralda. Se casó con la natalina Inés Barrientos, hija de don Sinforoso y tuvieron nueve hijos.
Aquí comienzan las aventuras y desventuras de don Bauche, que el escritor regional Enrique Wegmann describe un poco adornadas, en un libro que ha tenido tres ediciones: “La noche trágica de los copuyes”.
Lo que no sale en ese libro es que al final don Bauche “se compuso”. Postuló y obtuvo un lote tipo a) en la península Antonio Varas, terrenos que pertenecieron a la Sociedad Explotadora Tierra del Fuego, donde fundó la Estancia “Margot”, que explotaba junto a sus hijos. Pero cuando la suerte le sonreía, cuando comenzaba a saborear su triunfo, a gozar de una situación holgada, perdió a su esposa, a la madre de sus hijos, a la compañera de sus duras pellejerías.
Hace pocos años, estando en Puerto Natales, me invitó a visitar su estancia. El viaje se prolongó en el cúter “San Juan” hasta el seno Bellavista, a espaldas del cerro Balmaceda, que él llamaba el culo del mundo. Pasamos la famosa Punta Naufragio, donde se hundió la goleta de los hermanos Corbett, hace un montón de años. Luego hizo recuerdos de su lancha “Bellavista”. El y su esposa miraban con nostalgia la bahía y los terrenos donde tuvieron su casa, los corrales, el galpón y el gallinero. Nada quedaba. Los copuyes de “sietemares” quemaron todo. Las ruinas las cubre la maleza. Queda un solo vestigio de que allí hubo civilización. Una gran mancha de menta, que estaba alrededor de la casa, que crece y se extiende.
Discutido, combatido, luchador, Bauche Díaz no dejó de ser un símbolo, un pionero de Última Esperanza.

La Prensa Austral 29 de julio de 1982, Punta Arenas. Del libro De ayer y de Hoy. Crónicas De Osvaldo Wegmann del escritor Jorge Díaz Bustamante.


miércoles, 20 de febrero de 2013

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Osvaldo Wegmann: Deportes náuticos en Puerto Natales

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Remeros del Club Deportivo Natales. Silvio Díaz Barrientos, Dagoberto Díaz B.
Juan Díaz B. Luis Díaz B. Feliz Veliz y de timonel Eloy Veliz Morales. 

Antiguamente, cuando Puerto Natales era un pueblecito pequeño; de cinco mil habitantes, tenía una juventud entusiasta y deportiva que se dedicaba a todas las actividades del desarrollo físico: el fútbol, el box, el atletismo, la navegación y la boga. Había gran entusiasmo por los deportes náuticos.
         La vieja y querida piscina de Puerto Bories fue escenario de partidos emocionantes de water-polo y se destacaron en aquellos tiempos nadadores de la calidad del Dr. Retamal, Hanriot, Scholer, Mauret y otros.
         Los niños y las niñas formaban equipos que, año tras año, se disputaban el triunfo. Recuerdo personalmente a las hermanas Viola, Lily y Nana Mc Leod, Edita Adema, a las chicas Dick, a las hermana Pérez Fanjul, y a otras niñas con quienes compartimos emociones en la infancia.
         En la misma forma disputaban triunfos los equipos de segunda serie, los azules y los rojos. No me acuerdo a qué equipo pertenecían, pero los veo en el agua: José Andrade, mi hermano Erico, el Chino Pérez, Luis Mella, Teodoro Nissen, Jorge Beros, y otros nadadores de catgoría secundaria, llamados “los macetas”, porque eran igual o un poco mejor que los niños. En el equipo infantil me encontraba yo, durante un tiempo.
         El deporte náutico que hizo furor en su época fue la boga. Las regatas eran espectáculo atrayente. Y los admiradores tenían sus ídolos, como Leño, Panicucci, Corbett, Arteaga, los Mac Lean, el “padecido” Mansilla y otros, que en distintas generaciones destacaron en el varonil deporte del remo.
         Hubo también una chalupa famosa, la “Melba”, del Club Deportivo “Natales”, que durante largos años dio triunfos a la decana del deporte. Terminó vieja y carcomida en un rincón del puerto, y entonces los bogadores la llevaron en andas al club y en un rincón del patio la quemaron en una ceremonia pagana, ritual deportivo y cariñoso, como quien incinera a un ser querido.
         Las regatas no son deporte frecuente ni preferido en Natales. Quizás se realicen más que en Punta Arenas, pero no con el entusisamo y cariño de antaño. Recordamos que antes cada club deportivo poseía su chalupa especial, tipo guille y era seis o siete en total que participaban en una regata, hasta el Club del Frigorífico “Natales”, con una embarcación fabricada en el establecimiento, por ese gran carpintero que fue Juan Petrovich. Después salían los pescadores a regatas en sus chalupas profesionales.
         Hubo oportunidades en que se realizaron regatas a vela, con los chalupónes al mando de los patrones Tomás Pérez, Amadeo González, Manuel Panicucci y otros lobos de mar, que brindaron al público momentos de emoción, cuando escorados por la racha, viento a un largo, pasaban frente al muelle, que era meta, ovacionados por la muchedumbre entusiasmada y fanática por los deportes náuticos.
         La afición deportiva de Natales debe retornar a lo marítimo. Descartamos la natación, por el mar helado y porque ya no hay piscina. Pero hay esperanzas de que una vez más vuelvan a surcar la bahía blancas velas de faluchos como alas de gaviota y las chalupas ágiles y livianas salten sobre las olas a impulsos de los golpes isócronos del remo. Entonces podremos decir que Puerto Natales ha logrado recobrar su fama de puerto marítimo, porque la juventud ha despertado de un letargo, para practicar los deportes náuticos, con más entusiasmo que antaño.

La Prensa austral jueves 21 de mayo de 1981.

Recopilación Jorge Díaz Bustamante.

jueves, 3 de mayo de 2012

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Osvaldo Wegmann: El pionero de Última Esperanza

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Imagen de 1905. De pie August Kark. Abajo, Hermann Heberhard W, Dorotea
Heberhard W, capitán Hermann Heberhard Schmith, Luisa Heberhard Schmith,
Rodolfo Stubenrauch y Ricardo Kruger. 


El primer colonizador de Última Esperanza fue don Hermann Eberhard, distinguido capitán de la línea alemana “Kosmos”, quien había servido anteriormente, desde 1883 a 1886 en las islas Falkland, a cargo de un vapor que transportó ovejas, para los primeros colonos de Magallanes. Considerándose todavía joven y sano, decidió integrarse al grupo de colonos patagónicos, y se vino a Punta Arenas. Aquí adquirió caballos y organizó una expedición por la costa del estrecho, encontrando todas las tierras ocupadas. Siguió a la Argentina y se estableció en Chimen Aike, donde obtuvo 40 mil hectáreas.
Un día lo visitó su paisano Augusto Kark, con quien conversó sobre la posibilidad de encontrar nuevas tierras para la ganadería y el tema se centro en las Llanuras de Diana, de las cartas inglesas. Consultaron un mapa y vieron lo difícil que era llegar hasta allí por tierra, por lo cual pensaron en una expedición por mar. Y esa noche de mayo de 1902 quedó decidida, pero con los medios más económicos, incluso en un bote. La expedición se haría en invierno, para comprobar la crudeza del clima.
En los primeros días de junio de ese año, el capitan Eberhard y Kark llegaron a Punta Arenas, donde se entrevistaron con las autoridades y el Cónsul alemán, para exponerles sus planes. Obtuvo Eberhard un bote salvavidas de un buque naúfrago y lo aparejó para el viaje. Los planes eran ser llevados en vapor hasta bahía Ismus, en el Canal Smith, y la expedición entraría a remo a Última Esperanza, desde cuyas costas explorarían hacia el interior. Sus compañeros serían Augusto Kark, el marino Teodoro Huelphers y los ex guardiamarinas Cattle y Game de la marina inglesa.
El 12 de junio partió la expedición a bordo del buque inglés “Africa”, alcual Eberhard sirvió de práctico en el estrecho, a cambio del transporte del bote y víveres, hasta bahía Ismus, donde fueron desembarcados finalmente. Arrastraron el bote por el istmo y a remo y vela navegaron por los mares interiores, con tiempo helado, mientras el termómetro marcaba 6 a 8 grados bajo cero. Tanto es así que el reumatismo comenzó a afectar al capitán.
Eberhard no iba totalmente a ciegas. Llevaba brújula y un mapa, facilitado seguramente por los oficiales chilenos Valdés y Pacheco, de la Armada, que habían estado en la zona y lo asesoraron. Así sabía bien con lo que se encontraría y fue con el paso Kirke, que pasaron con marea favorable de 8 a 10 nudos, que casi hizo zozobrar a la embarcación. Varias veces acamparon en la costa, levantando sus carpas y encendiendo fogatas para calentarse y cocinar sus alimentos, con buena o mala leña. Así transurrían los días, hasta que llegaron a Dissapointment Bay donde tuvieron dificultades para desembarcar, debido a la playa larga y al hielo. Allí permanecieron varios días, que aprovechó Eberhard para explorar la zona interior, en compañía de Augusto Kark. Allí encontró varios lagos y las famosas Llanuras del Diana, que resultaron pantanosas. A lo lejos divisó una sierra, que denominó Dorotea.
Terminada la exploración, algunos quisieron volver, pero el capitán insistió en seguir viaje, por la costa del seno Última Esperanza, para ver como eran las tierras más allá de las llanuras. Ya estaban en julio y hacía más frío. Encontaron una canoa con indios, en los alrededores de la península, que Eberhard denominó Moore. Ya habían bautizado la Isla de los Cisnes. Siguieron bordeando la costa y se encontraron con las islas ratón y lagartija, luego con la isla guanaco, donde vieron a un guanaco solitario.
Había tres enfermos, entre los tripulantes. Eberhard dejó a Kark cuidándolos y él se internó solo por los campos de la costa y volvió diciendo que eran muy buenos. Entonces sus compañeros estimaron que era oportuno volver. Pero él decidió visitar aún el último rincón, o sea el pequeño fiordo que se abría desde las inmediaciones de Punta Jamón. Y entraron al fiordo Eberhard, que así lo bautizaron los tripulantes, y allí había 8 pulgadas de nieve y 12 grados bajo cero de temperatura. Pero Eberhard, tenaz, salió a explorar y regresó diciendo que no había nada nuevo. Eran terrenos buenos para la ganadería, donde después estableció su estancia “Consuelo”. En esos momentos los compañeros enfermos se sentían bastante mejor y él les anunció que regresarían lentamente.
Aparejaron el bote y se largaron a la vela. Pasaron a la isla Guanaco y Eberhard bajó a cazar el guanaco solitario, para tener carne fresca. El 17 de julio en la mañana, con buen viento, partieron de un viaje a la Isla de los Cisnes, desde donde continuaron a remo. Pasaron múltiples aventuras, sobre todo en Ancón sin Salida, donde debido al oleaje el bote se atravesó en la playa y se dio vuelta, mojándose la mayoría de los pocos víveres que les quedaban.
El 30 de julio llegaron a Ismus Bay y esa misma noche pasaron el bote sobre el istmo, hasta la costa del Canal Smith, donde instalaron su campamento, en espera de la pasada de un barco de la Línea “Kosmos” que los recogería. Agustiados vieron pasar los días, hasta que el 5 de agosto, a las 4 de la tarde divisaron un vapor e hicieron una gran fogata. La nave acudió en su auxilio y los llevó de vuelta a Punta Arenas.
Un año después el capitán Eberhad viajó a Europa, en busca de material y de una lancha para fundar su estancia. Así comenzó la colonización en Última Esperanza, cuya capital Puerto Natales cumplirá 70 años el próximo domingo 31.
Una calle de la ciudad se denomina Hermann Eberhard. Y “Capitán Eberhard” también en homenaje al pionero, el principal hotel de turismo de esa provincia.

La Prensa Austral, 28 de mayo de 1981.Recopilación de Jorge Díaz Bustamante.

miércoles, 4 de abril de 2012

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Navidades de la infancia

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Por Osvaldo Wegmann Hansen

Hace pocos días celebramos Navidad. No sé por qué esa fiesta, que es la de la cristiandad y de la familia, no tiene ya el encanto de antaño. Para mí dejó de tener atractivo hace mucho tiempo. Mi madre murió en Navidad, y lo recordé con mucha pena durante largos años. Pero el tiempo, el gran componedor de todas las dudas y problemas de la vida, me hizo olvidarlo. Sobre todo en los últimos años, en que tengo un hijo en quien pensar en esa fecha, empeñado en que tenga navidades más felices que las nuestras.
La verdad es que no tuvimos novedades tristes en la infancia. Es así como aún las recuerdo a lo largo de un tiempo distinto, esfumadas en la memoria, como lejanas que son. Los preparativos comenzaban varias semanas antes de la fecha. Mi madre hacía recuerdos de las suyas y evocaba los tiempos de la colonia de Punta Arenas, cuando su padre, mi abuelo, cogía un hacha y salía a un bosque cercano a buscar un roble o un colihue, que reemplazara al pino nórdico de su país natal.
Nosotros de niños tuvimos un árbol natural, el mismo roble, que nos traía desde Cerro Dorotea en Puerto Natales don Felipe Vidal, un campesino rubicundo y canoso, con aspecto de viejo de Pascua, que nos abastecía de leña para la calefacción. El árbol era colocado en un gran tarro con tierra, para afirmarlo, y se le adornaba con los tradicionales chiches que se emplean hasta hoy día. En esa época en vez de lucecitas de colores, intermitentes, se empleaban velitas pequeñas, con llamitas de impresionante brillo.
Los niños recibían los regalos el día 24 a medianoche, después de haber tomado el chocolate y de haber comido torta en abundancia. A esa hora se sentía un golpe en la puerta y corríamos apresurados. El “Weinachsmann” había desaparecido dejando un saco con juguetes. Eramos ocho hijos. Había muchos regalos. Pero muy pocos creíamos ya en el viejo de Pascua. Yo menos, porque días antes, intruseando en el ropero, había encontrado los paquetes que mi madre había comprado donde Braun y Blanchard, entre ellos un velero para mí, que yo me pasaba mirando en la vitrina.
Recuerdo que para Navidad nos visitaban unos gringos, amigos de mis padres, con quienes charlaban en inglés; eran Peter Fugellie, tío de Silvestre, que trabajaba en las oficinas del frigorífico, y Samuel Beany, contador de la Casa Iglesias, que lloraba la ausencia de su familia y la lejanía de su amada inglaterra, a la que no volvió más. En los últimos años nos visitaba don Teófilo Hausser, un suizo alemán, paisano de mi padre, que administraba una estancia argentina de la frontera. Entonces recordaban Zurich, Ilnao, el lado de Constanza, los Alpes, y después de unos Whiskies cantaban “Freilliche Nacht, Stille Nacht”. Desde entonces asocié “Noche de paz” a todas las navidades. Me parecía que una Navidad sin la canción de Mohr y de Gruber no sería tal. Por eso me sentí tan emocionado cuando mi hijo, al terminar su primer año en el Instituto Musical de Enrique Lizondo, la noche de Navidad el año pasado, con sus manitas pequeñas y tiernas y el corazón conmovido nos tocó “Noche de paz” en el órgano.
Este año, la semana pasada, la Iglesia Catedral realizó una serie de Conciertos Navideños, que se efectuaban al atardecer, desde las 21 horas, en el centenario de la creación de la Prefectura Apostólica de la Patagonia Meridional, con sede en Punta Arenas. Participaron varias orquestas y coros locales, con música clásica alusiva. El miércoles 21 le correspondió actuar al Coro ENAP, con el apoyo de profesores y alumnos del Instituto Musical de Enrique Lizondo. Priscilla Lizondo, digna hija del Director, presentó finalmente al coro ENAP con los profesores y alumnos del Instituto, en una recopilación de temas navideños. Fue un digno broche de oro, emocionante, porque terminó con la inmortal melodía de Joseph Mohr y Franz Gruber.
En la nave central se respiraba un profundo silencio mientras se oían sólo las voces y los sonidos de los instrumentos, que daban fin a la canción, en medio del entusiasmo delirante de los asistentes. Priscilla Lizondo, batuta en mano, justificadamente orgullosa, captó la emoción de quienes escuchaban, e impresionada por el éxito se volvió al público, maravillosa, triunfal, mientras los últimos acordes de “Noche de paz” se confundían con los aplausos estrepitosos de los fieles. Nunca había escuchado ovaciones tan ruidosas dentro de un templo.
Cuando los músicos se incorporaron de sus sillas, a recibir también su homenaje, vi entre ellos a mi hijo, al más pequeño de los intérpretes. Y aplaudí también emocionado.
¡Cuánto hubiese dado por tener a mi lado esa noche, a mis difuntos padres y al buen Teófilo Hausser, a quienes oía cantar esta canción en las lejanas Navidades de mi infancia!.

La Prensa Austral, 29 de diciembre de 1983. De Ayer y de Hoy de Jorge Díaz Bustamante.

lunes, 19 de marzo de 2012

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Lecturas juveniles

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Por Osvaldo Wegmann Hansen

Días atrás en un establecimiento de la ciudad, tuve la agradable sorpresa de ver a una joven, de unos 18 a 20 años, morena, cabellos muy largos, simpática, sumida en la lectura de un voluminoso libro. Hacía mucho tiempo que no me encontraba con una muchacha entregada de lleno a este placer, que para nosotros constituía poco menos que un vicio en nuestros tiempos juveniles. Ella es empleada de una empresa y por razones del servicio, a ciertas horas hay poco movimiento y no hay público que atender. En vez de estar sentada mirando el cielo raso o a través de los vidrios, observando a los automóviles que pasan por la calle, coje su libro y lee, lee con una avidez tal que emociona. Es de esperar que entre los jóvenes se esté recuperando el interés por la lectura, perdido en los últimos años, y no haya que hablar de apagones culturales. Me interesó, desde luego el personaje y la obra, y pregunté, simplemente:
-¿Qué lee usted, señorita?
Ella me mostró, sosteniendo, el libro y respondió:
-Una novela muy bonita. Es de Jack London. Se titula “El vagabundo de las estrellas”. Viera que es interesante. Me agarró y eso que leo solamente en mis ratos libres. Jack London es un escritor maravilloso...”
-Y me lo dice a mí – le respondí, emulando a Pascualini. – Ese libro lo había leído muchísimos años atrás. Y no sólo ese, sino muchos otros más de Jack London, como “EL llamado de la selva”, del que conservo varias ediciones: “Aurora espléndida”; “La expedición del pirata”; “Cuentos de los mares del Sur”; “El talón de hierro”; “El boxeador”; “Aventura”; la Reina de las Nieves” y “El mexicano”.
Los libros que leímos en la infancia y en la mocedad ya no se reeditan, por lo menos en el país. Es difícil encontrar ediciones extranjeras, a pesar de que se ha informado de que en Francia están reeditando a Julio Verne. Tal vez en él se justifique, por los viajes alrededor del mundo, la navegación submarina y el vuelo de la luna, llamando la atención las profecias del novelista galo.
En nuestros tiempos había grandes librerías muy surtidas y llegaban todos los libros nacionales editados en recordadas editoriales que hoy día ya no existen; también llegaban del extranjero, sobre todo de España. Conservo gran cantidad de ellos en mi biblioteca. Muchos son obras maestras de la literatura mundial; otras obras cumbres de la literatura chilena. Llegaban también revistas interesantes. Los niños leíamos “El Peneca”, “Don Fausto”, “Aventura”, editados en Santiago, y “Billiken”, “Tipperaary”, “Tit – Bitz”, “El Tony”, que se publicaban en Buenos Aires, desde donde llegaban además “El hogar, “El Suplemento”, “Don Goyo” y “Leoplan” que leían los adultos.
Las revistas de entonces no eran como las de hoy llenas de historietas y grabados. Con mucha lectura, con sus correspondientes ilustraciones y algunas tiras cómicas. Había cuentos muy adecuados para las mentes infantiles, todos ellos con fondo moral y, cosa interesante, se recibían colaboraciones. Yo publiqué cuentos en “El Peneca” a los 15 años y años más tarde colaboré en la revista “Intermezzo” de Buenos Aires.
Pero volvamos a los libros. A medida que los niños crecían y aprendían a leer, iban encontrando sus lecturas adecuadas: primero en los cuentos de Calleja, que nos llegaban desde España, y cuando eran un poco grandes venían los libros de aventuras, las novelas. Hace 45 años o más, estaban de moda las obras de Emilio Salgari: “Los náufragos del Liguria”, “Los náufragos del Spitzberg”, “El faro del fin del mundo”, “El rey de la montaña”, “Los tigres de Malasia”, “Sandokán” y muchas otras. Se leían los libros de A. Conan Doyle, con las aventuras de Sherlock Holmes y el Dr. Watson (aún recuerdo “Aventuras de un tesoro”); las aventuras de Nick Carter y las de Sexton Blake (“El misterio de los Tribunales”). Después venía Jack London, ya mencionado.
En una época en que estaban de moda las películas de cowboys, con Tim Mac Coy, Hoot Gibson, Buck Jones y Ken Maynard, llegaban a las librerías las obras de Zane Grey, sobre el Oeste Americano, con títulos como: “El jinete misterioso”, “Cazando Pumas en el gran cañón”, “oro desierto y odio”, “Río Rojo”, “La heroína de Fort Henry”, “El espíritu de la frontera”, “La última senda”, “El caballo de hierro” y “Lluvia de oro”.
Otro escritor que apasionó a la juventud de mi tiempo fue Karl May, el famoso explorador alemán que contaba sus propias aventuras en dos series de 16 y 24 tomos, respectivamente, tituladas “Entre los pieles rojas” y “Por tierras del profeta”, como temas del Oeste Americano y de los países árabes. Sus personajes son inolvidables, tales como Winnetou, el caudillo apache y Halef, el guía árabe.
Pero es seguro que ningún otro impactó tanto a la gente de mi tiempo, jóvenes y adultos, como James Oliver Curwood, con sus temas sobre Canadá. Sus novelas de aventuras son sencillas, amenas, ingenuas, pero atraen. Sus personajes son un cabo o un sargento de la Real Policía Montada del Canadá, un proscrito perseguido por la justicia, un cazador de pieles, una muchacha en peligro, siempre la más bonita del mundo, y en algunos casos un par de osos, como en “El rey de los osos”, o un oso y un perro, personajes de “Los nómadas del norte”. Recuerdo aún los títulos de “La mujer acorralada”, “La tragedia de la selva”, “La gloria de vivir”, “El bosque en llamas”, “Flor del norte”, “Cazadores de lobos”, “Buscadores de oro”, “El hombre de Alaska” y “Corazones de hielo”. La gran virtud de Curwood es la forma maravillosa en que describe la naturaleza de esos parajes, tan parecidos a los nuestros.
Después, pasando por Dumas, Dostoiewski, y Gorki, comenzamos a leer los autores de mayor éxito, los que ahora son “best seller”, por ejemplo. Estaban de moda las novelas de guerra, pintando los horrores del conflicto del 14. Nos iniciamos en este tipo de literatura, con el maravilloso libro de Eric María Remarque, una de las obras de mayor tiraje en el mundo, que nos pintó los horrores de la guerra: “Sin novedad en el frente”.
Después vinieron los ensayos, la historia, los Premio Nobel, las grandes obras que a bajos precios era posible adquirir en otros tiempos. Pero el amor por los libros comienza con las lecturas sencillas, la de las novelas de aventuras, que aquí recuerdo con emoción y cariño.

La Prensa Austral, 11 de diciembre de 1980.
Del libro De ayer y de Hoy de Jorge Díaz Bustamante

martes, 7 de abril de 2009

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Club Aéreo natalino

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Por Osvaldo Wegmann Hansen

El poeta regional Silvestre Fugellie, que a menudo nos deleita con sus crónicas sobre el pasado magallánico, nos entregó hace pocos días un interesante relato sobre la fundación del Club Aéreo de Punta Arenas. Cuando uno lee estas cosas, ocurridas hace tantos años con personajes ya desaparecidos que conoció personalmente, da la sensación de estar poniéndose viejo. Mencionó a Santiago Leitao, oficial de la FACH, el mismo que tuvo un accidente en Puerto Bories cuando yo era niño. Amarizó con su hidroavión frente al frigorífico y chocó con una viga que flotaba en el mar. Lo salvó el capataz Antonio Saldivia, padre de un compañero del colegio. Arturo Meneses solía llegar también a Puerto Natales en un hidroavión Sikorsky, que era anfibio y salía a tierra al lado del aserradero de Youssuf. A Alfredo Landolt lo conocí después, intentando construir un avión sin motor, junto con Carlos Fischer, primer mártir de la aviación en Magallanes.
En Puerto Natales había inquietud por la aviación y se acrecentó con la llegada del teniente Julio Gallardo Donoso, en 1945. Era el primer oficial de Carabineros que había obtenido el brevet de piloto civil. Pocos años después, trasladado al norte, se mató en un vuelo a la altura de San Felipe. El aeropuerto de Natales lleva su nombre como un merecido homenaje, por lo que él hizo y por el afecto que conquistó entre sus numerosos amigos natalinos.
Me correspondió participar en la fundación del Club Aéreo de Puerto Natales, el 20 de agosto de 1945, en una reunión convocada por el teniente Gallardo, que se celebró en el casino de oficiales de la Segunda Comisaría. El señor Gallardo nos expresó que llegaba destinado por varios años a la ciudad y que quería aprovechar su experiencia y el entusiasmo de la juventud, para formar una institución con todas las de la ley, similar a las que existían a lo largo del país y que, igual que aquellas, estaría afiliada al Club Aéreo de Chile, cumpliendo los requisitos y exigencias que impone la Dirección Aeronáutica.
En esta misma reunión se nombró una comisión organizadora, que formamos, como presidente el piloto civil Julio Gallardo Donoso; como secretario René Adema Gallardo; como asesor Amarante Valverde y como secretario de prensa y propaganda el autor de estas líneas.
Fundado el club, se abrió un registro de socios, en el cual se inscribieron numerosos jóvenes de ese tiempo. La comisión inició de inmediato una campaña, para construir una cancha de aterrizaje, que permitiera la llegada de aviones, y que sirviera además para actividades futuras de la institución. Cooperó con entusiasmo y eficiencia el gobernador Humberto Jara Sánchez. Se buscaron terrenos en los alrededores de la ciudad, pero no sirvieron, a juicio de los técnicos. Hasta que el jefe de la posta LAN Chile, Alfonso Cuadrado Merino, experto piloto, recomendó los que están ubicados entre el camino a Puerto Prat y la estancia Bories, que fueron obtenidos de los propietarios para los fines propuestos.
Apenas asomó la primavera, el club tenía ya setenta socios, entre ellos treinta aspirantes a pilotos. Los más jóvenes y fuertes acompañaron al teniente Gallardo y comenzaron a trabajar en el despegue de la cancha. Hacha en mano y con destroncadoras, hicieron desaparecer poco a poco las matas de calafates y los troncos de árboles; la Municipalidad prestó un rolo; socios trajeron bueyes; se emparejó y ripió la cancha; se midió y señalizó el terreno y finalmente se construyó una caseta. Y en el verano aterrizó el primer avión procedente de Punta Arenas, trayendo mayor entusiasmo en el zumbido de su hélice. En esa oportunidad se abrió oficialmente el registro de aspirantes a pilotos y se inscribieron, los primeros, el gobernador Humberto Jara Sánchez y el Alcalde Sandalio Vivar Vivar.
La comisión organizadora había cumplido su misión. Correspondía elegir el primer directorio titular, que quedó formado de la siguiente manera: Dr. René Retamal V., presidente; David Canobra D., vicepresidente; René Adema G., secretario; René Mansilla, prosecretario; Constantino Gafo L., tesorero; Julio Gallardo Donoso, asesor técnico; y Amarante Valverde, director.
El entusiasmo era grande. Los socios del Club Aéreo vistieron uniforme y desfilaron en fiestas patrias. Se comenzó a reunir dinero para comprar un avión. Así iban las cosas cuando abandoné Puerto Natales. Pasó el tiempo. Se fue el teniente Gallardo. El club entró en receso. Pero la cancha de aterrizaje fue utilizada por aviones de LAN, de la FACH y de TAMA. En un tiempo el club fue reorganizado por el emprendedor piloto Ernesto Scabini, quien no se encuentra ahora entre nosotros.
Puerto Natales tiene escasos contactos aéreos. Es de esperar que queden aún algunos románticos, igual que Julio Gallardo, embelesados por el sueño de volar.

La Prensa Austral, 10 de junio de 1982.

martes, 23 de noviembre de 2004

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Osvaldo Wegmann Hansen: El Milodón y el loco

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Otto Nordenskjold, entre otros. 
La Prensa Austral, 7 de mayo de 1981

Alimentando sueños de utopia el quimérico Albert Conrad murió loco, pobre y solitario. Se encontró un día su cadáver, tendido sobre el piso de la cabaña que habitaba en el valle del Río de las Vueltas. Junto a su tesoro, consistente en pedazos de cuarzo, que el insano recogía en sus largas exploraciones, se hallaron las más extrañas piedras sin valor. Ahora el sitio se denomina "Valle del Milodón" y, junto al Río de las Vueltas, en territorio argentino, cerca de la vieja y derruída cabaña, se levanta la alta reja de madera de una sepultura, con una cruz y una inscripción que dice: "Alberto Conrad (Q.E.P.D.), fallecido en febrero de 1931". No se sabe el día que murió, porque al hallar el cadáver, ya estaba descompuesto.
En el año 1894, poco después de arribar a estas latitudes, en busca de campos para iniciar la ganadería en la región, el capitán de la Marina Mercante alemana Hermann Heberhard, descubrió en la ladera del cerro Benítez, a 17 kilómetros al N.N.W. de Puerto Natales, una curiosa caverna, que poco tiempo después también llevó su nombre.
El año 1895, atraídos por el interés que Última Esperanza despertaba en Magallanes, llegaron a la región en viaje de estudios, el geólogo sueco Otto Nordenksjold, el sabio inglés Dusen y el zoólogo Ohlin.
Un marinero alemán llamado Alberto Conrad, que trabajaba con el capitán Eberhard, sirvió a los cientistas como guía, para explorar la zona, en busca de motivos de estudio, como ser ejemplares de flora y fauna y gea, sobre todo piezas de orígen volcánico. Entonces Conrad los llevó a la extraña caverna, decsubierta hacía poco tiempo por Eberhard y un guardiamarina inglés y les mostró semienterrados, los restos fósiles del milodón, despejados por Conrad. El animal prehistórico sería después de estudios, un desdentado del género glossotherium, llamado milodón, idénticos a los que Darwin descubrió en su época al sur de Bahía Blanca.
Expediciones científicas posteriores, como la de Hauthal, Roth, Lehmann y Nietche, encontraron todavía restos de ese animal prehístorico lo mismo que Emperaire muchos años después. Hallaron además esqueleto de un tigre desaparecido, félix listai, el terrible "tigre dientes de sable" que atacaba a los milodones. Todos estos huesos fueron llevados al Museo de la Plata y en mayor proporción al Museo de Londres donde aún estarían encajonados, según averiguaciones hechas en los últimos años por altos funcionarios de Magallanes.
La caverna del Milodón cobró gran importancia, en especial de parte de viajeros, de periodistas y de hombres de estudio. La caverna vecina, la cueva chica, en la que correteé en la infancia, es más impresionante, porque es estrecha, oscura, penetra en el cerro como un túnel, desciende y no se le conoce fin. Sobre ella se han hecho detalladas descripciones en libros, revistas y diarios nacionales y extranjeros.
Los curiosos que han logrado llegar hasta ella han querido siempre llevar un recuerdo y es así como a martillazos han destruído las estalactitas y estalacmitas de esta caverna y de la otra, para llevárselas como trofeos. De esta manera el gran atractivo de las cuevas, sobre todo de la chica, se va perdiendo y si no se toma una determinación enérgica, se terminará con la obra de cientos de años de la naturaleza.
La gente tenía una idea errónea de lo que fue el Milodón, pues creía que se trataba de un animal de proporciones gigantescas. Era grande sí, pero no tanto. Las dimensiones reales las da la estatua confeccionada en los últimos años por el escultor natalino Harald Krusseel, la que después de ser exhibida en el Museo de la Patagonia, fue trasladada definitivamente a la entrada de la gran cueva. Allí está, erguida, natural, idéntica, tal como lo vieron los hombres primitivos hace 10 mil años, con sus garras enormes, con que cogía las hojas de los árboles.
Lo que falta, para darle más vida y animación al paísaje, es una escultura del hombre primitivo, junto a la fogata, frente al Milodón, como fue realmente la vida en Ültima Esperanza en esos tiempos.

Recopilación. Jorge Díaz Bustamante

martes, 19 de octubre de 2004

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Magallanes Histórico

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La más extensa con su millón trescientos ochenta mil treinta y tres kilómetros cuadrados de superficie, incluído en continente antártico, la mayor región de Chile, Magallanes es el escenario de este abreviado panorama histórico, conciso, escrito por Osvaldo Wegmann Hansen, cuya tercera edición se publicó en mayo de este año.
El libro describe un escenario natural barroco, fabuloso casi: archipiélagos, canales, fiordos, acantilados, bosques, pantanos, caletas, ventisqueros, mares bravíos; costas desoladas por donde trajinaron en los tiempos antiguos onas y alacalufes, y desde el siglo XVI en adelante, prodigiosos descubridores, navegantes intrépidos sin miedo a la muerte y el olvido, y pacientes inquisitivos hombres de ciencia.
Wegmann, celebrado escritor y periodista nuestro, esboza la increíble epopeya en una crónica apretada, incitante, que revela una pluma experimentada y un apego amorosos a la tierra natal.
Para quienes solemos husmear, pertinaces, en las raíces de esta epopeya estremecedora nos alegra comprobar que el conocimiento real de Chile comenzó por el Sur, y que "el primer soldado con derecho a tierras en lo que después fuera el Reino de Chile, se llamó Simón de Alcazaba y estuvo en el Estrecho en 1535". Sin embargo, sabemos que quince años antes, el portugues Hernando de Magallanes entrando por la boca oriental del Estrecho protagonizó el primer hecho histórico relativo a Chile, si atribuímos a un inconmesurable tiempo prehistórico las peripecias de aquellos pueblos aborígenes venidos del norte.
La presencia política, administrativa, económica, social y cultural de la República de Chile en el Estrecho se estableció y consolidó con la fundación de Fuerte Bulnes, en septiembre de 1843. Sabemos que el hecho ocurrió en la hora precisa. Fue significativo que entre los tripulantes de la goleta Ancud figurase "como supernumerario el marino, militar y naturalista alemán Bernardo Philippi". La asistencia de un intelectual y científico en cualquier empresa es siempre un hecho alentador.
Fueron plantadas las estacas del Fuerte Bulnes en la Punta de Santa Ana, cerca del sitio donde el capitán general Pedro Sarmiento de Gamboa, que en algún momento de su azarosa existencia hizo pacto con el diablo, había fundado la ciudad Rey Don Felipe, aquella cuyas ruinas y despojos bautizó el pirata inglés Cavendish con el nombre infamante de Puerto del Hambre. En los comienzos de 1849, el gobernador José de los Santos Mardones fundó Punta Arenas a orillas del río del Carbón. "La ciudad - recuerda Wegmann - tuvo en un principio una sola calle denominada María Isabel, que hoy día se llama Magallanes".
Espero que jamás le cambien su nombre actual. Irrumpe en mi curiosidad literaria de saber por qué llamaron originariamente con nombre de mujer, a esa calle que trae a mi memoria tanta evocación maravillosa. ¿Es homenaje a qué dama?.
Enseguida, el autor de "Magallanes Histórico" resume los hechos acaecidos en la región hasta el descubrimiento del petróleo y el desarrollo progresivo de las comunicaciones aéreas, vínculo definitivo de la zona con el resto de Chile, que dado una fisonomía peculiar a la geografía humana del austro y, al mismo tiempo, la identificación total con el destino del pueblo chileno.
La tercera edición del libro que comentamos acompaña los hechos más sobresalientes con esplédidas ilustraciones. Una de éstas sobrecogió mi ánimo: aquel retarto de Lola Kiepjan, la última india ona de la Tierra del Fuego. El rostro de esa mujer testimonial, su pelo entreverado de canas, la luminosa mirada escéptica e indagadora, la boca escondida precavidamente detrás de la mano, componen un poema vivo, melancólico y retador, del pueblo que ha renacido, épico, en las novelas justamente de Osvaldo Wegmann.

Ref: "Magallanes Histórico". Osvaldo Wegmann H. Gráfica Hersaprint. Punta Arenas, 1983.

Mario Garay Pereira.

sábado, 14 de agosto de 2004

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Una raza se extingue en los Canales del Sur

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CUANDO los vapores de las líneas de navegación de Magallanes al Norte viajan por los canales Sarmiento, Inocentes, Wide y Messier, hasta salir al Golfo de Penas, frente a las islas de Guayaneco, entre el paralelo 48 y el 53 de latitud Sur, se encuentran a menudo con los últimos representantes de las tribus de alacalufes. Son indios que vagan en canoas, pequeños de estatura, tienen ojos oblícuos y facciones mongólicas, pómulos salientes y dientes fuertes y marfileños. Es difícil encontrar ancianos entre ellos, porque no llegan a una edad avanzada.
Cuando Juan de Ladrillero, el célebre piloto español, fue a tomar posesión del Estrecho de Magallanes en nombre del Rey de España (1557), se encontró con estos indios, y en los relatos de su viaje hizo escuetas descripciones de los aborígenes. En un estudio etnográfico que realizó, los clasificó en cuatro tipos: alikhoolip, pecheray, huemul y chonos. Convivió con ellos y estudió a fondo sus costumbres y dialecto.
El orígen etnológico del nombre no se ha esclarecido con exactitud. Fitz Roy, el célebre navegante inglés que realizó estudios hidrográficos en los canales del sur chileno (1826-36), los llamó alikhoolip, que proviene de una palabra pronunciada a menudo por ellos y que sería la invocación de una divinidad. Sin embargo, sabemos que estos indios no tendrían ideas religiosas y damos más crédito a la otra suposición, que dice que la etimología proviene del dialecto alacalufe: aliculip, que significa "indios en canoa".
Los alikhoolip y huemul están totalmente extinguidos. Sólo quedan algunos individuos de los pecheray y chonos, a los que se denomina alacalufes. Según estudios realizados por el explorador De Agostini, tienen éstos los mismos caracteres étnicos y el mismo dialecto con breves diferencias.
Los indios alacalufes han dado motivo de preocupación a muchos etnógrafos, por cuanto les es imposible aseverar de donde proviene esta raza. Sus facciones mongólicas hace suponer esta ascendencia, pero no se explica cómo hayan llegado a esta parte austral del continente. Además, son atrasadísimos y al contrario de otras tribus indias, no tienen idea religiosa alguna.
Una gran intuición los guía por los canales y las islas que conocen profundamente. Sus observaciones meteorológicas son casi siempre exactas, y adivinan con mucha anticipación el tiempo. Son hábiles marinos traficando en sus débiles canoas primitivas por la peligrosa región de los canales. Para contar se valen de escasos números. Pero tienen idea de orientación. Tal es así que designan los vientos con los nombres de los cuatro puntos cardinales, o sea: acúlator, viento Norte; aculahia, viento Sur; sectíser, viento Este, y acatícser viento Oeste.
Los alacalufes se alimentan con choros, carne de ballenas que llegan a morir a las playas y pájaros que cazan con gran habilidad. Como no disponen de medios es difícil que pesquen. Las últimas tribus viven en contacto con los civilizados. Los cazadores de nutrias le dan armas y municiones como así mismo víveres, a cambio de las pieles, lo que da motivo a una inícua explotación.
Los tripulantes de los vapores, a menudo les dan ropa y provisiones. Por eso, los barcos siempre los sorprenden en las rutas de los canales, donde ellos los esperan. La vista del buque es saludada a gritos: ¡imássi!, como ellos llaman al vapor.
Los últimos descendientes de las tribus alacalufes se extinguen entre el laberinto de los canales australes.
Nosotros los hemos visto abordo, miserables en sus canoas; las mujeres harapientas con sus hijos desnudos. Sin embargo, ríen las indias mientras los críos lloran. Es el llanto de una raza que se va extinguiendo entre los bosques y las islas autrales. Porque hace tres siglos los alacalufes eran siete mil y hoy son apenas 130 seres infelices que en el laberinto inextricable siguen viviendo su existencia nómade, aventurera y primitiva

Osvaldo Wegmann

viernes, 13 de agosto de 2004

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Osvaldo Wegmann: Barcos hundidos

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Vapor Cordillera. 

Tengo un amigo hombre rana, con quien suelo conversar sobre las maravillas del mundo submarino. El me cuenta sus experiencias con el maestro Francisco Ayarza, quien le está enseñando a un grupo de jóvenes los secretos de esta apasionante práctica, que tiene sus bemoles. El nadador que se lance a las profundidades, sin los conocimientos precisos, corre evidentes riesgos. Pero quien haya asimilado las lecciones y haya pasado las difíciles pruebas, puede descender a grandes profundidades, con las debidas precauciones, y recorrer los enormes espacios submarinos, en busca de la emoción de lo desconocido. A veces siento deseos de imitarlos, pero mi edad y el estado de mi salud me han hecho prudente. Prefiero conformarme con bucear bajo las aguas tibias de la piscina del Club "Almirante Señoret".
Mi amigo hombre-rana me sorprendió en días pasados con una noticia y con un obsequio. Me contó que acompañó a Francisco Ayarza y sus boys a una excursión a San Isidro, a buscar los restos naúfragos del vapor "Cordillera", varado en unas restingas el 20 de septiembre de 1884, o sea hace 98 años. Lo curioso es que dieron pronto con los restos de la nave, que se había desplazado algo al sur, hacia bahía Aguila y pudieron revisar el casco, seriamente afectado por la acción del tiempo. Mi amigo extrajo una extraña botella, que encontró tendida en la arena del fondo. La parte inferior estaba intacta y la superior cubierta por una materia dura, blanquizca, como la de una concha de cholga. La botella ocupa ahora un sitio en mi biblioteca, junto a otras curiosidades, traídas desde mares distintos y lejanos, ya sea del Antártico, de Ceylán, del Caribe, de Del Norte.
Francisco Vidal Gormaz en su libro sobre "Naufragios en las costas de Chile", habla del "Cordillera" y dice:
"Vapor de la Compañía Inglesa de Navegación por Vapor por el Pacífico (P.S.N.C.) procedente de Liverpool y destino a Valparaíso con pasajeros y un cargamento surtido, su capitán Mr. F.L. Gruchy. Este buque hizo su viaje sin novedad hasta Punta Arenas de Magallanes, de donde salió a las 7 h. 30 m. Del día 20 de septiembre de 1884, para encallar cuatro horas más tarde en la restinga que destaca el cabo San Isidro.
El "Cordillera" varó de firme para no flotar más: pero salvaron los pasajeros y tripulantes y asimismo la carga. De los pasajeros, unos se dirigieron a Valparaíso en el vapor alemán "Uarda" y el resto a Punta Arenas por el "Neko" de la Compañía Kosmos.
"La causa del siniestro tuvo por origen un rumbo muy cerrado, dado al "Cordillera", y tal vez la acción de la corriente y un exceso de confianza del capitán Gruchy.
"No nos ha sido posible consultar el juicio sobre las causas emitidas por la Corte Naval Inglesa, con motivo de este naufragio".
Don Francisco Vidal Gormaz tuvo la paciencia y constancia necesarias para reunir en un volumen de 899 páginas, la descripción de todos los naufragios ocurridos en las costas de Chile desde 1520 hasta 1900. Comienza con la pérdida de la nao "Santiago", de la expedición de Hrenando de Magallanes, hundida frente al río Santa Cruz, hoy día Argentina, basado posiblemente en que en la época colonial toda la Patagonia dependía del gobierno de Chile. Esta situación quedó aclarada en 1881, con un tratado de límites, cuyo texto es bueno que se conozca bien a ambos lados de la frontera.
El segundo buque, que naufragó en mar chileno actual, fue el "Sancti Spiritus", de la expedició de García Jofré de Loaiza, en 1526, al mando de Juan Sebastián Elcano. Se ahogaron nueve hombres, salvándose el resto de la tripulación, que fue rescatada por las naves que la acompañaban.
Pero esta es una historia muy larga

La Prensa Austral, 3 de febrero de 1983

lunes, 9 de agosto de 2004

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Un natalino aventurero

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Turistas llegados de Última Esperanza me contaron que en una acogedora posada de la capital del turismo, hay un gringo rubicundo, alegre y simpático, que ya bordea los sesenta años, de quién se estarían tejiendo las más maravillosas historias. Dicen que fue campesino, campeón de box, que peleó en la Segunda Guerra Mundial y que al regreso fue cadete de estancia en la Región. Pero si lo conozco. Es Teddy Scott, de quien fui amigo desde que tenía pantalones cortos, lo alenté cuando subía al ring y entrevisté cuando volvió de la guerra. Esa vez escribí en "Noticias Gráficas de Magallanes" (15-IV-48):
"Alegre, entusiasta y sonriente, como lo conocimos siempre, en días pasados se nos plantó al frente un muchacho rubio de 24 años, alto y atlético".- Vengo del Oriente -nos dijo- recorrí toda la costa del Mediterráneo, por Egipto y Palestina; fui a Siria, Persia Irak y Libia. Anduve en tanque y en camello. Comí dátiles en los oasis del desierto y me bañé en las aguas del Mar Muerto; estuve junto al sepulcro donde resucitó Jesucristo en Jerusalén y fumé el "chibuquí" con mis amigos de Beirut. Traigo cinco medallas que me otorgó el Ejército Británico, después de cuatro años que presté servicios en sus filas. Como ustedes saben, estuve en la guerra...
"El cronista no puede contener su alegría ante la inesperada llegada de Eduardo Scott Whitlock, aquel muchacho natalino que en 1944 abandonó sus lares para ir a combatir al lado de los británicos, defendiendo la patria de sus padres.
"Recordamos que una mañana nos comunicó su determinación, y nos dijo que se iba porque lo llamaba la aventura. Nos agregó que en toda circunstancia, estuviera donde estuviese, dejaría bien puesto el nombre de Puerto Natales, su pueblo. Y cumplió.
"Sentados en la redacción, mientras por nuestras manos pasan las fotografías que trae de sus largos viajes "por tierras del profeta", Eduardo Scott nos cuenta el diario de su vida.
"Nació en Puerto Natales en 1923. Tenía apenas 20 años cuando sintió que la estancia Cerro Castillo, donde era campañista y amansador le andaba chica. Ya tenía fama en Magallanes como bueno para los puñetes. Su apodo de "gringuito" se había hecho famoso en el ambiente boxeril de la región. Había derrotado a campeones y se le consideraba una promesa del box nacional.
"Pero un día sintió la invitación de otras lejanías y se fue de Natales. Sus amigos le ofrecieron el trago de la despedida y le desearon buena suerte. Tomó el microbús para Punta Arenas, aquí el vapor para Buenos Aires y luego se dirigió a Inglaterra en el "Brisbane Star". En aquella época los submarinos alemanes hacían estragos en el Atlántico. Les sacaron el quite por el ancho mar y llegaron a Liverpool. De alí lo mandaron a Londres, finalmente a Escocia, donde lo sometieron durante seis semanas a la instrucción militar. Después lo embarcaron con rumbo a Egipto.
"Nos confiesa Scott que se sentía triste, solo y abandonado. No tenía amigos y añoraba las costumbres de su tierra. De los campos helados de Cerro Castillo, tenía que ir a orillas del Nilo, por las tierras de las pirámides. Pero felizmente se acostumbró rápido. El calor no le afectó ni en Egipto ni en Irak, donde lo mandaron cuatro meses después.
"Rápido conquistó las simpatías de sus jefes en Irak, y lo colocaron en el Servicio de Informaciones. Allí le tocaba atender a los soldados ingleses, que llegaban a hacer numerosas consultas.
"Un día entró un "gringo" sonriente, que tenía un aire distinto a los demás. Llevaba en el brazo unas iniciales bordadas, que Scott ya conocía. De pronto se le escapó una palbra en chileno. Fue el primer paisano que encontró Scott en esas tierras lejanas, y ambos se abrazaron emocionados. No lo ha visto más en la vida, pero conserva su nombre y dirección todavía.
"Después de eso vio a muchos chilenos más, en todas partes donde anduvo. En Inglaterra encontró a varios. Eran jóvenes que, como él, habían llegado a enrolarse.
"La historia de Scott daría tema para una novela. Cuando terminó la guerra estaba en Egipto y tuvo que esperar dos años para ser desmovilizado. Entonces lo mandaron a Palestina, a formar parte de las tropas de ocupación. Estuvo en Jerusalén, Belén, Haifa, Tel Aviv y otros lados. Conoció Bagdad, Shaifa, Marquil y Ashar; luego recorrió Karrmensar, en Persia; Beirut y Damasco, en Siria; Ismaeilia y Alejandría, en Egipto y Tobruck en Libia. De todos esos lugares guarda hermosos recuerdos en un voluminoso album de fotografías.

Osvaldo Wegmann
La Prensa Austral, 20 de enero de 1983.

domingo, 8 de agosto de 2004

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Poemas de Muñoz Lagos

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Por Osvaldo Wegmann

Se dice con mucha propiedad que Chile es un país de poetas; que posee los más notables vates del continente, y exhibimos con orgullo dos Premios Nobel de Literatura, Gabriela Mistral y Pablo Neruda, que han obtenido el codiciado galardón, honrando así a Chile, después de largos años cultivando con gran acierto el difícil género de la poesía, su poesía, que ha trascendido mucho más allá de las fronteras de la Patria y es conocida en diversos continentes.

Magallanes no está ausente de esta inquietud, del cultivo de esta manifestación de un arte hermoso y difícil, que ha producido también valores, algunos de los cuales son conocidos en el resto del país y hasta en el extranjero. Tal es el caso de Marino Muñoz Lagos, incluido en varias antologías y en revistas chilenas y vencedor en concursos nacionales e internacionales, como el de Mendoza, Argentina, celebrado hace algunos años.

Marino Muñoz Lagos no sólo se preocupa de su arte, sino que se ha interesado por la labor de los demas poetas de la región, tomando a su cargo la responsabilidad de seleccionar la producción de treinta poetas que figurarán en la "Antología Poética de Magallanes", que se publicará este año con el auspicio de la Sociedad de Escritores de Chile - Filial Magallanes y con el aporte económico de la I. Municipalidad, gracias a la comprensión e interés del Alcalde Jorge Vega Germaín.
Marino Muñoz Lagos es maestro de escuela, prematuramente jubilado que dedica sus horas libres a la lectura y al cultivo de las letras. Escribe siempre y selecciona, con severo espíritu autocrítico. Y esto lo hace desde hace mucho antes de que lo conociéramos hace poco más de medio siglo y se crió en el norte, en su pueblo natal que recuerda en sus poemas, donde habla de los volantines de la infancia, de los trompos, de la lluvia y de los trenes. Estudió pedagogía en Victoria y se tituló de maestro. Ejerció algunos años en Antofagasta, que siempre recuerda en sus escritos y se vino a Punta Arenas cuando frisaba poco más de veinte años, destinado a la Escuela Fiscal Nº 1. Era un muchacho delgado, de enrulada cabellera rebelde, que usaba una gabardina clara. Era alegre y animoso, extrovertido, sobre todo para exteriorizar su entusiasmo. Muy pronto se hizo de amigos, de muy buenos amigos, que aún conserva y fue acogido en los diarios, donde publicó sus poesías y colaboraciones en prosa, una prosa poética sin rebuscamientos, que tiene armonía y musicalidad. De aquella época es también el soneto "Mi chomba marinera", que celebramos tanto y que no aparece en ninguna de sus obras.
El poeta publicó cinco libros: "Un hombre asoma por el rocío", en 1940; "El solar inefable", en 1953; "Dos cantos", 1955; "Los rostros de la lluvia", 1970 (Premio Municipal de Poesía en Santiago), y ahora este "Entre adioses y nostalgias", que acaba de editar en los talleres de Hersaprint. De su producción recordamos con agrado sus poemas "Canto de amor desde un banco de escuela" y "Retrato vivo de mi padre muerto", que nos impresionaron hondamente.
"Entre adioses y nostalgias" está dividido en dos partes: "Rosa de Lagos" y "Trenes hacia el olvido". La primera está dedicada a recordar a su madre, nunca olvidada, a quien visitaba todos los años en Talcahuano: "La primavera comenzaba"/ cuando la muerte floreció/ en tu rostro - dice - Te ibas como fuiste/ madre pequeña y tenue/ abierta como una ventana/ desde donde se divisa/ el caer de la lluvia".
En otro de los poemas de este libro, el poeta expresa:
"Y te fuimos naciendo los hijos/ de pueblo a pueblo/ rostros que tú acogías/ con la ternura triste de la lluvia del sur/ entre relámpagos y ríos caudalosos/ y castillos de madera/ que aromaban con su aliento/ las estaciones ferroviarias".
Otros títulos son: "La gran ciudad", "De asombros y ternuras", "Casa de madera", "Lo que nunca vuelve", "Nuestras manos" y "Adiós oceánico".
En "trenes hacia el olvido" (libro segundo), le canta a la estación ferroviaria abandonada: "Ayer no más fue el centro/ de la pequeña aldea, el caudal/ de noticias y canciones/ de rostros y canastos/ de adioses y hasta siempres/. "Hoy llora sus tristezas/ junto e un tren que es como un barco/ naufragando en la niebla".
Entre otros poemas destacamos "Compañero de banco", "El tren de las ocho"; "Otra vez el pan", "Volantín del ayer", "La muerte sobre el trébol", "Plaza de armas"; "La muerta más hermosa". Termina con "La mujer amada", donde escribe: "Soñamos el mañana/ de cantos en semilla/ Y tiernos floreceres/ igual que ayer/ cuando fuimos hermanos/ del pan y la alborada/ de la luz y los anchos caminos/ que recorren los ojos/ del hijo/ y la mujer amada".
En las solapas del libro se reproducen los más elogiosos juicios de escritores y críticos, sobre la labor poética de Marino Muñoz Lagos. Opinan Mario Bahamonde, Francisco Santana, Gonzalo Drago, Andrés Sabella, Nicomedes Guzmán y Carlos René Correa.
Bella edición de más de 80 páginas, cuidadosamente impresa, está ilustrada con hermosísimos y significativos dibujos de ese gran artista y amigo de los escritores que es Pedro Olmos.
Celebramos la aparición de este quinto libro de Marino Muñoz Lagos, el poeta y amigo con quien, durante más de treinta años de amistad, hemos hablado tantas veces de literatura, en torno a una mesa cordial y frente a un vaso de vino. Con nosotros han estado también escritores de la importancia de Nicomedes Guzmán, su entrañable amigo, de Rubén Azócar, de Pablo de Rokha, y una vez también Pablo Neruda, que nos concedió el honor de compartir su mesa y nos entregó su autógrafo, en el viejo Centro "Austral".

La Prensa Austral, 6 de agosto de 1981.


miércoles, 28 de julio de 2004

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Osvaldo Wegmann: Los relatos de Mandradel

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En la "Antología Magallánica", tomo 2, aparece un cuento titulado "El arreo del gringo Johnny" del escritor Manuel Andrade Leiva, que pinta la vida de los ovejeros con los colores más fieles y, junto a las duras faenas de los arrieros, cuenta las penas y las alegrías de estos vagabundos de los caminos, que él tan bien conocía y que describía con mano maestra en sus relatos. Fui amigo de Manuel Andrade Leiva y tuve el privilegio de leer todo lo que él escribió, tanto lo publicado como lo inédito, menos "El infierno de los hombres solos", cuyos originales que me habían ofrecido, se perdieron en Puerto Natales poco después de su muerte.
Leer a Manuel Andrade Leiva es lo mismo que ponerse a escuchar un cuento, contado por un viejo campesino al amor del fuego, en una fría noche magallánica. Es que Manuel Andrade Leiva, como Jack London o James Oliver Curwood, es un autor que vivió la vida que cuenta, que convivió con sus personajes, durante el tiempo en que fue campesino en las estancias de la Patagonia. Antes había sido periodista en el diario "El Magallanes" y había colaborado en la "Revista Austral". En esos tiempos publicó sus primeros cuentos en el decano, no sabemos si antes o después de Coloane. Se nos ocurre que fue primero, debido a que Andrade Leiva era algunos años mayor que el autor de "Cabo de Hornos".
El año 1936 cayó en nuestras manos el primer libro de Manuel Andrade, editado en Punta Arenas, en los talleres de la Imprenta Yugoslava. El mismo decía en un "artículo a manera de entrada", que eran narraciones que posiblemente no llegaban al cuento, pero que eran la vida en pedazos, ajena y mía - según sus palabras - que he ido tirando a manos llenas, cual millonario a lo largo del enmarañado y abrupto camino. En este libro se incluyen quince relatos o cuentos, destacando entre ellos "Los tres puntos", que da el título al libro; "El hombre que peina diariamente a su muerta", "La venganza de Truco", "Y se entregaba llorando", "El impostor", "Eso no es miedo, es susto", "Murió en su propio ataúd" y "La flor de hielo". El libro fue prologado por el periodista José Kramarenko, con una hermosa portada de José María Robledano.
Al año siguiente, después de un viaje al Norte, con una prolongada permanencia en la Isla Grande, donde había nacido publicó un librito titulado "Chiloé visto a vuelo de pájaro por uno de sus hijos". Fue editado en la Imprenta "La Nacional" de nuestra ciudad, firmado con el seudónimo Mandradel, compuesto por las iniciales del nombre y apellido materno, con el paterno al medio. Como Mandradel firmaría más tarde muchas crónicas en la Revista "Ercilla", de la que fue corresponsal; en "Noticias Grádicas de Magallanes" y en "Actualidad Magallánica". En este opúsculo escrito a manera de diario de viaje, relata sus impresiones de un recorrido en barco, describiendo su reencuentro con la tierra nativa; los problemas de la isla, destacando el de los caminos, para el desarrollo de la agricultura; se refiere a la mitología chilota, destacando al Caleuche. Y tiene palabras de estímulo para señalar la labor constructiva de algunas autoridades de la época.
Mandradel no se quedó ahí. Siguió escribiendo y publicando. A comienzos de 1939, en un viaje por la Patagonia argentina, encontramos en una librería de Comodoro Rivadavia, el tomo de cuentos "Pa...thagón", de Manuel Andrade Leiva, publicado nada menos que por la editorial Tor de buenos Aires, con prólogo del prestigioso escritor chileno Juan Marín, el autor de "Paralelo 53 Sur". El libro contiene doce narraciones y cuentos entre los cuales destacan "Pa..thagón", "Flor sensitiva", "Para chilenizar a Magallanes", "El don Juan de las pampas", "El cortejo fúnebre de una sola persona", "Preferencia", "El misterio de los tres cerros", "Cuando caen los zeppelines" y "El hombre que se reprochaba a si mismo".
Mandradel nació en Castro en 1906. Estudió en el Liceo de Puerto Montt y comenzó a escribir muy joven, cuando llegó a Magallanes. Aquí colaboró en diarios y revistas, publicó varios libros y dejó inédito un libro de cuentos y una novela. Obtuvo premios en el género del cuento en diversos concursos literarios. Murió en Puerto Natales hace alrededor de diez años.
Conocimos a Mandradel en Natales en 1940. El autor trabajaba como carpintero en la "Estancia Sofía", cercana a la frontera, y solía llegar al vecino puerto, donde tenía una hermana casada y un gran amigo periodista, que era el Gobernador de Última Esperanza Salvador Sackel. Solíamos reunirnos a menudo para hablar de literatura, frente a una mesa cordial. Mandradel era un hombre amistoso, muy parco, modesto hasta la exageración. Un día nos entregó un cuento, para que le diéramos nuestra opinión. Resultó ser este "El arreo del gringo Johnny", que conservamos tantos años y que la Sociedad de Escritores de Chile, filial Magallanes, seleccionó para la Antología del Cuento Magallánico, que acaba de aparecer. Es un justo reconocimiento a la capacidad de este escritor, que está entre los primeros cuentistas de Magallanes, como Francisco Coloane, Juan Marín, Enrique Campos menéndez, Rosa de Amarante y José grimaldi.


La Prensa Austral, 3 de diciembre de 1981

sábado, 24 de julio de 2004

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Junius Bird en la Patagonia

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Junius Bird, año 1927, a bordo, en uno de sus viajes al Ártico.

El miércoles 7 de abril dejó de existir en la ciudad de Nueva York, a la avanzada edad de 83 años, el arqueólogo Junius Bird, ex Curador del Museo Nacional de Historia Natural, el más importante de América. Fue en vida uno de los más destacados investigadores del origen del hombre americano, superando a Paul Rivet en el hecho de que todas sus investigaciones se realizaron en el terreno mismo, desde el estrecho de Behring hasta el archipiélago de Wollaston. Convencido de la teoría de Hrdlika, de que el hombre pasó del Asia a este continente y de que tras larguísimo peregrinaje llegó finalmente a las tierras australes, vino varias veces a la Patagonia, a contar del año 1932.
Tuvimos el privilegio de conocer a Junius Bird y a su digna esposa, compañera de sus innumerables viajes y de cultivar su amistad, en el hogar de los esposos Fell Mac Kay y en el campamento de Brazo Norte, a orillas del río Chico.
Una tarde estival de 1970, anotamos nuestras impresiones:
-Junius Bird observa el perfil de la caverna de Fell, donde sus ojos expertos advierten la historia de los poblamientos humanos de la Patagonia austral, como si estuviese leyendo un libro. Luego señala hacia el suelo, donde en un pequeño montículo se advierte una mancha negra, que parece de carbón molido y dice, como quien habla de ayer:
-Estos son los restos de una fogata de los más antiguos pobladores de la cueva. El carbono 14 dio 11 mil años de antigüedad. Esta capa corresponde al suelo primitivo. Así estaba en un comienzo, cuando el hombre llegó a este valle, nueve mil años antes de Jesucristo.
Es maravilloso. La arqueología prehistórica, que apasionaba a Bird, ciencia en la cual era doctorado, permite conocer acontecimientos muy pretéritos, anteriores a la invención de la escritura, hechos que no se habrían sabido nunca si no fuese por las excavaciones y esa ciencia, que cada día se cultiva con nuevos métodos. El carbono 14 permite establecer con bastante exactitud la antigüedad, que en la caverna Fell corresponde a una época semejante a la del Milodón.
Cuando Junius Bird estuvo en Magallanes en 1934 tenía 35 años menos y le sobraban energías para recorrer la región austral, desde Chiloé hasta el Canal Beagle en un bote abierto, y luego la pampa en un Ford T., explorando las zonas donde reinaron los Tehuelches. Excavó en la caverna Fell y encontró restos del perezoso llamado comunmente milodonte; huesos de un caballo salvaje primitivo, desaparecido hace muchos años, y otras manifestaciones de vida animal que ya no existen.
Determinó en la caverna, a través de la estratigrafía del terreno, los rastros de cinco poblamientos bien determinados. Por las puntas de proyectiles encontradas en cada una de ellos, fue posible suponer el género de vida que llevaban estos hombres, generalmente cazadores, pero a veces recolectores. En cada época varían las formas y tamaños de los proyectiles. Los más antiguos más grandes. Los más modernos pequeñísimos, que demostraban el uso exclusivo de la flecha. Hubo una época en que sólo se empleaba material de hueso, y tiempos en que el hueso y la piedra se trabajaban a la par.
El trabajo del arqueólogo no es simple y tiene otras sorpresas, que entrega después el laboratorio. Dentro de las muestras tomadas del terreno, se obtienen los pólenes fósiles, que permiten saber a ciencia cierta la clase de vegetación que había en el lugar en determinada época, hecho que tiene relación con el clima. Si bien estos pólenes no se hallan en los interiores de la caverna(que pueden transportarlo el viento), es fácil hallarlos en las entradas y en los alrededores.
Junius Bird y su equipo trabajaron en rebajar una parte vertical de la caverna, para sacar muestras de las cinco capas, especialmente de restos de antiguas fogatas, que constituyen el material más apreciado y más útil para los análisis del C 14, con el fin de determinar a qué edad correspondió cada poblamiento. Y se llevaron muestras de cada capa, para saber exactamente a qué tiempo correspondió cada uno de los poblamientos del hombre en la Patagonia.
El arqueólogo Junius Bird, ex Curador del Museo de Historia Natural de Nueva York, era alto y fuerte, rubicundo, de abundante cabellera poblada de canas. Un par de anteojos de bordes metálicos, cubrían sus ojos azules. En su rostro había siempre una sonrisa amable. En el campo vestía un overall, bastante entierrado, llevaba gorra de paño con la visera hacia un lado. Con la espátula en la mano, daba la apariencia de ser uno de los viejos albañiles yugoslavos que vivieron en Punta Arenas en vez de un sabio doctor en arqueología.
Tras su modesta apariencia, cuánto sabía este notable científico, que caminó más de cincuenta años, tras la ruta de los hombres sin historia. Estuvo cuatro o cinco veces en la Patagonia y la Tierra del Fuego. Seis veces en el Polo Norte. Excavó en El Labrador, tras los rastros de los antiguos vikingos, que llegaron a América cinco siglos antes que Cristóbal Colón. Fue navegante en los canales del Sur, casi solitario, en compañía de su esposa durante largos meses, buscando la Caverna Infernal del Golfo de Penas, las huellas de los antiguos chonos, los conchales de los alacalufes y, finalmente, el contacto con los últimos yaganes de las islas al Sur del canal Beagle.
Ahora está muerto. La gratitud magallánica habrá de recordarlo algún día, en un merecido homenaje.

Osvaldo wegmann
La Prensa Austral, 29 de abril de 1982.






martes, 20 de julio de 2004

3

Osvaldo Wegmann: Naufragios en alta mar

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Transporte Angamos
Cuando el vapor "Gulf of Aden" zarpó de Punta Arenas con destino al Pacífico, el 8 de marzo de 1890, con 80 personas a bordo, entre tripulantes y pasajeros, llevando cargamentos de rieles, los magallánicos que lo despidieron alegremente no soñaban que al barco le quedaban apenas tres o cuatro días de vida a flote. El 11 de marzo comenzó a hacer tanta agua, que hubo que abandonarlo, bajo un recio temporal del N.W., mientras atravesaba el paralelo del cabo Tres Montes, a 120 millas distante de tierra. Se fue a pique en la madrugada del día 12, con averías en la proa, causadas seguramente por los golpes de la carga, que se desplazaba de una banda a otra, mientras el buque rolaba.
Cuarenta y ocho pasajeros y tripulantes se embarcaron en tres botes salvavidas y el capitán y el tercer oficial se refugiaron en una chalupa con trece personas más, que llegaron finalmente a Chiloé, logrando llegar con vida sólo diez, el día 24 de marzo, para sobrevivir finalmente ocho.
De los demás botes y sus ocupantes no se tuvo noticias, por lo menos en los primeros años. Todo empezó bajo mala estrella. Como se embarcaron en medio de un temporal, 17 personas murieron al abordar los botes, barridos por las olas. El capitán J. Munrow, fiel a la tradición, fue el último en abandonar el barco, quedando en cubierta hasta que zarparon los botes. Luego se arrojó al agua y alcanzó a nado la embarcación Nº 5. Este fue el bote que llegó a Quellón al cabo de 12 días de navegación, cubriendo una distancia que el náufrago Federico Weston calculó en 550 millas, en gran parte a vela, con vientos favorables del W.S.W.
El bote llegaba al mando del tercer piloto Alfred Sergent. En el viaje habían muerto el capitán, el mayordomo de ingenieros, el mozo de cámara, un marinero y un inmigrante. Otros dos murieron en Chiloé, días después del arribo, a causa de los sufrimientos.
Los botes habían zarpado sorpresivamente, escasos víveres, llevando algunos solamente una carta, sin compás, otros nada. A las dos horas del naufragio se separaron a causa de la misma tormenta. El bote Nº 5 puso proa al este, donde sale el sol, y llegó a la costa de la península Tres Montes. Bajaron a tierra, encendieron fuego, calentaron agua, sepultaron al capitán y, luego, a puro ojo pusieron rumbo a Chiloé. Al imponerse del naufragio, las autoridades de Castro enviaron el vapor "Pudeto" y la Armada la cañonera "Magallanes" y el crucero "Angamos", que recorrieron detenidamente el sector, desde el sitio del naufragio hasta las costas de Chiloé y el cabo Tres Montes, sin resultados. Se recomendó a los capitanes de las embarcaciones loberas, dedicadas a cazar en el archipiélago, que pusieran atención por si veían rastros de los náufragos.
El investigador Roberto Christie, residente en Chiloé, comunicó posteriormente a jefes navales que "los señores Callahan y Neat, ambos británicos, le comunicaron que en el verano de 1893, en una pequeña playa situada al N.W., de la isla Campana, costa occidental del archipiélago Duque de York, un poco al sur del paralelo 48 grados de latitud sur, hallaron los escombros de dos botes salvavidas y algunos restos humanos". Uno de los botes llevaba en la amura el número 3. Se aclaraba así el triste destino de dos más de los cuatro botes del "Gulf of Aden". El bote restante se perdió en el mar para siempre.
Los mencionados señores Callahan y Neat se vinieron más tarde a Punta Arenas. Fueron los fundadores de antiguas familias magallánicas, que en la región, sobre todo en Puerto Natales, han dejado hijos, nietos y hasta tataranietos.

Osvaldo Wegmann
La Prensa Austral, 17 de abril de 1982.



jueves, 15 de julio de 2004

1

Osvaldo Wegmann: Los indios Alacalufes

1 comentarios

BREVE ESTUDIO DE SUS COSTUMBRES, IDEAS Y SUPERSTICIONES.-
ASCENDENCIA Y ETIMOLOGIA.- CENSO DE INDIVIDUOS.-OBSERVACIONES
DE JUAN LADRILLERO.- ALGUNAS PALABRAS DE SU DIALECTO.

Los antiguos navegantes que exploraron las regiones de la Patagonia Meridional, entre ellos; Ladrillero, Fitz Roy, Cortés Ojeda y tantos otros, encontraron a su paso por los canales magallánicos, numerosas tribus de nativos, que más tarde se denominaron alacalufes.
Los alacalufes son indígenas que habitan actualmente los canales desde el paralelo 48 hasta el 53 de latitud Sur. Son individuos morenos de tipo mongólico, ojos oblícuos, pómulos salientes, dentadura blanca y fuerte; son pequeños de estatura. El Padre Agostini, conocido explorador salesiano, dice en una de sus obras, que su estatura media es de 1,66 mts. sin embargo, en la actualidad son escasísimos los que alcanzan a medir un metro sesenta.
El aspecto de los alacalufes es de individuos enclenques. Caminan con las piernas encogidas, tal vez por criarse sentados en las canoas, y tienen el vientre saliente y abultado, que es característica casi general en ellos. Sin embargo, se encuentran tipos bien formados, que ya no son indígenas puros. Son híbridos, hijos de cazadores de nutrias, pescadores o marineros.
Cuando los vapores de la línea de navegación de Magallanes al Norte viajan por los canales: Sarmiento, Inocentes, Wide y Messier, hasta salir al Golfo de Penas, por las cercanías de Isla Guayaneco, se encuentran a menudo con los representantes de estas tribus alacalufes. Son escasos ejemplares, que andan en sus canoas hechas de troncos de árboles, o a veces en chalupas que les proporcionan los blancos.

OBSERVACIONES DE JUAN DE LADRILLERO

Cuando Juan de Ladrillero, el célebre piloto y sabio español fue a tomar posesión del Estrecho de Magallanes en nombre del Rey de España (1557) se encontró con estos indios, y en los relatos de sus viajes hizo escuetas descripciones de los aborígenes. En un estudio etnográfico que realizó, los clasificó en cuatro tipos: aliculip, pecheray, huemul y chonos. Convivió con ellos y estudió a fondo sus costumbres y dialectos.
En una de sus descripciones, Ladrillero dice:
"La gente que hay en esta ensenada (Seno Eyre) son indios pescadores de mediano cuerpo y mal proporcionados. No tienen sementeras, manteniéndose de pescados, mariscos y lobos marinos que matan, y otras veces los asan. No tienen ollas ni otras vajillas ni se ha hallado sal entre ellos. Son muy salvajes y sin razón.
"Andan mal vestidos con los cueros de lobo y otros animales, con que se cubren las espaldas y caen hasta las rodillas, y una correa que les atan al pescuezo a manera de liquiras que traen los indios del Cuzco.
"Traen sus vergüenzas de fuera sin niguna cobertura. Son de grandes fuerzas. Traen por armas unos huesos de ballenas a manera de dagas, y unos palos como lanzuelas mal hechas. Andan en canoas de cáscaras de cipreses y de otros árboles. No tienen poblaciones ni casas, sino que hoy aquí, mañana en otra parte, y donde quiera que llegan llevan unas varillas delgadas, las cuales ponen en el suelo, y con corteza de árboles, que en las dichas traen, hacen sus casillas chicas, a manera de ranchos en que se meten y reparan del agua, del hielo y de la nieve".

ETIMOLOGIA

El origen etimológico del nombre de los alacalufes no se ha precisado con exactitud; pero tenemos suposiciones y bastante fundadas. El navegante inglés Roberto Fitz Roy que durante los años 1826-36 realizó estudios hidrográficos en los canales del Sur chileno, los llamó alikoolip como se denominaban ellos mismos; el nombre proviene de una palabra que pronunciaban a menudo, y que sería la invocación de una divinidad. Sin embargo conocimos a los nativos y no hemos advertido que tengan ideas religiosas. Estimamos más verídicasotra suposición sobre el origen de su nombre: aliculip, que significa "indios en canoas".
Fitz Roy los clasificó en cuatro tipos, usando los nombres con que ellos mismos solían distinguirse; o sea: tekeenikas, alikoolip, oens y pecheray. En esta clasificación entran también los indios que habitaban los Senos de Skiring y Otway, cercanos a la península de Brunswick, en el Departamento de Magallanes, y otros aún que vivían más al Sur.
Más aceptación ha tenido, al parecer, la clasificación de Ladrillero, que se refiere a los verdaderos alacalufes, o sea a los que habitaron los canales y las islas de Última Esperanza al Norte, hasta el Golfo de Penas y Aysen. De estos cuatro tipos, aliculip, pecheray, huemul y chonos, que ya hemos mencionado se extinguieron totalmente los aliculip y los huemul; sólo quedan los pecheray y chonos, a quienes se denomina generalmente alacalufes. Según observaciones del explorador salesiano Alberto M. De Agostini, tienen éstos los mismos caracteres étnicos y el mismo dialecto, con breves diferencias.
Convenimos en las apreciaciones del mencionado explorador, por cuanto hemos observado que en tribus, familias o grupos distintos, se habla el mismo dialecto con algunas diferencias, lo que se observará más adelante, al conocer algunas voces del raro lenguaje de estos indios.

ASCENDENCIA

Los alacalufes han dado motivo de preocupación a muchos etnógrafos, por cuanto les es imposible aseverar de dónde proviene esta raza. Sus facciones mongólicas hacen suponer esta ascendencia; pero por otra parte no se explica cómo hayan llegado a esta parte tan austral del continente. Además, contrariando lo de otras tribus, son atrasadísimos y al parecer no tienen ideas religiosas.
Sobre este tema no podemos dar mayores datos, por cuanto los indios con quienes hemos tratado, han sido todos un poco civilizados y rehacios a referirse a sus costumbres primitivas. Sin embargo una vez tuvimos oportunidad de conocer un nativo que nos hablaba de su raza. Le preguntamos sobre sus ideas religiosas y nos contestó que no las tenían. Los indios viejos no hablan de esas cosas, y al parecer no conservan las tradiciones religiosas, si es que han tenido estas ideas.
El nativo a que nos referimos nos habló de las supersticiones de los indios. Nos dijo que si un lobo marino seguía a una canoa o a una chalupa en su viaje por el mar, era mal agüero. Agregó que los indios lo tenían por experiencia, porque cada vez que un lobo perseguía a una embarcación, era el anuncio de muerte de uno de sus tripulantes. Lo mismo pensaban cuando un lobo bramaba en los peñones. Era anuncio de alguna fatalidad.

CREENCIAS RELIGIOSAS

Volviendo al tema de las ideas religiosas de los alacalufes recordaremos lo que dice el R.P. Alberto de Agostini, en su libro "Mis viajes a la Tierra del Fuego", refiriéndose a las observaciones de otro misionero, el padre Borgatello:
"Los alacalufes creen en efecto en un ser bueno, invisible, que llaman en su lengua alep-láyp o según otros arca kercis al cual le dan las gracias cuando a causa de un naufragio reciben copioso alimento, o cuando una ballena va a morir sobre la playa. Prestan fé también a un ser malo: alel cesislaber o taquatú ser grandísimo que navega día y noche con una gran canoa, o anda por las florestas y las montañas, llevándose a las personas que encuentran a su paso. Creen en la vida futura, donde los espera si son buenos, un delicioso bosque, aves y pájaros, moluscos e innumerables focas, y si son malos, un pozo profundo, obscuro, lleno de sangre del que no pueden salir".
Es muy probable que estas creencias las hayan tenido en los tiempos del Padre Borgatello, y entre los indios pecheray y huemul, que habitaban la parte central del Estrecho de Magallanes y las ensenadas al Oeste de Brunswick; pero los chonos, que vivían en los canales del Norte, hasta el Cabo Tres Montes y que son los últimos alacalufes, precisamente los que hemos conocido, nada hablan de estas ideas religiosas. Las creencias a que se refiere el Padre Borgatello existirían entre las tribus desaparecidas.

SUS HABILIDADES

A pesar de que no son muy habilidosos, tienen los alacalufes grandes condiciones de marinos, y una gran intuición los guía por los canales y las islas del archipiélago que conocen perfectamente. Sus pronósticos meteorológicos son siempre exactos, pese a que no tienen conocimientos teóricos de la ciencia que estudia la lógica del tiempo. Son hábiles marinos traficando en sus débiles canoas primitivas, por la peligrosa región de los canales. Para contar se valen de escasos números. Pero tienen idea de la orientación. Tal es así que designan los vientos con los nombres de los cuatro puntos cardinales: acúlator, viento Norte; aculaia, viento Sur; Sectiser, viento Este, y acticser, viento Oeste.
Los alacalufes se mantienen con choros, carne de ballenas que llegan a vararse en las playas, y pájaros que cazan con gran habilidad. Como no disponen de medios es difícil que pesquen; pero ahora que la mayoría de los que quedan viven con los civilizados, consiguen utensilios, como anzuelos, lienzas, etc.
Para cazar tienen puntería formidable, cuando usan armas de fuego. Esto es entre los que viven con los blancos. Pero entre los que siguen todavía su vida primitiva, se puede adveritr astucia para cazar pájaros. Los cazadores de nutrias han contado como los indios capturan los pato quetros (micropterus cinereus). Arreglan un palo largo, generalmente de ciprés, y en la punta le hacen un lazo con hebras de junquillo trenzado. Entonces esperan las noches claras y se deslizan por las piedras a la playa, donde con ramas improvisan una especie de trinchera tras la cual se esconden. Allí, con una paciencia increíble esperan la llegada de los quetros y los atraen utilizando su castañeo.
Es tan perfecta la imitación que hacen los indios que los mismos quetros se alarman y nadan en dirección a la playa, hacia el imaginario compañero que grita. Entonces el indio comienza a estirar disimuladamente el palo con el lazo, y cuando la víctima está cerca, la coge del cogote. Después es más fácil la captura, porque a ese quetro le sacan los ojos y lo amarran en una pata, dándole un poco de soga para que se introduzca en el mar. El quetro grita en el agua y comienza a nadar en círculo, aleteando. Los demás quetros creen que se trata de una pelea y se acercan a participar en ella. Es la hora en que el alacalufe estira su vara con el lazo y coge otro.
Una vez que han capturado una nueva presa, se comen el pájaro ciego y le sacan los ojos al otro, para que sirva de sebo en futuras cacerías. Mientras tanto el quetro muerto es pelado o desplumado con paciencia, ensartado en una vara larga y asado lentamente en la fogata. Luego los indios comen hasta quedar ahítos.
Los alacalufes de hoy día viven casi todos con los blancos. Ultimamente muchos de ellos han sido civilizados por el misionero salesiano R.P. Federico Torre. Sin embargo cuando el padre Torre se ha ausentado una breve temporada de ellos, han vuelto a su vida errante absorbidos por el atavismo. Muchos viajan en las chalupas con los cazadores de nutrias, otros en los cúteres de los cazadores de lobos, y algunos trabajan en estancias o puestos de los pequeños colonos. Conocemos a varios tan civilizados, que han vivido en las ciudades confundidos con sus habitantes. Unos han ido a la escuela, saben leer y escribir y hasta practican deportes militando en los clubes.
"Todos los alacalufes de los canales son susceptibles a ser ciudadanos útiles a la Patria", ha dicho el R. P. Federico Torre, y en esto expresa una gran verdad, porque se ha probado que no son tontos, aunque un poco atrasados, y que mediante la instrucción se puede hacer de ellos ciudadanos útiles.
Los últimos indios que habitan por los canales son muy diferentes a los de algunos años atrás. Es porque el contacto con los civilizados los ha cambiado y transformado en tipos más vivos. Tal es así que hoy día tienen muchas costumbres de los blancos y han olvidado sus propias tradiciones. Este es el motivo por el cual se difiere tanto en la descripción de sus costumbres.

SUS MATRIMONIOS

De diversas maneras se refieren exploradores y misioneros, a la forma en que los alacalufes realizan sus matrimonios. Algunos le atribuyen una ceremonia. Otros dicen que simplemente se ponen de acuerdo y se unen para vivir.
El Padre Torre declaraba una vez al respecto:
"Un marino que los vió me refirió como se hacen los matrimonios. La novia a una distancia de tres metros está parada delante del novio, quien moviendo con ambas manos un trapo que lleva extendido ante sus ojos, se va lentamente a ella cantando: "canú... canú... canúa..." mientras la novia soríe. Cuando está cerca la toma de una mano, da un fuerte tirón y ambos se declaran mutuamente casados. No obstante, al narrar esto a algunos indios de Puerto Edén, se rieron a carcajadas. Uno de estos indios, llamado Santiaguito, me contó un casamiento de un modo parecido, y después me confirmó la falta de ceremonia otro alacalufe llamado Virgilio".
Pues, así como los mismos alacalufes difieren en sus explicaciones referentes al matrimonio, o ceremonia de casamiento, así también se contradicen al tratarse de sus ideas religiosas, llegándose a la conclusión de que hoy día gran parte son cristianos, porque los misioneros salesianos les han enseñado a creer en Dios.

CENSO DE INDIOS

Refiriéndose al número de alacalufes, daremos la cifra calculada por el Misionero Federico Torre S. S., en 1942 en que a principios del año contó 136 individuos. Poco tiempo antes, en un viaje por los canales un cazador de nutrias y un indio nos confirmaron que eran casi doscientos, cifra tal vez más exacta, suponiendo que algunos grupos andan aún errantes, sin que el misionero los haya podido recoger para contarlos.
Por lo visto la raza acalufe tiende a desaparecer definitivamente. Esta suposición tiene su base en que a medida de los años se extinguen los indios en forma alarmante. Veamos lo que dicen al respecto algunos escritores y exploradores: Subercaseaux, en su "Chile o una loca geografía" dice que los alacalufes hace tres siglos eran 70.000 y que hoy día son 300. Estimamos que la cifra es un poco exagerada, aunque desconocemos el origen del dato. No sabemos tampoco si en la fecha que escribió su libro había esos 300 indios.
Por su parte el Padre Agostini dice en "Andes Patagónicos", un libro sobre sus exploraciones, que a mediados del siglo XIX había más de tres mil alacalufes, y que en 1940 el Padre Torre contó 126. El misionero inglés Tomás Bridges en el año 1880 calculó que había tres mil indios alacalufes, y dijo que en 1900 se había reducido a mil solamente. Por lo tanto, hay gran diferencia entre las épocas aproximadas de los diferentes cálculos, y sólo puede esclarecerse que los indios van disminuyendo en forma alarmante. A esto ha contribuído en los últimos años las enfermedades de trascendencia social con que los han contagiado los blancos. Por fortuna en la Base Aérea de Puerto Edén hay quien se preocupa de curarlos.

EL DIALECTO

Lo que al parecer no ha preocupado a los exploradores modernos es el estudio del dialecto alacalufe. Hemos tenido oportunidad de aprender algunas voces de ellos, durante viajes por los canales australes. En cortas estadías por caletas e islas, hemos tenido tiempo suficiente para entrar en amistad con ellos, infundirles confianza y permitir que nos enseñen algo de su dialecto.
El vocabulario alacalufe es escaso. No se nota conjugaciones al hablar. Muchos objetos conocidos reciben los nombres con que los denominan los blancos y a otros les han puesto nombre en su dialecto, derivados generalmente de palabras del idioma inglés. Hay numerosas palabras que pronuncian distintas, aunque de modo parecido, lo que evidencia la opinión del Padre Agostini en el sentido que los tipos pecheray y chonos, sobrevivientes de esta raza, tienen los mismos caracteres étnicos y el mismo dialecto con breves diferencias.
A modo de ilustración copiaremos seguidamente algunas palabras del dialecto alacalufe, las más usadas y conocidas:

Araña, cachaima
¿ A dónde?, ¿aquiáhua?
Aquí está, quianobutá
Azúcar, inchepas
Agua, chafalay

Aquí, chichil
Apúrate, quistét
Aguja, cacasqui

Bota, huotta
Bigote, afqueschec
Bote, aschá, cerro
Bonito, láyep
Bueno, láyep
Borracho, quepágner.
Boca, serriqueti
Brazo, terhua
Bufanda, calfapán
Buey, yáureston
Ballena, hualáman

Caballo, urrac
Choros, cápoco, accahué
Chaguio, hayar
Chimango, chía-chía
Canal, bustáiser, callóp
Cuchillo, afuchasque, tecahua
Calor, apán
Canasto, chipas
Cachimba, talascar
Coipo, quiyayo, tallacastád
Ciervo, iquichal
Cuero de nutria, talte quehuos
Cuero de lobo, aloxes quehuos
Carpa, aot
Chiquillo, piquinini
Comer, diffniac
Cargas remo, arcápasi
Caerse, chacanaha
Cuidado, ahuácas
Chico, equent
Caliente, ahuáner
Correa, quiriquina
Chaqueta, cutcui, spicaer
Chalupa, áyep
Cigarrilos, yiscori, yirrecúrreux
Camisa, ahuélacai
Carne, chahuálchuc
Cuero, cuere, quehuos
Comida, aschacai
Capa, acapena
Correr, quekháyuc
Compañero, cuchalacsin
Dormir, calepina
¡Déjate!, ¡anáhua!
Dientes, afuserri
Dolor, háaf
Dulce, metchactacariel
Dos, bux
Erizo, iháfta
Estrella, chalasoy

Frío, quisác
Fuego, afschar
Fósforo, falla
Flojo, k'tchay
Guayrabo, cutéyen
Gaviota, cálac
Gordo, cachalaqui
Grande, arralai
Gorra, yennac

Hacha, cariasqui
Hambre, quihuás
Humo, quirrá
Hediondo, actási
Huevos, yoves
Hombres, akschenes

Irse, irfelay
Islote, lék car
Indio, indiano

Jabón, acuaske
Luna, alaluc
Lobo de un pelo, alovitche, alcáf
Lobo de dos pelos, arcachif
¡Oye! (llamado), ¡ecua!
Legañoso, ahuórc
Luego, iatta
Leña, afuchar

Mañana, ascual
Medias, catar
Mano, tarrahuá
Mujer, schatap
Mirar, láiyescar
Morir, tahuasalúl
Muchos, áttales
Mujer, afuchóc

Nutria, lalte
Nalca, arracai
Niña, ochác
Nada, cáhuel, kép, nana
Nariz, nuss
Nieve, inchepas (igual que el azucar)
Noche, ac'quehaué

Oveja, buchi
Ojos, tass
Oreja, cahué
Olla, picóss

Pelea, attás
Pescado, querequestá
Pájaro, cayesca
Pantalón, queutpec,quiuspicser
Perro, quiero, queuro
Porquería, ahuork
Pelo, ayuco

Papas, coinas
Pingüino, cacác

Quetro, cárbus
¿Qué cosa?, ¿acuásqui?
Rifle, sesnequequicuar
Ropa, ahuéllacai
Remar, yénimocuar
Remo, yémmoc
Ratón, uschuá

Sol, aihéloc
Seco, chala
Sangre, caplay
Señora (esposa), afuehóc

Tabaco, tálac
Tiro, (cartucho) tappónac
Tomar (beber), chirác
Tierra, iautépcha

Uno, taxo
Vapor, immási
Vino, afchacoráf
Viejo, ohuiquép
Ver, layéscar
Vela, alaxón

Zapato, chppatto.

NOTA :Entiéndase la h aspirada como en el idioma inglés. Igualmente para leer la sch el alemán. Es difícil escribir correctamente el dialecto porque tienen pronunciación muy distinta al idioma nuestro.
Tienen los alacalufes muchísimas palabras malas, como groserías, a las que son muy aficionados.


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