viernes, 9 de enero de 2015

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Valeria González Aguilar entrevista a Juan Mihovilovich

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No quiero caer en lugares comunes, pero es cierto aquello que ya he hecho parte de mí y que se supone dijo Kafka alguna vez: “el escritor que no escribe es un monstruo que invita a la locura”.(Juan Mihovilovich).

1.- En la novela “Desencierro”, el monólogo del personaje tiene un evidente carácter testimonial, el que, a su vez, supone a un otro que interpela, juzga, reconcilia, etc. En el capítulo 23 de éste, el personaje afirma, como respondiéndole al receptor implícito, que las rayitas en el muro corresponden al número de visitas de este interpelado. Al mismo tiempo, en “El contagio de la locura”, en el capítulo 36, el juez realiza la visita periódica de celdas encontrándose en una de ellas con un sujeto que bosqueja figuras incoherentes en el muro ¿El personaje interpelado en “Desencierro” es el mismo juez de “El contagio de la locura”? ¿Existe intención de enlazar ambas novelas mediante el recurso de la intertextualidad de manera que la locura se observe desde dos puntos de vista? 

R: Me parece notable el enlace que, sinceramente, no fue hecho de manera consciente. Y claro, la creación literaria es un fenómeno alucinante y misterioso, un emulo empobrecido de la creación divina. Así, esa supuesta intertextualidad es cierta en cuanto un lúcido lector (a) la descubre, luego, como una premisa cartesiana, existe. Y si existe, es porque en las capas del subconsciente (en las mías, obviamente) se estableció una correlación invisible entre ambos episodios. Te recuerdo que El contagio de la locura la escribí en un período de dos semanas reales, de trabajo material o específico de trasladar al papel lo que se venía gestando por largos nueve años de observación cotidiana mientras realizaba mis funciones “normales” como juez en Curepto. Y como un escritor escribe hasta cuando sueña o lee a otros, el trayecto interior de la novela estaba ya en mi corazón y en mi cabeza. En tanto, Desencierro tuvo un parto largo y difícil; quemada incluso el año 98, resurgió de las cenizas porque mi hija guardó, por esos avatares del destino, un ejemplar y pude rescribirla a contar del año 2004 o 2005, en tanto El contagio…se escrituró el 2005 (abril de ese año, mes en que suelo escribir mis novelas o parte importante de ellas). Vale decir, en esa correspondencia de tiempos y espacios (vivía en Curepto, en una casa quinta) me parece ahora obvio que el personaje que es interpelado en Desencierro pudiera, sino ser el mismo Juez de El contagio…al menos un sujeto de características sicológicas similares. Te recuerdo que en Desencierro el personaje habla o monologa con un supuesto tercero, tal vez ni siquiera sea otro, quizás sea su propia conciencia o Dios, etc., eso queda a criterio del lector y de su propia necesidad interior. De ahí que sí, hay un enlace entre ambos personajes que descubres tu y que me permite balancear ambos capítulos; además, en Desencierro el personaje deja evidenciar que el visitante pudiera no existir; en tanto, el personaje de El contagio…que traza signos alambicados sobre un muro si existe, pero ¿existe en verdad? ¿O es fruto de la imaginación del visitante? Lo que sí pareciera ser real es o son los signos que el diminuto individuo bosqueja sobre las paredes: un paisaje inentendible que arrastra al visitante hacia los deslindes de esas otras dimensiones que parecen atraerlo desde siempre. Luego, te agradezco la perspicacia que me hace retomar ambos temas como uno solo.



2.-En más de una ocasión ha expresado que escribir es una forma de sublimar los monstruos interiores, una especie de expiación del alma, ¿Cómo describiría este proceso mental y escritural? 

R: Somos una suma y resta de virtudes y defectos, de lucidez temporal y de temporales locuras, una mezcla o embutido de “ángel y de bestia.” Sólo que pocos, muy pocos, en realidad tienen conciencia de lo que son o lo que somos. En ese juego” de contraposiciones, de contradicciones embrionarias o evidentes, ¿qué hace un escritor para no morir en el intento? Lisa y llanamente escribir, y esto que parece de Perogrullo, requiere de una predisposición interior, anímica, que lo enlace con esos “demonios” que subyacen tras la supuesta normalidad en que todos nos movemos. Cierto, en esa suerte de expiación del alma, como bien lo señalas, hay un proceso que va y viene por los derroteros de esas realidades más profundas, de ese vehículo desconocido al que llamamos alma o Dios o dimensión desconocida. Desde allí emerge lo verdaderamente trascendente, luego, ¿cómo encarnar en el papel ese mensaje que “viene de otra parte”? Porque lo cierto es que se vive una supuesta realidad espacio temporal; nacimiento, desarrollo y muerte, ¿y eso es todo? ¿Es tan sencillo el trazado material sobre la superficie del planeta? Una parte de mí se resiste a ello. La materia es evanescente y ocupa ese territorio del espacio al que se denomina tiempo, es decir, la corrupción invariable de los elementos físicos. En ese trayecto que todos realizamos el escritor surge como el cronista de su propio dilema personal: procuro desentrañar mi misterio en la ilusa pretensión de desentrañar el misterio ajeno, “la otredad”, él otro que soy yo mismo y todos a la vez. En el corazón del hombre se da esa batalla indisimulada entre el demonio y Dios, lo negativo y positivo, lo real y lo irreal, o ambas cosas a la vez. En el espejismo de la ilusión material trato de ser consciente dentro del sueño que se vive, porque a mi pesar o al nuestro, la vida humana, con todas sus miserias y mezquindades, vale la pena vivirse. Y porque más allá o más acá de ella, en nuestra perpetua contradicción somos algo más que un espejismo. Y en ese descubrimiento embrionario mis aproximaciones a la literatura surgen como un proceso físico, emocional y mental de exorcismo personal, un desnudo vergonzoso a veces, honesto en ocasiones, un manoteo cósmico queriendo alcanzar una trascendencia que vislumbro a partir de la vida que tengo y que tenemos.

3.-Algunos pasajes de la novela “Desencierro”, permiten vincular al personaje anónimo de ésta con Juan Pablo Castel de Ernesto Sábato o “el mudito” de José Donoso, tanto por sus conflictos existenciales como por la búsqueda de identidad en un “otro” ¿mera coincidencia o existe una intención de hacerlos semejantes? 

R: Si las lecturas de ambas novelas, (El obsceno pájaro de la noche la leí siendo muy joven, en tanto El túnel la releo habitualmente), han dejado huella en las capas más ocultas de mi conciencia, es posible esa relación. Las coincidencias no existen, y cuando las vemos como tales, suele ocurrir que hay ligazones invisibles que las conectan. Seguramente, en el caso de Juan Pablo Castel la influencia ha de ser más notoria o evidente. Pero diría que se trata en general de la obra de Sábato que, siendo relativamente corta o exigua, ha dejado una huella profunda, no sólo en mí, sino en muchos de mi generación y posteriores a ella. En todo caso, en lo estrictamente personal la visión de mundo de Sábato en engarzó por años en mi interior. Es más, siempre quise visitarlo en Santos Lugares, alrededor de Buenos Aires, donde vivió hasta su muerte relativamente reciente. Apenas si terminé por escribirle siendo yo muy joven y remitiéndole cuentos de El Ventanal de la Desolación. Me contestó con una breve carta donde me instaba a continuar y que él éxito sería mi destino. No el éxito como cuestión frívola, naturalmente, sino como expresión de consumar una obra literaria. Perdí esa carta y otras dos que tuve junto a La carta a un joven escritor que me autografió con su respuesta. Te cuento estos detalles más íntimos sólo para evidenciar que en su caso hubo un complemento con la obra que siempre respeté y admiré, junto a su personalidad como individuo. En esa perspectiva, claro, la figura de Juan Pablo Castel fue por años un héroe literario en mi memoria y eso ha debido traducirse en un ensamblaje inconsciente de la identidad de ese “otro” al que te refieres. Los conflictos no sé que tan existenciales sean en ambos casos, el de Desencierro y El túnel. Es posible que en Desencierro existan otras variables, otras pistas que se distancian de Castel en tanto sujeto específico de carne y hueso. Es posible.

4.- ¿Qué motivación existe tras la creación de personajes enajenados como el protagonista de “Desencierro” o potencialmente alienados como el juez de “El contagio de la locura”? 

R: No quiero caer en lugares comunes, pero es cierto aquello que ya he hecho parte de mí y que se supone dijo Kafka alguna vez: “el escritor que no escribe es un monstruo que invita a la locura”. Puede ser. Pero en mi caso,si leíste Sus desnudos pies sobre la nieve, y como seguramente lo hiciste con mis cuentos, siempre me atrajo, desde muy niño, ese mundo de irrealidades que ciertos individuos de cualquier sexo, vivían y viven. Esos mundos escindidos que se yuxtaponen o que se diferencian mínimamente al interior de cerebros alucinados los percibí desde pequeño, incluso en el seno de mi propia familia, pero también fuera de ella. Luego, con el devenir de los años constaté que las enajenaciones no eran sólo patrimonio de unos pocos. Entendí o pretendo entender, que las locuras individuales no son exclusivas. ¿O acaso no es demencia absoluta lo que ocurre en nuestro depredado planeta? ¿No es demencial que lo destruyamos ex profeso sin siquiera atisbar que se trata, a su vez, de un ser inteligente? ¿O acaso gravita y rota en el espacio por obra y gracia de birlibirloque? Más allá de las opciones religiosas de cada cual, las locuras que se cometen en nombre de Dios, las aberraciones sexuales, las dictaduras y su entronización global, las guerras continuas o intermitentes, la codicia económica ilimitada, ¿no son acaso la fiel expresión de un mundo alucinado, individual y colectivo? De ahí que, en mis personajes, partí de la observación local en ciudades como Punta Arenas, de la que soy originario; en el barrio croata pululaban (y con seguridad persisten) protagonistas marginados de la vida social, y a cuyo respecto mi sensibilidad infantil los elevó a la categoría de héroes anónimos y perdidos; me dolía, como hasta hoy me duelen, esas existencias sin otro destino que la muerte en vida. Y claro, pasar de allí a descubrir más tarde que la locura vital de un Erasmo de Rotterdam por ejemplo, se aleja sideralmente de la pervertida locura del mundo moderno, fue una especie de sacudón espiritual, por decirlo de algún modo. Detrás de cada individuo o en su interior más recóndito pervive aquello que el poeta natalino Hugo Vera Miranda denomina como que “lo miserable de lo oculto es intransferible.” Entonces, eso oculto pre condiciona determinadas conductas. Nuestras fobias y temores infantiles cobran cuerpo, se mimetizan en nuestra escasa lucidez y se apropian más tarde de los últimos vestigios de los sueños de niños. Se termina con la bondad natural y se escarcea en las perversiones más escabrosas. ¿Eso es locura? Tanto peor que la demencia individual que aherroja a un sujeto cualquiera a vivir “su propio mundo” con seres que cree o siente que existen y voces que les ordenan “algo.” La analogía, luego, es sencillamente extrapolar lo individual a lo colectivo y tendremos la ecuación del mundo real que hoy habitamos. ¿Esperanza? Siempre, a pesar de todo y de todos. Sólo que es necesario desmitificar la sordidez interior y exterior en que vivimos o nos desenvolvemos.



5.- Colibríes, garzas, flamencos, gallinas, gorriones, golondrinas y aves en general, son un elemento que no puede faltar en sus narraciones. Más allá de la libertad que representan, ¿por qué precisa incluirlas? 

R: Surgen como una especie de contrapunto con el drama del encierro en que el individuo y la sociedad moderna vive. Pero, siendo más exacto incluso, creo que tiene un antecedente, como todas las cosas de la vida. En Desencierro y otros textos escribí las vivencias que como grupo o “pandilla” de jóvenes desarrollábamos en el Barrio croata y sus alrededores. Básicamente nos deleitaba “matar” pájaros. Algo que puede parecer como un transito normal en el devenir infantil, lo asocié más tarde como a esa imposibilidad material que ya intuíamos: jamás podríamos volar por nosotros mismos, al menos, no en igual sentido y forma que las aves. Quizás allí radicaba ese afán enfermizo por destruirlas y enterrarlas en un cementerio que teníamos en las cercanías de los basurales de la playa. Claro, más tarde, la pregunta se hizo inevitable, ¿de dónde nos venía esa imperiosa necesidad de matarlas arrojándoles piedras con tiradores? Y no sólo eso, que sería casi “normal”, pero luego las utilizábamos como carnada herida para que las demás (gaviotas en ese caso) nos sobrevolaran y así cazábamos más ejemplares. Era insano. Pero era cierto. En un cuento Gaviotas en el cielo, relato parte de ese proceso. Ahora bien, ya como escritor más maduro las aves comenzaron a aparecer de modo natural en mis textos y sentí que era en parte por aquél antecedente que recién te expliqué, pero además, porque finalmente entendí que las aves son una parte maravillosa del Reino Animal, un reino depredado vastamente por el reino humano. Entendí y presiento que el reinado de las aves son un señuelo de “otras dimensiones”, una suerte de antesala de vidas sublimes más allá de la muerte física. Por eso, y porque mis experiencias con colibríes o golondrinas han tenido cierto cauce místico, las introduzco como un elemento “que humaniza y diviniza” las historias y a los personajes. Un aviso de que no todo está de este lado. Que el vuelo humano también es posible, sólo que de otra manera, que al fin de cuentas viene a ser similar al que las aves nos enseñan cotidianamente.

6.- El antihéroe como protagonista refleja la agonía existencial de no-ser, pero también conlleva el peso de una condena expresada en sus constantes laberintos mentales. ¿Por qué esto sugiere interés en usted? 

 R: El antihéroe al que te refieres pareciera siempre ser un sujeto condenado al fracaso, ya sea por el peso que señalas o por otras razones algo más difuminadas. No obstante, ese personaje “dejado de la mano de Dios” no lo ha de ser en su sentido estricto o menos visible, de otro modo ¿qué hace aquí? ¿Cuál es su razón de supuestamente no-ser? Cierto, los laberintos mentales son o constituyen una especie de acertijo, un rompecabezas que se debe re-armar, sólo que el individuo que padece su propio laberinto a menudo cree que piensa o reflexiona sobre sí mismo, cuando en un sentido más riguroso, apenas pareciera ser pensado por “otros.” Me explico. Esas supuestas condenas en realidad son el fruto de una mente afiebrada que coloca al individuo en la encrucijada de no ser nada ni nadie, de quedar al margen de la historia individual y colectiva, de su propia historia en suma. Sólo que si se mira con más atención o desde una óptica diversa, ese antihéroe es un número creciente, es la muchedumbre misma, es el individuo perdido en el anonimato mientras fuerzas desconocidas operan en su nombre. Un número, un mero dato estadístico, en tanto las grandes decisiones que lo involucran pasan a su lado ordenando, permitiendo, prohibiendo. Casi como una definición legal. Sin embargo, ¿por qué el mundo funciona? ¿No es acaso por esos seres apartados de los circuitos de poder que el mundo se sustenta? ¿Dónde empieza el martirio individual del no-ser para diferenciarlos de aquellos que supuestamente “si son”? ¿No se trata acaso de una falacia inventada por algo que pudiera ser “siniestro” para dominar a unos sobre otros? Y claro, en el ámbito de las decisiones personales el laberinto mental es casi una condena, porque creemos pensar, suponemos que pensamos sobre nosotros y nuestra circunstancia en tanto estamos mediatizados por un bombardeo inmisericorde de gustos y apetencias que no nos pertenecen, condicionando luego lo que creemos nuestro proceso reflexivo. Dejamos la locura de Rotterdam y nos involucramos de lleno en las migajas de la locura del poder omnímodo cuyas raíces están en los imperios que sospechamos, o más allá, incluso, de ellos. Pues bien, el héroe anónimo, te insisto, “está aquí,” somos nosotros mismos, en suma, y de alguna ilusa forma sobreviviremos a esta demencia generalizada. De eso se trata…quizás.

7.- La destrucción del sujeto es posible apreciarla en “Desencierro” y “El contagio de la locura”, ya sea por la desintegración corporal, por la crisis espiritual de los personajes o, incluso por la destrucción de lo íntimo. ¿Qué idea motiva esta concepción del sujeto?

R: En alguna medida se responde en la pregunta anterior. No obstante, podría agregar que en cierta medida la desintegración física deviene en necesidad espiritual, pasando incluso por la destrucción de esa intimidad a que aludes. Mi amigo y fraile capuchino Sergio Hernández, (socialista en la época del Golpe y encerrado a sus 18 años) pasó por las peores atrocidades que puede sufrir un ser humano. Ello se relata en parte en Grados de Referencia, y sirvió también para que yo escribiera un corto relato llamado Colibrí, que seguramente conoces. Bien, Sergio pasó de su concepción filosófica marxista a una visión cristiana producto del sufrimiento. Su desintegración la tomo como ejemplo. El individuo es parte de la historia que vive, aunque en esencia sea muchísimo más que eso. Lo siento y lo presiento. Con seguridad la descomposición de nuestra sociedad desde los setenta en adelante ha servido para premunirme de un escudo agujereado desde el que me protejo y por cuyas aberturas observo la desintegración del mundo circundante. Así, el telón de fondo ha sido durante décadas esa realidad escindida que este país ha vivido, pero limitarlo a un solo país es restrictivo. Va más allá de eso. El mundo moderno ha caído por un precipicio del que no saldrá indemne. Ya no es posible. La autodestrucción es tan potente que conlleva en sí misma una recuperación utópica, a menos, claro está, que surja una vida nueva a partir de esa propia descomposición, lo que podría superar la utopía rigurosamente materialista como la panacea de la problemática humana. Yo estoy acá, como tú, soy también “mi circunstancia,” más allá de que lo quiera o no.

 8.- ¿Qué intención tiene la animalización del juez en “El contagio de la locura”? 

R: Me parece que obedece a la idea de que todo es mutable, cambiante, que la metamorfosis kafkiana está a la vuelta de la esquina. La realidad se nutre de lo irreal, o de lo que en apariencia lo es. Las esquizofrenias más extremas se vinculan con mundos que nos parecen abstractos, ¿y lo son? Claro, el siquiatra nos dirá que el enajenado mental vive su “propia realidad,” que está enfermo, que socialmente está fuera de la sociedad misma, ¿y eso basta? Luego, el Ministro que llega al pueblo cuando el caos pareciera total, ¿qué persigue? ¿Equilibrar la locura general, la del propio juez? ¿Acaso la suya no es más relevante que la de los visitados? Entonces es posible que la mutación explique la transitoriedad de todo. “No creerse el cuento” del poder sería tan vital y necesario para quienes lo ejercemos de algún modo. Nuestras míseras cuotas de un poder siempre ajeno e inapropiable. Tal vez por eso el juez se animaliza, ¿qué crees tú?

9.- ¿Por qué las personas contagiadas tienen un sello en sus ojos que los delata? 

R: Probablemente el personaje “sintió” que ese sello distintivo establecía una especie de hermandad del mal que iba más allá de las funciones específicas de cada uno. Y digo “probable” porque el debió sentir que el contagio de la locura excedía la propia. No se trataba únicamente de su alucinación individual, (volvemos a lo anterior); ahora también existía una expansión siniestra que estaba tras bambalinas (está) y que a la manera de un titiritero manejaba los hilos de los que le parecían caer en sus redes. Eso el juez parece advertirlo, pero siente que su lucha es casi estéril. Por eso sube a los cerros en busca de otros mundos, de una realidad que lo trascienda y seguramente lo salve del contagio general. Si lo logra o no es una apreciación que excede al propio narrador. El lector podrá decidirlo…

10.- En lugar de hacer implícito el discurso de la tortura, se manifiesta directo y concreto el mecanismo de animalidad a los que son sometidos los personajes, ¿por qué decide hacerlo de ese modo? ¿Considera que la exageración de estos métodos potencia el trato infrahumano? 

R: Sin duda. Y es una muy buena observación implícita en tu pregunta. La tortura como mecanismo de dominación explícita es eso: explícita; corriente en los genitales, golpes con lumas, extracción de dientes, inmersión en el agua, etc., son expresiones bestiales que no han variado mucho en la historia humana. El hombre no es demasiado imaginativo en ese tipo de sufrimientos a terceros. Se remiten a la corporalidad. En cambio el revertir la dominación hacia mecanismos animales dimensiona el trato de otra manera. La presión absorbente hacia el otro se vuelve más sutil, a pesar de que pareciera mediatizada por la verbalización, aun cuando en ocasiones ni siquiera ella es necesaria: bastan los gestos, las actitudes. Exagerar esa animalidad a que aludes (por eso te pedía y pido tu percepción sobre los cuentos) me parece más potente y castrante que la expresión física directa. “Todos anhelamos dominar a otros” titularon una entrevista que me hicieron. Si, gran parte de nuestras actuaciones cotidianas se remiten al dominio sobre los demás, sea cualquier el reino con el que interactuamos: mineral, vegetal, animal o humano. Al reino divino no podemos someterlo; escapa a nuestros parámetros, pero con él soñamos, y por él nos movemos, somos o seremos.


11.- ¿Qué particularidades ofrece la paranoia y la esquizofrenia como enfermedades mentales recurrentes en sus personajes? 

R: Buen alcance. Del momento en que vislumbré de niño que “algo extraño” ocurría con ciertos familiares, y no sólo con ellos, pero a ellos los tenía al alcance de la mano, sentí que la supuesta vida normal y ese entorno idílico de la infancia podía ser bastante más que un infierno. Dependía del sitio y los actores. Parte de esto los respondí más arriba, pero te lo complemento. Si bien surgió en la infancia mi interés por los desvalidos mentales y de hecho escribí varios cuentos desde esa perspectiva, luego descubrí que, por un lado, la imaginación (mi imaginación) podía desbordarse con gran facilidad si apenas la dejaba volar sin ataduras. Recuerdo por ejemplo el cuento Delirio que escribí muy joven sin siquiera tener muy claro que era el delirium tremens. Y por otro, ya más adulto, sufrí (sufrimos) en carne propia la esquizofrenia en mi hermano menor, que ya rizaba los treinta y tantos años; ello ocurrió alrededor del 85 y en varios cuentos (Los números no cuentan; lo que un número no dice; en pasajes o capítulos de Grados de Referencia, etc.) se evidencia el trastorno que a todo el grupo familiar literalmente “lo trastornó.” Es más, una novela inédita, que espero salga el próximo año 2015, está escrita a dos voces siendo en el fondo una sola; una especie de diálogo monocorde desde una óptica dual; es una novela compleja, fuerte, quizás la más descarnada que haya escrito hasta ahora y además, ambiciosa literariamente hablando, ya que excede el plano personal y se transforma en una alegoría por más humanidad. Se regresa también al tema de la locura y la lucidez como supuestas antípodas, cuando en el fondo y la forma parecieran no serlo. Entonces, las particularidades a que aludes sufren esa mutación: desde la infancia primero, y la adultez más tarde, con el hecho que te mencioné. Mi viejo y querido amigo Pacián Martínez (QEPD) siempre me decía que temía por mi lucidez, un poco en broma un poco en serio. Quién sabe, ¿no crees?

12.- ¿Cuál es el detonante principal del desequilibrio mental de sus personajes?

R: Está respondida más arriba, creo. De cualquier manera, sólo como para ampliar el radio de acción o de visión: el o los detonantes parecieran siempre estar ligados a un desajuste interior con una realidad que no les basta, que no satisfacen. Hasta el enclaustramiento aparentemente normal de El Clasificador, por ejemplo, surge de pronto como un sacudimiento interior que estremece la conciencia individual cuando el personaje es despedido de un trabajo de años. Es decir, la ausencia de humanidad, en cualquiera de sus categorías, puede provocar un deterioro repentino de la supuesta o aparente normalidad. Nada es lo que parece, al fin de cuentas, y la negación de amor como resumen, hace que se pierda el sentido de la vida y con ello el paso a una realidad, “real o imaginaria”, dependiendo del cristal con que se mire.

13.- En general, los alienados cumplen el principio de matar para sobrevivir, ¿cómo se explica esto?

R: Supongo que el trastorno mental se traduce en una pérdida de la noción de mundo objetivo, del que solemos ufanarnos con demasiado frecuencia. Esa pérdida del mundo habitual, sea por una relación afectiva que termina de manera unilateral, por una muerte de alguien querido, por la negación del otro, etc., provoca una reacción “emotivo mental” imposible de controlar. O, incluso, puede servir (esa pérdida o negación) para elaborar de modo casi consciente (o decididamente consciente) la muerte de un semejante. De ahí que se hable en ocasiones de si el sujeto actuó o no dentro del ámbito de su lucidez habitual o normal. Ello judicial o jurídicamente hablando. Pero, es también probable que el alienado (¿?) mate por razones que ningún razonamiento normal pueda dilucidar en sus causas últimas o primeras.

14.- En “Desencierro” el espacio es difuso y por lo tanto, el pozo en que se encuentra también ¿se podría hablar de un encierro metafísico? 

R: Ciertamente. Ex profeso la novela se dio en un ambiente donde lo circundante fuera difícil de dilucidar. En la respuesta a la pregunta 1 hay algo de ello. La angustia metafísica es parte indisoluble del personaje. Por lo mismo, se reitera, puede ser o no sujeto de un encierro real, físicamente hablando. Recién hace un par de días una joven que atendía en una librería de Coyhaique (Claudia se llama ella) y que venía saliendo de la cárcel producto de un tráfico de drogas, me dijo al pasar que lo que motivaba su lectura de Desencierro era haber descubierto en prisión que su verdadero encierro no era el encierro físico propiamente tal. No. Su encierro era mental y había acontecido mucho antes de ser ayudista en el tráfico. Por eso veía en Desencierro una salida o un encuentro con su propia realidad. Creo que de eso se trata en el fondo: los encierros son parte del paisaje humano actual. ¿Has visto cómo la tecnología ha acercado a los individuos a límites insospechados hace unas décadas? Celulares, PC, Facebook, tv, etc., etc., y sin embargo, las personas que se ufanan en tener cientos de amigos en Facebook ignoran quién vive al lado de su casa o departamento; nunca como antes el encierro humano (lo dice el personaje en el mismo capítulo 23, si mal no recuerdo) se ha vivido en una época como la actual. Y el personaje juez en El contagio de la locura refiere al ir a visitar la cárcel “como el único lugar donde realmente se vive en libertad.” Claro, es una ironía entristecida, pero que siente como verdadera. Luego, la existencia ha perdido su norte y la supuesta fraternidad se ha transformado en palabrería hueca e insustancial. Quizás por ello Desencierro sea una búsqueda conscientemente desesperada por recuperar una humanidad extraviada, como si el personaje quisiera retornar a un paraíso perdido que sencillamente, imagina.

15.- El primer capítulo de “El contagio de la locura” sorprende con el juicio a un colibrí, el que huye despavorido por una ventana tras ser juzgado por el juez ¿Existe cierta ironía sobre la privación de libertad? 

R: Esa pregunta me la han hecho reiteradas veces y nunca he querido contestarla. No me obligues a ello. Allí radica claramente la clave de la novela. Pero, esa clave cada uno ha de interpretarla como la sienta. Naturalmente, condenar a un colibrí parece una ironía, sin embargo, es bastante más que eso. Mucho más, al menos para la humilde (o no tan humilde) pretensión del narrador.

Puerto Cisnes, lugar donde reside actualmente el escritor Juan Mihovilovich.
16.- En la entrevista que realiza The Clinic, usted manifiesta que trabajar en Curepto es un desafío desde el punto de vista humano, en donde debe imperar la empatía con un ser que es de carne y hueso. En este sentido, ¿Los personajes anónimos de “El contagio…” representan al hombre masa construido por la globalización y las grandes ciudades? ¿Qué sugiere que reflexione el lector? 

R: Justamente. Ya se respondió también en parte. Pero eso es: hoy trabajo en Puerto Cisnes, Región de Aysén, y desde hace dos años a la fecha. Fue una opción de vida junto a mi mujer. Pero una opción que tiene que ver con lo que siempre he buscado, al menos, desde mediados de los 90: situarme alejado del mundanal ruido, donde la “vida ve pasar a la gente.” En cambio, en sitios como Curepto o Puerto Cisnes, “uno ve pasar a la vida” y es parte de ella, no sólo por apreciar la existencia de sus semejantes, sino también del entorno salvaje y virginal del espacio aún descontaminado. Es una diferencia sustancial, grande. Los personajes anónimos cobran vida, son de carne y hueso, los puedo ver, palpar, sentir. Hasta ejercer como juez es diferente: no se trata de sentenciar como si las personas fueran números. No me interesan las estadísticas ni cumplir metas en tal sentido. Es absurdo en los poblados pequeños medir con las mediciones de las grandes urbes. Pero, además, la globalización ha hecho de la aldea un espacio que es preciso también invadir. Por ello el aparataje tecnológico se muestra sobre los techos de las casas, las antenas surgen por doquier y finalmente se trata de un diminuto fragmento de una realidad múltiple y mundial. Es cierto eso, aunque también es verdad que la profanación de todo tipo es menor. Hasta donde se pueda es preciso mantenerse así; nadie garantiza nada hoy en día. Una hecatombe no dejará lugar a salvo, si ella llega, desgraciadamente, a producirse. Así y todo, es preciso que el lector reflexione sobre el mundo que le ha tocado vivir. No se respira por nada. Y a este paso hasta el aire “terminará embotellado,” como lo presagiaba el poeta. Si El contagio de la locura o Desencierro ayudan a “mirarse por dentro,” así sea a dos o tres lectores lucidos, me siento más que satisfecho, si el término y el alcance, caben.


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