martes, 8 de febrero de 2005

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Los últimos alacalufes en la pupila de Paz Errázuriz

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En este "Mes de la Foto" la exposición individual de serigrafías y fotos de Paz Errázuriz en el Museo de Bellas Artes tiene a los últimos alacalufes como protagonistas. Una improbable descendencia de la etnia aparece como justificación primera del trabajo gráfico. Nómades del mar, ahora anclados a la deriva de una historia no elegida, sobreviven tan pocos como pocas son, también, las referencias que los aluden.
Martin Hopenhayn


Tenemos durante septiembre este último soporte de imágenes que estampan, en el centro de Santiago, el más depurado retrato que puede encontrar la precariedad humana sobre la faz sur del planeta. Son tan escasos los que quedan que casi caben en este puñado de fotografías. La metáfora del abandono viaja más de dos mil kilómetros para cristalizar junto al Parque Forestal, cerca de esos otros personajes errantes, marginales o transversales que por tantos años han ocupado el ojo y el lente de la fotógrafa en cuestión: los viejos, las prostitutas, los boxeadores, los acróbatas de circo, los ciegos. Paz Errázuriz, fotógrafa-antropóloga, visitante-registrante, se instala entre los huérfanos y luego los trae a la cámara oscura. Ahora, desde los canales fueguinos.
Entre todas estas identidades/desidentidades marginales que la fotógrafa recupera en su obra, ésta tiene algo distintivo: su marginalidad no radica en su falta de lugar, sino en la pérdida del nolugar, del movimiento. Boxeadores pobres, artistas circenses, vagabundos, prostitutas: todos parecieran siempre añorar un topos, un sitio claro y distintivo que puedan hacer suyo. Los alacalufes, en cambio, han sido asentados por otros, perdieron su movilidad y su nomadismo. La imagen atrapa ahora este desamparo invertido, disociado de la falta de territorio y asociado a una cierta pesantez de los cuerpos. El extravío yace ahora en la inmovilidad, no en el vagabundeo. La misma foto opera doblemente en esto: por un lado es la imagen de los últimos alacalufes, los que han sido sedentarizados, fijados en el espacio, asentados. Por otro lado la propia foto, en su exagerada objetividad, exacerba también esta fijeza, esta estática propia de una cultura nómada que ha perdido su carácter dinámico. Fotos que en su deliberada convencionalidad ratifican esta sedentarización-chilenización de lo que sólo podía afirmarse permaneciendo irreductible, y que parecen querer asumir esta contradicción: fijar para hacer sobrevivir, pero a la vez mostrando a aquellos que, al quedar fijados, no podrán sobrevivir.

La verdad es cruda: no quedan sino veintiocho alacalufes entre Puerto Edén, Puerto Natales y Punta Arenas. Entre ahogados, asimilados, domesticados, enfermos y alcoholizados, se va la última generación Kawésqar. Esta exposición puede ser su último registro consagrado en vida. ¿Eternización de una agonía en la cámara, celebración de lo que perdura todavía, crónica de una muerte anunciada? Por cierto, un poco de todo: allí están los últimos en fotos frescas. No fueron aniquilados ni confinados. La muestra fotográfica niega su extinción, los pone de este lado del tiempo. La fotógrafa salva al nómade fijándolo, revelando en esta inmovilidad la verdad de su presente, su eminente final. No hay desenlace, sólo rostros que se van apagando entre el blanco y el negro, pliegues del devenir que hacen arrugas en las caras y texturas en las fotos, y atenúan cada vez más la tensión entre el otro y nosotros. Retrato de la diferencia y colapso de la diferencia.

¿Pero qué has hecho, Paz Errázuriz, con los originales, los que mantienen una lengua intacta y resisten la copia? ¿Están en las fotos veladas o navegarán hasta morir sin dejar registro? Y estas mismas preguntas que te hago: ¿serán otro tic de la blanca pretensión de ubicuidad? ¿Hasta dónde pretendimos domesticar la diferencia de los otros mediante el simulacro oficial de protección especial a las minorías autóctonas? ¿Quién les devuelve ahora la procreación perdida?

Están las expresiones perpetuadas en las fotografías: el abandono, la melancolía, la impotencia perfecta. Pregúntenle a Paz Errázuriz, ella les disparó en el rostro con más rostro. Hasta aquí nos trae esa marginalidad a prueba de estados nacionales y mercados de trabajo. Nómades del mar, no sobrevivieron al plan de radicación del gobierno de Pedro Aguirre Cerda. Fue ése el abrazo del oso, el remedio peor que la enfermedad. La fotografía retiene los efectos de esta política de radicación en la mirada perdida de sus "beneficiarios". El confinamiento fotográfico habla por lo que el discurso político calla. Lo dicen también las narraciones: el material de las cabañas pasó de pieles de focas a viejas telas de buque, la higiene se hizo más vulnerable, el hacinamiento atoró la vista y el olfato. Sólo pervive la milenaria resistencia al frío y ahora, contra la pared del museo este frío incontestable del blanco y negro de la foto que destapa la gotera por donde la herida de una incesante despedida surca el rostro. La fotografía los paralizó en lo que son: largo viaje por la geografía y la semántica-irónicamente-desde el Golfo de "Penas" hasta Puerto "Edén".

Vayan donde vayan, siempre en el margen. Contradictoriamente, sólo en las, fotografías ocupan el centro del espacio. Pero fuera de ellas son desde siempre los otros, incansables perdedores. Los que están desde antes pero a la vez los que llegaron tarde. Los que habitan la frontera entre lo reconocido y lo descartado. Son ellos los alacalufes occidentales, y huelen a alcohol y a un panal de enfermedades que los sorprenden indefensos. Los que al perder el nombre perdieron el habla, o viceversa. Es cosa de mirar las fotos y sus títulos. Los nombres han sido "chilenizados", su designio es ser designados desde fuera o desde otros. Sólo unos pocos mantienen todavía doble nombre, conservan el original y pueden nombrarse tanto sobre el agua como en tierra firme.

(Jérwar-asáwer se llama también Fresia Alessandri Baker. Habita un lenguaje de dos orillas. Se sentó sobre un banco a esperar una última canoa que no ha pasado. Esto ocurrió hace siglos, y desde entonces el tiempo se mide en antes y después de esta sentada, delante y detrás de esta espera sin nave. Mientras Jérwar Fresia y Asáwer Alessandri dialogan, la una con nombre de hueso y la otra con apellido de prócer).

Se dice de las primeras fotografías de los alacalufes que los muestran "hirsutos, con el rostro hundido en una inmensa cabellera, deambulando completamente desnudos y muy a sus anchas sobre el puente de un buque, fumando un cigarrillo con supremo desdén por los espectadores" (Joseph Emperaire). Pero en esta otra punta del tiempo, en el último testimonio fotográfico bajo el lente de Paz Errázuriz, quedan puestos en lo que queda de ellos, como "máscaras funerarias" (Claudia Donoso). Los rostros revelan lo que la fotógrafa dice de ellos en una reciente entrevista: conciencia de la fatalidad, dejados de la mano de Dios. Nada pintoresco, ni bonito, ni divertido, ni tremendamente interesante. Fotos poco discursivas, replicando y duplicando la tosquedad de la realidad que padecen los sujetos de las fotografías. "Portan en los cuerpos las huellas por las que la historia pasó y decidió, consciente más que inconscientemente, olvidarlos... el horror de la muerte, la alegría de la supervivencia" (Eugenia Brito). Como dice Paz Errázuriz, es como acercarse al fin de algo, transitar por la metáfora de la muerte. Yo agregaría: perpetuar lo terminal en la imagen.

(Cierto: todavía están los canales como surtidero de alimentos, pero ya no como el sustrato móvil que los cobijaba. Quizás circulan todavía, fuera de las fotografías, herramientas que fueron siempre muy simples, largos cementerios de chozas dispersas en los lugares de paso, arpones de hueso mimetizados en la arenilla, troncos ahuecados que tanta canoa dispensaron y ahora parecen nichos para náufragos).

Vamos finalmente a la exposición. Lo primero que entrampa al ojo son las serigrafías, enormes y porosas. Como si el tamaño y la textura estuvieran allí para no olvidar la viscosidad de la colonización: una asimilación forzada pero a la vez vetada. Por su tamaño y porosidad, la serigrafía ostenta cierta falta de piedad.

Exacerba la fijeza, patentiza el encuadre al llevarlo casi a un tamaño natural y a una textura verosímil, más próxima a la aspereza propia del mundo real. En la serigrafia este ser humano perdido en la inmovilidad cobra vida precisamente por tamaño y textura. Pero de manera contradictoria, pues se trata de una vida a punto de extinguirse. Cuanto más fuertes los rasgos, las miradas propias de la tribu, los gestos no mediatizados, la amargura más textual, más se disipa la vida más cerca se palpa la agonía del grupo de pertenencia. A medida que aumentan el tamaño y la textura de la imagen, también se hace más patente esa muerte que puja desde dentro de los rostros por mostrarse al otro, más grita el silencio de esas miradas contra la mirada del espectador. Más cerca estamos de la humanidad de esas gentes, pero también más se adivina su pérdida de humanidad.

Al final, el mutismo de las fotos amplifica el mutismo de la impotencia. Alguien de espaldas al mar renuncia. Alguien se sienta sin entender. Alguien sólo mira de soslayo mientras otro ríe todavía. Alguien no oculta el desaliento y alguien rema con perro en popa. Pero sobre el agua una roca se partió en dos. Así muere la descendencia.

EL MERCURIO, domingo 8 de septiembre de 1996.



domingo, 19 de diciembre de 2004

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Está desapareciendo una raza aborigen

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Protección y respeto al derecho de vivir piden los alacalufes que viven en los alrededores de P. Edén. Al amparo de la aviación y en el desamparo de la barbarie blanca.
Ha convivido dos semanas con los indios alacalufes. La curiosidad científica, la inquietud por el estudio y el deseo de aportar un grano de arena a la pauta del saber, llevó al etnólogo suizo, Sr Daniel Hammerly Dupuy, a recorrer las tolderías indígenas de Magallanes.
Visitó primero a los yaganes y a los onas del sur, estudió sus costumbres, sus características y regresó con un notable bagaje de conocimientos. Las palabras del señor Hammerly, si bien coincidentes con el pesimismo de otros científicos, respecto al triste porvenir de los pocos indígenas que aún existen en Navarino, fueron las de un investigador que llega a un final deseado.
Posteriormente, quiso saber de los alacalufes y se dirigió, tras notable odisea, a Puerto Edén.
Y allí, convivió dos semanas con los alacalufes.

Llegó a Punta Arenas, después de sortear dificultades de transportes, no por cierto muy lógicas, con los ojos enrojecidos por el humo del cubil alacalufe y alguna marca dejada en su pierna, por las fauces del perro amigo de los indígenas que desconocía las ropas civilizadas.
Nos habló con entusiasmo de algunas observaciones que pudo hacer; con extrañeza de otras y por último, con verdadera y legítima indignación de las más.
Su admiración hacia la resistencia orgánica del alacalufe, no tiene límites; su asombro por lo que se podría hacer en beneficio de todos y no se hace, es grande. Su indignación por el trato que recibe el indio es justa.
El indio alacalufe debe librar una lucha verdaderamente increíble, para subsistir, para vencer a la naturaleza cruel que envuelve al medio en que vive.
Busca su pobre alimento natural, en el fondo de los canales y obra en forma que era ignorada aún por los más grandes investigadores. La india alacalufe bucea como no lo harían los mejores nadadores del mundo. Usa de medios de protección casi nulos: calentarse los dedos con el aliento, durante el corto espacio de tiempo que se da, entre buceo y buceo.
Puerto Edén, sus alrededores y sus indios, podrían ser motivo de atractivo turístico sin igual. "Si el mundo supiera algo de aquello, la corriente turística sería de enorme importancia", es un verdadero Edén… pero en él reina la maldad llevada a su grado extremo.
Y el señor Hammerly Dupuy, descubriéndonos un estado de cosas inconcebibles nos dice:

PIEL DURA

- Los indígenas refugiados en Puerto Edén, se llaman ellos mismo "Kaueskar". Este nombre significa "piel dura" (Kaues: piel; Kar: designación de todo lo que es duro). Piel dura para soportar el frío; piel que templan desde la más tierna infancia en el agua del mar.
Piel dura si, pero no alma dura; piel insensible al frío pero que no recurre a un espíritu indiferente. Esto es lo que han olvidado muchos loberos y choreros al dar a los indígenas un trato peor que a las bestias".
Sus palabras nos hacen reaccionar sorpresivamente; a pesar de conocer la poca atención que se le da al indígena, cuya verdadera situación se conoce a través de estadísticas y estudios concienzudos, que llenarían un estante enorme, no podíamos concebir que la barbarie contribuyese a su extinción.
- No sabíamos que existiesen enemigos del indio… hasta tal grado.

DESPOJO Y ROBO

- Los enemigos del indio desfiguran el carácter de éste. Pero si el indio supiera llegar hasta la prensa tendría mucho que contar.
- ¿Es acaso la víctima de despojos?…
- No solamente es despojado de las pieles de lobos y de nutrias, mediante asaltos que permanecen en la impunidad, sino que se los despoja de sus hijos y se lo priva de las libertades fundamentales que corresponden a la naturaleza humana.
- ¿Hasta tal extremo puede llegar el abandono en que se encuentran?
- Las armas de fuego paralizan al hombre considerado como primitivo y que sólo conoce el uso del arpón. El trueno del estampido de la pólvora, seguido del derrame mortal de la sangre, representa un poder demasiado enérgico para los que necesitan estar mucho tiempo al acecho para atrapar una nutria o un lobo marino.
- ¿Así es que no hay protección para ellos?…
- Los indios de Puerto Edén se hallan, felizmente, bajo la protección material de la aviación, que reparte en forma de alimentos los sueldos de cuatro personas entre ellos. Esta es una obra muy meritoria. Lamentablemente dicha labor pierde gran parte de su eficacia por el hecho de que en la misma bahía se instalaron cerca de un centenar de choreros, que atropellan contínuamente a los aborígenes.

BRUTAL ATROPELLO

Continúa nuestro interlocutor:
"Cuando las indias bogan en sus canoas, en plena bahía de Edén, los sátiros que se dedican a la pesca, barcos naúfragos, esperan que esas pobres mujeres se alejen entre las islas para producir el asalto infame a mano armada.
- ¿ ….?
- Las mujeres indígenas bucean totalmente desnudas para extraer choros de las profundidades del mar. Es un buceo arriesgado que las obliga a someterse a un frío casi torturador. Para huir del ataque sexual de los "civilizados" deben nadar rápidamente hasta la piragua abandonando sus ropas en la costa…
La huida precipitada no siempre da lugar a recoger a todas las compañeras. Pero la experiencia les ha enseñado que es preferible que la tragedia caiga sobre unas pocas que sobre todas, sin excluir a las niñas de corta edad. A la pobre víctima que queda rezagada, deben pasar a recogerla más tarde o al día siguiente.

CONSECUENCIA FUNESTAS

-Pero estas prácticas brutales deben tener consecuencias terribles…
-Las consecuencias de estos atropellos se hacen sentir en todos los órdenes de la vida del indio. La impiedad de los asaltantes desencadenan sobre los indios un trío demoniaco: enfermedad, hambre, muerte.
Enfermedades que arruinan a una raza y apresuran su extinción. Hambre de los aborígenes que se ven privados de sus derechos legítimos a la vida. Muerte bajo la ruca colectiva donde a falta de suficientes cueros para protegerse de las inclemencias de la región, tuvieron que recurrir a los cueros de varias familias para no quedar a la intemperie.

CLAMOR QUE DEBE SER OIDO

Termina el señor Hammerly Dupuy:
- El clamor del indio de los canales debe llegar hasta quienes puedan remediar esas condiciones que difícilmente tendrán parangón en cualquier otro lugar del planeta.
En las humildes chozas de los indígenas de los canales chilenos se llora de dolor e indignación. Las lágrimas de fuego corren dentro de las venas de una raza que se extingue sin ser defendida por quienes debieran ser sus hermanos mayores; los hombres blancos, que no siempre tienen un espíritu del mismo color…
Hasta aquí nuestra charla con el etnólogo suizo que ha llegado hasta nosotros para descubrir algo que sabíamos. La preocupación por el indio aborigen magallánico, ha sido mucha ultimamente: el color de su sangre; sus rasgos fisonómicos… antropología.
Y mientras se escriben libros científicos en los cuales se consignan los últimos datos recogidos entre ellos, el hombre blanco, brutal, les aprieta el cuello con el dogal de su barbarie civilizada.


El Caballero Andaluz


"NOTICIAS GRAFICAS DE MAGALLANES" 21 de mayo de 1947.

Recopilación Jorge Díaz Bustamante

miércoles, 1 de septiembre de 2004

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Mario Garay Pereira: Tierra de Alacalufes

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Domingo Guayanaco cometió un error, y fue por causa de las palabras que escuchó decir al piloto Jensen: el hombre que quita su mujer a un indio merece que lo maten como a un perro. Domingo Guayanaco era un indio altivo y celoso; halló que el consejo declaraba su derecho...
En esta interesante selección de cuentos alacalufes escritos por Osvaldo Wegmann en los años de su juventud se advierte, reiterada, una profesión de fe en la dignidad del hombre, la convicción profunda del autor de que el hombre es hermano del hombre. Y es bueno que los escritores lo afirmen siempre, siempre.
El trazo vigoroso, simple y verdadero de la narración, que está en la naturaleza de los escritores magallánicos prueba el oficio de Wegmann, su vocación literaria insoslayable y que tan buen fruto ha dado. Al lector le parece ver, sentir a esos hombres briosos y sus empecinados cúteres; escuchar la queja del concón en la noche gélida. Don Vicente Arteaga era un hombre bueno y rudo golpeado por la vida. ¡Un magallánico, y qué!... Aquel barquito sucio y ruinoso, con tantos años de vida marinera y el casco roído por la bruma. Hombres y barcos hechos para pelear con los huracanes.
El cúter con víveres llega y, allí, recelosa, lo está esperando una canoa con su cargamento de pieles de nutria. Es sabida la historia de la acumulación primitiva por la vía del trueque. Así conoció y sufrió el indio al blanco codicioso; el aguardiente y la espiroqueta hicieron el resto.
En todos los relatos de esta selección Wegmann nombra a un convidado de piedra: la Fatalidad; esta circunstancia revela el instinto de escritor. Nada de concesiones. Así, por ejemplo, Juanito, el hijo de la Kepayo, pierde a su padre blanco cuando más lo necesita; y al indio Chorchi, hermano de Mac Call, le impiden llevar una mujer blanca a la ruca, blanca como el padre que lo engendró.
De paso, el autor describe brevemente las cantinas del puerto, donde los marineros pierden - como diría Borges - "la cuenta de amores y de trucadas hasta el alba"; y donde alguno pontifica: el hombre de los canales ha de saber manejar bien el remo y la escopeta. Son hombres ásperos y sentimentales, que blasfeman y lloran, hombres que no saben fingir.
El lector verdadero lo que le interesa en un libro es el testimonio de vida que el autor da con su creación, el reflejo de la realidad viva en su conciencia, sea de la manera que fuere, siempre con su estilo. En estos cuentos de Wegmann el lector percibe un apasionado mensaje de fraternidad, de amor y respeto hacia esos hombres, civilizados o salvajes - ¡Dónde está la diferencia! -, inexorablemente abatidos por la codicia, el infortunio... y la esperanza que en todas las latitudes, en las tempestades y los hielos, nunca dejará de florecer.
Wegmann estuvo acertado al reeditar esas narraciones escritas hace cuarenta años, "en su mocedad de navegante". Perduran, y esto prueba su valor literario. Hacen sentirse al lector tan cerca de su tierra, aunque al cabo de la última página suspire: "¡Queda lejos Punta Arenas!".

Ref: Osvaldo Wegmann H. TIERRA DE ALACALUFES (cuentos). Talleres Gráficos R: Marangunic. Punta Arenas, 1981, 200 pp.











sábado, 14 de agosto de 2004

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Una raza se extingue en los Canales del Sur

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CUANDO los vapores de las líneas de navegación de Magallanes al Norte viajan por los canales Sarmiento, Inocentes, Wide y Messier, hasta salir al Golfo de Penas, frente a las islas de Guayaneco, entre el paralelo 48 y el 53 de latitud Sur, se encuentran a menudo con los últimos representantes de las tribus de alacalufes. Son indios que vagan en canoas, pequeños de estatura, tienen ojos oblícuos y facciones mongólicas, pómulos salientes y dientes fuertes y marfileños. Es difícil encontrar ancianos entre ellos, porque no llegan a una edad avanzada.
Cuando Juan de Ladrillero, el célebre piloto español, fue a tomar posesión del Estrecho de Magallanes en nombre del Rey de España (1557), se encontró con estos indios, y en los relatos de su viaje hizo escuetas descripciones de los aborígenes. En un estudio etnográfico que realizó, los clasificó en cuatro tipos: alikhoolip, pecheray, huemul y chonos. Convivió con ellos y estudió a fondo sus costumbres y dialecto.
El orígen etnológico del nombre no se ha esclarecido con exactitud. Fitz Roy, el célebre navegante inglés que realizó estudios hidrográficos en los canales del sur chileno (1826-36), los llamó alikhoolip, que proviene de una palabra pronunciada a menudo por ellos y que sería la invocación de una divinidad. Sin embargo, sabemos que estos indios no tendrían ideas religiosas y damos más crédito a la otra suposición, que dice que la etimología proviene del dialecto alacalufe: aliculip, que significa "indios en canoa".
Los alikhoolip y huemul están totalmente extinguidos. Sólo quedan algunos individuos de los pecheray y chonos, a los que se denomina alacalufes. Según estudios realizados por el explorador De Agostini, tienen éstos los mismos caracteres étnicos y el mismo dialecto con breves diferencias.
Los indios alacalufes han dado motivo de preocupación a muchos etnógrafos, por cuanto les es imposible aseverar de donde proviene esta raza. Sus facciones mongólicas hace suponer esta ascendencia, pero no se explica cómo hayan llegado a esta parte austral del continente. Además, son atrasadísimos y al contrario de otras tribus indias, no tienen idea religiosa alguna.
Una gran intuición los guía por los canales y las islas que conocen profundamente. Sus observaciones meteorológicas son casi siempre exactas, y adivinan con mucha anticipación el tiempo. Son hábiles marinos traficando en sus débiles canoas primitivas por la peligrosa región de los canales. Para contar se valen de escasos números. Pero tienen idea de orientación. Tal es así que designan los vientos con los nombres de los cuatro puntos cardinales, o sea: acúlator, viento Norte; aculahia, viento Sur; sectíser, viento Este, y acatícser viento Oeste.
Los alacalufes se alimentan con choros, carne de ballenas que llegan a morir a las playas y pájaros que cazan con gran habilidad. Como no disponen de medios es difícil que pesquen. Las últimas tribus viven en contacto con los civilizados. Los cazadores de nutrias le dan armas y municiones como así mismo víveres, a cambio de las pieles, lo que da motivo a una inícua explotación.
Los tripulantes de los vapores, a menudo les dan ropa y provisiones. Por eso, los barcos siempre los sorprenden en las rutas de los canales, donde ellos los esperan. La vista del buque es saludada a gritos: ¡imássi!, como ellos llaman al vapor.
Los últimos descendientes de las tribus alacalufes se extinguen entre el laberinto de los canales australes.
Nosotros los hemos visto abordo, miserables en sus canoas; las mujeres harapientas con sus hijos desnudos. Sin embargo, ríen las indias mientras los críos lloran. Es el llanto de una raza que se va extinguiendo entre los bosques y las islas autrales. Porque hace tres siglos los alacalufes eran siete mil y hoy son apenas 130 seres infelices que en el laberinto inextricable siguen viviendo su existencia nómade, aventurera y primitiva

Osvaldo Wegmann

jueves, 15 de julio de 2004

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Osvaldo Wegmann: Los indios Alacalufes

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BREVE ESTUDIO DE SUS COSTUMBRES, IDEAS Y SUPERSTICIONES.-
ASCENDENCIA Y ETIMOLOGIA.- CENSO DE INDIVIDUOS.-OBSERVACIONES
DE JUAN LADRILLERO.- ALGUNAS PALABRAS DE SU DIALECTO.

Los antiguos navegantes que exploraron las regiones de la Patagonia Meridional, entre ellos; Ladrillero, Fitz Roy, Cortés Ojeda y tantos otros, encontraron a su paso por los canales magallánicos, numerosas tribus de nativos, que más tarde se denominaron alacalufes.
Los alacalufes son indígenas que habitan actualmente los canales desde el paralelo 48 hasta el 53 de latitud Sur. Son individuos morenos de tipo mongólico, ojos oblícuos, pómulos salientes, dentadura blanca y fuerte; son pequeños de estatura. El Padre Agostini, conocido explorador salesiano, dice en una de sus obras, que su estatura media es de 1,66 mts. sin embargo, en la actualidad son escasísimos los que alcanzan a medir un metro sesenta.
El aspecto de los alacalufes es de individuos enclenques. Caminan con las piernas encogidas, tal vez por criarse sentados en las canoas, y tienen el vientre saliente y abultado, que es característica casi general en ellos. Sin embargo, se encuentran tipos bien formados, que ya no son indígenas puros. Son híbridos, hijos de cazadores de nutrias, pescadores o marineros.
Cuando los vapores de la línea de navegación de Magallanes al Norte viajan por los canales: Sarmiento, Inocentes, Wide y Messier, hasta salir al Golfo de Penas, por las cercanías de Isla Guayaneco, se encuentran a menudo con los representantes de estas tribus alacalufes. Son escasos ejemplares, que andan en sus canoas hechas de troncos de árboles, o a veces en chalupas que les proporcionan los blancos.

OBSERVACIONES DE JUAN DE LADRILLERO

Cuando Juan de Ladrillero, el célebre piloto y sabio español fue a tomar posesión del Estrecho de Magallanes en nombre del Rey de España (1557) se encontró con estos indios, y en los relatos de sus viajes hizo escuetas descripciones de los aborígenes. En un estudio etnográfico que realizó, los clasificó en cuatro tipos: aliculip, pecheray, huemul y chonos. Convivió con ellos y estudió a fondo sus costumbres y dialectos.
En una de sus descripciones, Ladrillero dice:
"La gente que hay en esta ensenada (Seno Eyre) son indios pescadores de mediano cuerpo y mal proporcionados. No tienen sementeras, manteniéndose de pescados, mariscos y lobos marinos que matan, y otras veces los asan. No tienen ollas ni otras vajillas ni se ha hallado sal entre ellos. Son muy salvajes y sin razón.
"Andan mal vestidos con los cueros de lobo y otros animales, con que se cubren las espaldas y caen hasta las rodillas, y una correa que les atan al pescuezo a manera de liquiras que traen los indios del Cuzco.
"Traen sus vergüenzas de fuera sin niguna cobertura. Son de grandes fuerzas. Traen por armas unos huesos de ballenas a manera de dagas, y unos palos como lanzuelas mal hechas. Andan en canoas de cáscaras de cipreses y de otros árboles. No tienen poblaciones ni casas, sino que hoy aquí, mañana en otra parte, y donde quiera que llegan llevan unas varillas delgadas, las cuales ponen en el suelo, y con corteza de árboles, que en las dichas traen, hacen sus casillas chicas, a manera de ranchos en que se meten y reparan del agua, del hielo y de la nieve".

ETIMOLOGIA

El origen etimológico del nombre de los alacalufes no se ha precisado con exactitud; pero tenemos suposiciones y bastante fundadas. El navegante inglés Roberto Fitz Roy que durante los años 1826-36 realizó estudios hidrográficos en los canales del Sur chileno, los llamó alikoolip como se denominaban ellos mismos; el nombre proviene de una palabra que pronunciaban a menudo, y que sería la invocación de una divinidad. Sin embargo conocimos a los nativos y no hemos advertido que tengan ideas religiosas. Estimamos más verídicasotra suposición sobre el origen de su nombre: aliculip, que significa "indios en canoas".
Fitz Roy los clasificó en cuatro tipos, usando los nombres con que ellos mismos solían distinguirse; o sea: tekeenikas, alikoolip, oens y pecheray. En esta clasificación entran también los indios que habitaban los Senos de Skiring y Otway, cercanos a la península de Brunswick, en el Departamento de Magallanes, y otros aún que vivían más al Sur.
Más aceptación ha tenido, al parecer, la clasificación de Ladrillero, que se refiere a los verdaderos alacalufes, o sea a los que habitaron los canales y las islas de Última Esperanza al Norte, hasta el Golfo de Penas y Aysen. De estos cuatro tipos, aliculip, pecheray, huemul y chonos, que ya hemos mencionado se extinguieron totalmente los aliculip y los huemul; sólo quedan los pecheray y chonos, a quienes se denomina generalmente alacalufes. Según observaciones del explorador salesiano Alberto M. De Agostini, tienen éstos los mismos caracteres étnicos y el mismo dialecto, con breves diferencias.
Convenimos en las apreciaciones del mencionado explorador, por cuanto hemos observado que en tribus, familias o grupos distintos, se habla el mismo dialecto con algunas diferencias, lo que se observará más adelante, al conocer algunas voces del raro lenguaje de estos indios.

ASCENDENCIA

Los alacalufes han dado motivo de preocupación a muchos etnógrafos, por cuanto les es imposible aseverar de dónde proviene esta raza. Sus facciones mongólicas hacen suponer esta ascendencia; pero por otra parte no se explica cómo hayan llegado a esta parte tan austral del continente. Además, contrariando lo de otras tribus, son atrasadísimos y al parecer no tienen ideas religiosas.
Sobre este tema no podemos dar mayores datos, por cuanto los indios con quienes hemos tratado, han sido todos un poco civilizados y rehacios a referirse a sus costumbres primitivas. Sin embargo una vez tuvimos oportunidad de conocer un nativo que nos hablaba de su raza. Le preguntamos sobre sus ideas religiosas y nos contestó que no las tenían. Los indios viejos no hablan de esas cosas, y al parecer no conservan las tradiciones religiosas, si es que han tenido estas ideas.
El nativo a que nos referimos nos habló de las supersticiones de los indios. Nos dijo que si un lobo marino seguía a una canoa o a una chalupa en su viaje por el mar, era mal agüero. Agregó que los indios lo tenían por experiencia, porque cada vez que un lobo perseguía a una embarcación, era el anuncio de muerte de uno de sus tripulantes. Lo mismo pensaban cuando un lobo bramaba en los peñones. Era anuncio de alguna fatalidad.

CREENCIAS RELIGIOSAS

Volviendo al tema de las ideas religiosas de los alacalufes recordaremos lo que dice el R.P. Alberto de Agostini, en su libro "Mis viajes a la Tierra del Fuego", refiriéndose a las observaciones de otro misionero, el padre Borgatello:
"Los alacalufes creen en efecto en un ser bueno, invisible, que llaman en su lengua alep-láyp o según otros arca kercis al cual le dan las gracias cuando a causa de un naufragio reciben copioso alimento, o cuando una ballena va a morir sobre la playa. Prestan fé también a un ser malo: alel cesislaber o taquatú ser grandísimo que navega día y noche con una gran canoa, o anda por las florestas y las montañas, llevándose a las personas que encuentran a su paso. Creen en la vida futura, donde los espera si son buenos, un delicioso bosque, aves y pájaros, moluscos e innumerables focas, y si son malos, un pozo profundo, obscuro, lleno de sangre del que no pueden salir".
Es muy probable que estas creencias las hayan tenido en los tiempos del Padre Borgatello, y entre los indios pecheray y huemul, que habitaban la parte central del Estrecho de Magallanes y las ensenadas al Oeste de Brunswick; pero los chonos, que vivían en los canales del Norte, hasta el Cabo Tres Montes y que son los últimos alacalufes, precisamente los que hemos conocido, nada hablan de estas ideas religiosas. Las creencias a que se refiere el Padre Borgatello existirían entre las tribus desaparecidas.

SUS HABILIDADES

A pesar de que no son muy habilidosos, tienen los alacalufes grandes condiciones de marinos, y una gran intuición los guía por los canales y las islas del archipiélago que conocen perfectamente. Sus pronósticos meteorológicos son siempre exactos, pese a que no tienen conocimientos teóricos de la ciencia que estudia la lógica del tiempo. Son hábiles marinos traficando en sus débiles canoas primitivas, por la peligrosa región de los canales. Para contar se valen de escasos números. Pero tienen idea de la orientación. Tal es así que designan los vientos con los nombres de los cuatro puntos cardinales: acúlator, viento Norte; aculaia, viento Sur; Sectiser, viento Este, y acticser, viento Oeste.
Los alacalufes se mantienen con choros, carne de ballenas que llegan a vararse en las playas, y pájaros que cazan con gran habilidad. Como no disponen de medios es difícil que pesquen; pero ahora que la mayoría de los que quedan viven con los civilizados, consiguen utensilios, como anzuelos, lienzas, etc.
Para cazar tienen puntería formidable, cuando usan armas de fuego. Esto es entre los que viven con los blancos. Pero entre los que siguen todavía su vida primitiva, se puede adveritr astucia para cazar pájaros. Los cazadores de nutrias han contado como los indios capturan los pato quetros (micropterus cinereus). Arreglan un palo largo, generalmente de ciprés, y en la punta le hacen un lazo con hebras de junquillo trenzado. Entonces esperan las noches claras y se deslizan por las piedras a la playa, donde con ramas improvisan una especie de trinchera tras la cual se esconden. Allí, con una paciencia increíble esperan la llegada de los quetros y los atraen utilizando su castañeo.
Es tan perfecta la imitación que hacen los indios que los mismos quetros se alarman y nadan en dirección a la playa, hacia el imaginario compañero que grita. Entonces el indio comienza a estirar disimuladamente el palo con el lazo, y cuando la víctima está cerca, la coge del cogote. Después es más fácil la captura, porque a ese quetro le sacan los ojos y lo amarran en una pata, dándole un poco de soga para que se introduzca en el mar. El quetro grita en el agua y comienza a nadar en círculo, aleteando. Los demás quetros creen que se trata de una pelea y se acercan a participar en ella. Es la hora en que el alacalufe estira su vara con el lazo y coge otro.
Una vez que han capturado una nueva presa, se comen el pájaro ciego y le sacan los ojos al otro, para que sirva de sebo en futuras cacerías. Mientras tanto el quetro muerto es pelado o desplumado con paciencia, ensartado en una vara larga y asado lentamente en la fogata. Luego los indios comen hasta quedar ahítos.
Los alacalufes de hoy día viven casi todos con los blancos. Ultimamente muchos de ellos han sido civilizados por el misionero salesiano R.P. Federico Torre. Sin embargo cuando el padre Torre se ha ausentado una breve temporada de ellos, han vuelto a su vida errante absorbidos por el atavismo. Muchos viajan en las chalupas con los cazadores de nutrias, otros en los cúteres de los cazadores de lobos, y algunos trabajan en estancias o puestos de los pequeños colonos. Conocemos a varios tan civilizados, que han vivido en las ciudades confundidos con sus habitantes. Unos han ido a la escuela, saben leer y escribir y hasta practican deportes militando en los clubes.
"Todos los alacalufes de los canales son susceptibles a ser ciudadanos útiles a la Patria", ha dicho el R. P. Federico Torre, y en esto expresa una gran verdad, porque se ha probado que no son tontos, aunque un poco atrasados, y que mediante la instrucción se puede hacer de ellos ciudadanos útiles.
Los últimos indios que habitan por los canales son muy diferentes a los de algunos años atrás. Es porque el contacto con los civilizados los ha cambiado y transformado en tipos más vivos. Tal es así que hoy día tienen muchas costumbres de los blancos y han olvidado sus propias tradiciones. Este es el motivo por el cual se difiere tanto en la descripción de sus costumbres.

SUS MATRIMONIOS

De diversas maneras se refieren exploradores y misioneros, a la forma en que los alacalufes realizan sus matrimonios. Algunos le atribuyen una ceremonia. Otros dicen que simplemente se ponen de acuerdo y se unen para vivir.
El Padre Torre declaraba una vez al respecto:
"Un marino que los vió me refirió como se hacen los matrimonios. La novia a una distancia de tres metros está parada delante del novio, quien moviendo con ambas manos un trapo que lleva extendido ante sus ojos, se va lentamente a ella cantando: "canú... canú... canúa..." mientras la novia soríe. Cuando está cerca la toma de una mano, da un fuerte tirón y ambos se declaran mutuamente casados. No obstante, al narrar esto a algunos indios de Puerto Edén, se rieron a carcajadas. Uno de estos indios, llamado Santiaguito, me contó un casamiento de un modo parecido, y después me confirmó la falta de ceremonia otro alacalufe llamado Virgilio".
Pues, así como los mismos alacalufes difieren en sus explicaciones referentes al matrimonio, o ceremonia de casamiento, así también se contradicen al tratarse de sus ideas religiosas, llegándose a la conclusión de que hoy día gran parte son cristianos, porque los misioneros salesianos les han enseñado a creer en Dios.

CENSO DE INDIOS

Refiriéndose al número de alacalufes, daremos la cifra calculada por el Misionero Federico Torre S. S., en 1942 en que a principios del año contó 136 individuos. Poco tiempo antes, en un viaje por los canales un cazador de nutrias y un indio nos confirmaron que eran casi doscientos, cifra tal vez más exacta, suponiendo que algunos grupos andan aún errantes, sin que el misionero los haya podido recoger para contarlos.
Por lo visto la raza acalufe tiende a desaparecer definitivamente. Esta suposición tiene su base en que a medida de los años se extinguen los indios en forma alarmante. Veamos lo que dicen al respecto algunos escritores y exploradores: Subercaseaux, en su "Chile o una loca geografía" dice que los alacalufes hace tres siglos eran 70.000 y que hoy día son 300. Estimamos que la cifra es un poco exagerada, aunque desconocemos el origen del dato. No sabemos tampoco si en la fecha que escribió su libro había esos 300 indios.
Por su parte el Padre Agostini dice en "Andes Patagónicos", un libro sobre sus exploraciones, que a mediados del siglo XIX había más de tres mil alacalufes, y que en 1940 el Padre Torre contó 126. El misionero inglés Tomás Bridges en el año 1880 calculó que había tres mil indios alacalufes, y dijo que en 1900 se había reducido a mil solamente. Por lo tanto, hay gran diferencia entre las épocas aproximadas de los diferentes cálculos, y sólo puede esclarecerse que los indios van disminuyendo en forma alarmante. A esto ha contribuído en los últimos años las enfermedades de trascendencia social con que los han contagiado los blancos. Por fortuna en la Base Aérea de Puerto Edén hay quien se preocupa de curarlos.

EL DIALECTO

Lo que al parecer no ha preocupado a los exploradores modernos es el estudio del dialecto alacalufe. Hemos tenido oportunidad de aprender algunas voces de ellos, durante viajes por los canales australes. En cortas estadías por caletas e islas, hemos tenido tiempo suficiente para entrar en amistad con ellos, infundirles confianza y permitir que nos enseñen algo de su dialecto.
El vocabulario alacalufe es escaso. No se nota conjugaciones al hablar. Muchos objetos conocidos reciben los nombres con que los denominan los blancos y a otros les han puesto nombre en su dialecto, derivados generalmente de palabras del idioma inglés. Hay numerosas palabras que pronuncian distintas, aunque de modo parecido, lo que evidencia la opinión del Padre Agostini en el sentido que los tipos pecheray y chonos, sobrevivientes de esta raza, tienen los mismos caracteres étnicos y el mismo dialecto con breves diferencias.
A modo de ilustración copiaremos seguidamente algunas palabras del dialecto alacalufe, las más usadas y conocidas:

Araña, cachaima
¿ A dónde?, ¿aquiáhua?
Aquí está, quianobutá
Azúcar, inchepas
Agua, chafalay

Aquí, chichil
Apúrate, quistét
Aguja, cacasqui

Bota, huotta
Bigote, afqueschec
Bote, aschá, cerro
Bonito, láyep
Bueno, láyep
Borracho, quepágner.
Boca, serriqueti
Brazo, terhua
Bufanda, calfapán
Buey, yáureston
Ballena, hualáman

Caballo, urrac
Choros, cápoco, accahué
Chaguio, hayar
Chimango, chía-chía
Canal, bustáiser, callóp
Cuchillo, afuchasque, tecahua
Calor, apán
Canasto, chipas
Cachimba, talascar
Coipo, quiyayo, tallacastád
Ciervo, iquichal
Cuero de nutria, talte quehuos
Cuero de lobo, aloxes quehuos
Carpa, aot
Chiquillo, piquinini
Comer, diffniac
Cargas remo, arcápasi
Caerse, chacanaha
Cuidado, ahuácas
Chico, equent
Caliente, ahuáner
Correa, quiriquina
Chaqueta, cutcui, spicaer
Chalupa, áyep
Cigarrilos, yiscori, yirrecúrreux
Camisa, ahuélacai
Carne, chahuálchuc
Cuero, cuere, quehuos
Comida, aschacai
Capa, acapena
Correr, quekháyuc
Compañero, cuchalacsin
Dormir, calepina
¡Déjate!, ¡anáhua!
Dientes, afuserri
Dolor, háaf
Dulce, metchactacariel
Dos, bux
Erizo, iháfta
Estrella, chalasoy

Frío, quisác
Fuego, afschar
Fósforo, falla
Flojo, k'tchay
Guayrabo, cutéyen
Gaviota, cálac
Gordo, cachalaqui
Grande, arralai
Gorra, yennac

Hacha, cariasqui
Hambre, quihuás
Humo, quirrá
Hediondo, actási
Huevos, yoves
Hombres, akschenes

Irse, irfelay
Islote, lék car
Indio, indiano

Jabón, acuaske
Luna, alaluc
Lobo de un pelo, alovitche, alcáf
Lobo de dos pelos, arcachif
¡Oye! (llamado), ¡ecua!
Legañoso, ahuórc
Luego, iatta
Leña, afuchar

Mañana, ascual
Medias, catar
Mano, tarrahuá
Mujer, schatap
Mirar, láiyescar
Morir, tahuasalúl
Muchos, áttales
Mujer, afuchóc

Nutria, lalte
Nalca, arracai
Niña, ochác
Nada, cáhuel, kép, nana
Nariz, nuss
Nieve, inchepas (igual que el azucar)
Noche, ac'quehaué

Oveja, buchi
Ojos, tass
Oreja, cahué
Olla, picóss

Pelea, attás
Pescado, querequestá
Pájaro, cayesca
Pantalón, queutpec,quiuspicser
Perro, quiero, queuro
Porquería, ahuork
Pelo, ayuco

Papas, coinas
Pingüino, cacác

Quetro, cárbus
¿Qué cosa?, ¿acuásqui?
Rifle, sesnequequicuar
Ropa, ahuéllacai
Remar, yénimocuar
Remo, yémmoc
Ratón, uschuá

Sol, aihéloc
Seco, chala
Sangre, caplay
Señora (esposa), afuehóc

Tabaco, tálac
Tiro, (cartucho) tappónac
Tomar (beber), chirác
Tierra, iautépcha

Uno, taxo
Vapor, immási
Vino, afchacoráf
Viejo, ohuiquép
Ver, layéscar
Vela, alaxón

Zapato, chppatto.

NOTA :Entiéndase la h aspirada como en el idioma inglés. Igualmente para leer la sch el alemán. Es difícil escribir correctamente el dialecto porque tienen pronunciación muy distinta al idioma nuestro.
Tienen los alacalufes muchísimas palabras malas, como groserías, a las que son muy aficionados.


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