jueves, 12 de febrero de 2009

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Augusto Alvarado: El Guatón Abdala

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(Historia de un represor)


A la memoria de César Oyarzo Vivar

Qué bueno que viniste, cabrito. ¿Cuánto tiempo pasó? ¿31? ¿32? Una punta de años, laputamadre. ¿Qué quien carajos soy? ¿No te acordai? Cuando nos conocimos, hace como cincuenta años, me decían el amordetodas. Algunos, un poco más jóvenes, me conocen como el guatón abdala y los más pendejos me conocen, simplemente, como el huevón de la silla de ruedas. Soy el tom cruise de este pueblo de mierda. ¿Qué? ¿No te acordai de nacido el cuatro de julio? Un pendejo, tom cruise, va a pelear a vietnam como voluntario. Está convencido que va a defender a su país, un estilo de vida, la democracia y la libertad. No le va bien, le meten un par de balazos y vuelve a estados unidos hecho una piltrafa, paralizado de la cintura para abajo. Lo tratan como el culo en un hospital de veteranos y el gil poco a poco va entendiendo que la guerra no es lo que creyó que era. Encima tiene una minita que le comienza a llenar la cabeza de historias contra la guerra. Le empieza a dar al trago y a la droga, va a méxico donde conoce a otros veteranos de guerra hechos mierda. Bueno, tú sabes cabrito, seguramente viste la película, el tom cruise termina siendo un luchador contra la guerra, un defensor de los derechos de las minorías y ahí termina la historia. Por eso digo que soy el tom cruise de este pueblo de mierda porque como ves, cabrito, yo también estoy en una silla de ruedas, no me hirieron en vietnam aunque también tuve mi guerra y quiero contártela capaz que tú cabrito puedes escribir mi historia, o hacer una película, queseyo, tal vez te interesa... Total, no se pierde nada.

(Cuando te ví el otro día caminando por las calles del pueblo después de tantos años me puse contento cabrito, pensé que mi vida otra vez tenía sentido, no me vas a creer, creo que he vivido estos últimos años en esta puta silla de ruedas para esperarte, para contarte, para que sepas, cabrito, que nunca te fallé, para que todos en este pueblo de mierda conozcan la verdadera historia del guatón abdala).

Bueno, como te decía, en algún momento de mi vida me decían el amordetodas. Y a mí me gustaba el apodo porque yo era pintón, ganador, me peinaba con gomina y brillantina, buen bailarín y sobre todas las cosas, un buen deportista. En invierno, que en este pueblo va de abril a septiembre, jugaba al basquet. Cómo hacíamos, no sé. Jugábamos con unas pelotas de cuero enormes, decían que eran número seis, parecían sandías y para picarlas era necesario hacer malabarismos. No había tele, ni cable, ni radios había, ni enebea, ni ligas europeas, nada. Cómo aprendíamos, ya te dije, no sé. Yo tenía mis ventajas, un buen estado físico (en ese tiempo no fumaba ni tomaba), era rápido para las bandejas y tenía buena puntería en lo que ahora llaman tiros de dos puntos. También era bueno para los tiros libres. Con eso bastaba para estar entre los mejores. Y fue más o menos en esa época que te conocí. Porque entrenábamos en el único gimnasio del pueblo y siempre costaba un triunfo juntar diez para hacer por lo menos dos equipos de cinco y practicar como la gente. Y ahí estabas tú, cabrito, con tus amigos, al costado de la cancha esperando que los inviten a jugar. Eran más chicos, diez o doce años menos que nosotros, pero eran empeñosos, no tenían miedo y jugaban bien, por algo se lo pasaban todo el día en el gimnasio. Tenías un lindo lanzamiento, en suspensión le llamaban entonces, tirar al aro con la pelota bien arriba de la cabeza después de tomar impulso y saltar como los dioses. Y la metías seguido, la metías. Fue entonces cuando me encariñé contigo, cabrito, no sé por qué, sería porque no tenía hermanos, ni más chicos ni más grandes, era un amordetodas que estaba muy solo en este mundo. Yo siempre decía, y te juro que no sé por qué, a este campeón lo voy a cuidar, le voy a enseñar los secretos del basquet y los secretos de la vida a este cabrito decía yo.

Después venía la temporada de fútbol y yo también jugaba, cómo no iba a jugar si era todo un atleta, y por supuesto jugaba de arquero, el puesto más difícil, el más arriesgado, solo para valientes. Era bueno y tenía mucha suerte, un culo más grande que una casa decían los muchachos, si yo no la atajaba estaban los postes, el travesaño, alguna pata salvadora de un defensor... Con decirte que un par de temporadas entregué el arco invicto... Pero todas las bellas historias terminan algún día, cabrito, y una vez a los dirigentes del fútbol se les ocurrió traer al colo-colo, el primer equipo profesional que pisaba los potreros del pueblo. Nueve goles me comí cabrito, sin saque, y eso que no vino el chamaco valdés ni el cua-cua hormazábal.

Entonces yo dije que a esta huevá no juego más, ningún arquero, ni siquiera el amordetodas, puede llevar nueve goles sobre sus espaldas, en un solo partido. impunemente. Y colgué los chuteadores, cabrito. Así nomás, de un día para otro y para siempre.

Pero sabes donde me hice famoso, y donde llegué a ganar unos pesos, fue en las peleas, en el box, porque no le tenía miedo a nada y ya te dije, era un atleta de tiempo completo, nada de trago ni cigarrillos.
Claro que no me gustaba pelear con los gallos del pueblo, eran todos conocidos, así que siempre les gané por puntos, nunca noquié a nadie.

Pero que no me trajeran a alguno de otro lado, aunque fuera del pueblo más cercano, los cagaba a tortazos, siempre gané por nocaut y si era argentino, mejor que mejor, porque ahí sí que me salía el indio. Se me inyectaban los ojos de sangre decía un viejo borrachín que escribía en el diario del pueblo. Y fué con un argentino que terminó mi carrera de boxeador, cabrito. Era un mendocino que trabajaba en la mina de carbón, puro músculo el desgraciado, ligero de piernas, rápido con las manos aunque no pegaba fuerte.Tenía una vista de lince el cuyano.

Pactaron una pelea a ocho rounds, no sé por qué, siempre eran a cinco o diez vueltas. Ocho rounds y no pude ponerle ni una sola mano al maricón ése, esquivaba todo cabrito, y cada vez que yo pasaba de largo con mis golpes me mostraba la cara y se reía el muy hijo de puta. Se burlaba del amordetodas en su propia casa, en su propio cuadrilátero.

La gente me apoyó más o menos hasta el cuarto o quinto round, dale guatón me decían los más viejos, pégale en la bodega amordetodas, gritaban los más jóvenes. Hasta la canción nacional tocaba la banda de música del regimiento, que siempre acompañaba las veladas boxísticas como acostumbraba a decir la gente. Y empezó a ocurrir algo extraordinario, creo que a partir del sexto round. Cada vez que yo pasaba de largo con mis gualetazos la gente gritaba ole, ole y aplaudía al mendocino, laputamadre, nunca pensé que podría pasarme algo semejante, fueron los tres últimos rounds que pelié en mi vida cabrito, todavía tengo el ole en mi cabeza y el puto mendocino que se burlaba y la banda que tocaba adiós al séptimo de línea, la cucaracha y los viejos estandartes. Y el cuyano me punteaba y me punteaba, no pegaba fuerte pero me dejo el hocico como una albóndiga y los ojos chiquititos y cuando escuchaba los ole, ole, por primera vez en mi vida de boxeador quise levantar el brazo y abandonar pero el chileno no se rinde mierda y la banda del regimiento tocaba sin muchas ganas la canción de yungay cuando terminó la pelea y yo dije hasta acá llegó tu carrera pugilística amordetodas me dicen al pasar.

Habrá sido porque no me rendí, porque no levanté la mano, porque no aflojé, que un par de días después vino a verme el jefe del regimiento en persona, un coronel, usted es un buen chileno abdala, me dijo, un patriota, y yo vengo a ofrecerle un lugar en el glorioso ejército de o'higgins. Hombres como usted necesita la patria, me dijo, y yo me puse a lagrimear y a hacer pucheros y en ese momento comprendí que la carrera artística del amordetodas se terminaba y que empezaba la verdadera vida del ciudadano chileno germán abdala, en adelante el guatón abdala, de la gloriosa clase del treinta y seis.

Y fue más o menos por ahí, el sesenta y tres o el sesenta y cuatro que te perdí de vista, cabrito. Cuando cambió mi vida en ciento ochenta grados. Un sueldito todos los meses, no era mucho, pero era un sueldito. Un uniforme con los galones de cabo. Las reverencias de los soldados conscriptos, permiso mi cabo, buenos días mi cabo, buenas tardes mi cabo, buenas noches mi cabo, permiso para ir al water mi cabo. No era instructor, era un cabo contratado, un poco más que ellos nada más, pero qué mierda sabían esos conscriptos ignorantes que venían casi todos de chiloé. Trote carrera marrr mierda y los pelados salían disparando. Encima me casé con mi antigua novia, el amor de mi vida. Mientras yo me dedicaba al box, la milonga y el hueveo ella se recibía de profesora en la escuela normal de ancud. ¿Qué más podía pedirle a la vida, cabrito? Sí, tienes razón, siempre hay algo que las caga, la mosca en la sopa, el pelo en la leche. Me integraron a la banda del regimiento, la que tocaba la cucaracha cuando el cuyano me sacaba la lengua. La banda de la noche
triste. ¿Sabes para tocar qué, cabrito? Los platillos, la puta madre que los parió. ¿Puede haber algo más degradante, digo yo, que tocar los platillos en una banda? Aunque pensándolo bien hay algo peor, tocar el bombo. Y cuando el colifato villegas estaba de vacaciones o se enfermaba me mandaban a tocar el bombo carajo, eso sí que era degradante, cargando la mole esa por las calles los domingos en la plaza, transpirando como un energúmeno. Y las retretas vespertinas y los actos escolares y las autoridades militares que nos visitaban y las autoridades civiles que también nos visitaban y yo dale que dale con el bombo y los platillos meta que la tumba serás de los libres o el asilo contra la opresión carajo.

Después dejé de hacer deportes y me puse a tomar como un infeliz y a comer como un chancho y a fumar como una luciérnaga y me empezó a crecer una guata descomunal, una guata que no nacía debajo de las tetillas como todas las guatas, la mía comenzaba en la base del cuello, era todo un tronco prominente y de ahí, como te imaginarás cabrito, empecé a ser definitivamente el guatón abdala, el chancho abdala, el charchetudo abdala.

Aunque cada día me gustaba menos la huevada esa de ser milico, cabrito. Pelar papas en la cocina, limpiar la bosta en las caballerizas, hacer uno que otro mandado, ensayar y ensayar las mismas putas marchas todos los días. Comer, cagar y dormir era la consigna. Paciencia guatoncito me decía mi mujer, ya vendrán tiempos mejores. La patria espera todo de ustedes nos arengaba el coronel todos los domingos mientras nosotros, los pelotudos de la banda,
tocábamos una y otra vez el himno nacional puro chile es tu cielo azulado mierda puras brisas te cruzan también.

Y de repente todo cambió, cabrito, de la noche a la mañana, tenía razón mi mujercita querida, por algo había estudiado la flaquita. Un martes de septiembre del setenta y tres nos levantaron a los gritos a las tres de la mañana, arriba los soldados de la patria carajo, nos vamos a tomar el pueblo porque a partir de hoy vamos a ser gobierno, se acabó la tiranía viva chile mierda. Abdala, villegas y tres soldados con el teniente márquez a un jeep armados hasta los dientes ordenaba el capitán piluso, los demás arriba de los camiones en cinco minutos y viva la patria mierda.

Llegamos al pueblo a las cinco o seis de la mañana, estaba oscuro y hacía mucho frío. Creo que había nevado y todo, en septiembre, cabrito. Toda la plaza estaba rodeada de camiones, jeeps, soldados en los techos, todos apuntando al edificio de la gobernación y a los principales edificios públicos. Gritos, órdenes, nerviosismo, puede haber resistencia armada nos había dicho mi coronel cuando arengó a las tropas en el regimiento. Pero no pasaba nada, todo tranquilo en el pueblo, abdala y villegas consigan un tacho vacío de doscientos litros y hagan fuego nos dijo piluso, tres soldados conmigo a la municipalidad agregó y al rato empezaron a bajar con libros, libros y más libros de la biblioteca municipal, vayan quemando toda esta mierda dijo piluso y yo con el colifato villegas meta quemar carajo, libros chicos, medianos, gordos, enciclopedias, diarios, mapas, lo que cayera viejo y como las ocho de la mañana apareció una flaquita de rulos que era la bibliotecaria, bastante buena la flaquita, y nos empezó a gritar, cavernarios, decía, el pensamiento no se multa ni se encarcela, pero lo estamos quemando le dije yo, y apareció mi suboficial mayor morales, el perro le decían, y le encajó una reverenda patada en el culo a la flaquita y no te quiero ver más por acá le dijo, te fuiste y la flaquita de rulos se fue llorando y nunca más la volví a ver. El colifato villegas sabía de libros y les decía a los soldaditos tráiganme uno de neruda muchachos y si encuentran alguno de gabriela mistral también, arden lindo esos libros porque están hechos con papel de arroz y salen unas llamas azules decía el colifato como poseído y fíjense si encuentran algo de garcía márquez, si es de la editorial sudamericana, mejor, les gritaba mientras los soldaditos subían y subían las escaleras y volvían cargados de libros.

Y a la noche nos mandó a buscar mi coronel gallardo, que era el nuevo gobernador, al colifato villegas, al suboficial morales y a mí. Éramos los únicos del regimiento que estábamos presentes, todos los demás eran oficiales o suboficiales de afuera, de inteligencia militar según nos dijeron, el que más hablaba era un mayor de apellido ruiz, tenemos el control del país nos dijo, el presidente socialista se suicidó, estaba borracho, agregó, pero ahora comienza la tarea más difícil, nuestros informes de inteligencia dicen que todo chile es un arsenal, de arica a magallanes, hay armas rusas, checoslovacas, cubanas, armas por todas partes y nuestra misión, soldados, es encontrarlas, busquen, interroguen, olfateen, escuchen, las armas tienen que aparecer ahora porque los enemigos algún día las usarán contra la patria. Por eso los hemos convocado, soldados, porque su hoja de servicios es brillante y ustedes son valientes y
patriotas como buenos chilenos. Así que a trabajar muchachos y viva la patria. Y ahí nomás me ascendieron a sargento, galones nuevos, uniforme nuevo, de camuflaje le llamaban, y armas nuevas, y sobre todo, lo más importante cabrito, carta blanca, chipe libre, todo el poder para el guatón abdala y sus amigos de la inteligencia militar.

Instalamos nuestro cuartel general en un edificio de dos pisos medio abandonado de la cruz roja y empezamos los interrogatorios cabrito, nunca en mi vida trabajé tanto como en esos primeros tiempos de nuestro gobierno militar. Casi no dormíamos, no aparecía por mi casa, a veces la flaquita me traía comida aunque más que nada le dábamos al trago, wiski y pisco tomábamos ahora porque teníamos que estar siempre despiertos, al pie del cañon decía mi mayor ruiz, con los enemigos de la patria nunca se sabía, en cualquier momento podía saltar la liebre. Le sacamos la cresta a medio mundo, jóvenes, viejos, solteros, casados, estudiantes, campesinos, obreros, maestros y las armas no aparecían laputamadrequelosparió.

Y ahora viene la parte que siempre te quise contar, por la que te esperé tanto tiempo, siempre dije, el cabrito tiene que conocer esta parte de la historia. Un día el mayor ruiz nos dijo que en la comisaría de carabineros estaba detenido un huevón peligroso, ése estudió en la universidad, dijo, ése sí que sabe de armas, cáguenlo a palos, tirenlo al mar, métanle corriente hasta por el culo, sáquenle información como sea. Y fuimos con el colifato y el perro morales,
contentos porque ya estábamos enviciados con eso de pegarle a la gente y además siempre era más fácil pegarle a un huevón de afuera, como en mi época de boxeador. Entramos al calabozo de los carabineros y gritamos ¡mirando a la pared y las manos atrás carajo! y el huevón no se movía, era un ovillo en el piso y ahí nos dimos cuenta que los pacos o los tiras habían empezado la tarea, querían ellos ganarse los galones, el huevón no se podía ni parar, estaba además cagado de frío, tiritaba aunque tal vez era de miedo. Tuvimos que pararlo y afirmarlo contra la pared para vendarle los ojos y atarle las manos por detrás, era el procedimiento de rutina, cabrito, y ahí nomás empecé a tiritar yo, me temblequeaban las piernas, las manos y las carretillas porque fuí descubriendo que eras tú cabrito, detrás de la mancha negra de esa cara llena de golpes estaban tus ojos cabrito y dije guatón tienes que cumplir con tu promesa al cabrito no le vas a pegar, ya tiene suficiente y llamé al paco que estaba de guardia y le dije quién carajos autorizó que golpeen a este hombre y el paco se cagó todo y dijo fueron los tiras mi sargento y dije a este hombre hay que llevarlo al hospital porque se puede morir en cualquier momento y el paco dijo sí mi sargento y ahí nomás llamó a una ambulancia y vino un médico y dijo sí lo vamos a internar y te llevaron cabrito te tuvieron como quince días en el hospital y la sacaste barata campeón porque después te sacaron del pueblo y te mandaron al pudeto y después a isla dawson y después te mandaron a rancagua y después te fuiste a la argentina cabrito y ahora volviste y yo el guatoncito abdala te cuento esta historia porque fuí un hijo de puta cabrito con mucha gente pero contigo no cabrito, contigo no, porque el guatón abdala tiene palabra y tiene corazón cabrito y a tí nunca te pegué ni permití que ningún hijo de puta, ni el colifato ni el maldito perro morales te toquen, cabrito, porque contigo no cabrito, contigo no.

Y ahora, ya ves, estoy en silla de ruedas cabrito. Hace un par de años me empecé a sentir mal, me costaba un huevo y el otro caminar, no sentía las piernas y la flaquita me llevó al hospital y el médico me dijo estás cagado guatón, casi no llega sangre a tus piernas, mucho trago y mucho cigarrillo guatón, mucha grasa en tu sangre, te vamos a tener que cortar las piernas porque si no te vas a morir muy pronto guatón me dijo el médico y me las cortaron nomás, justo debajo de las criadillas, la pichula la uso para mear nomás, no se te vaya a ocurrir ir al hospital en este pueblo de mierda cabrito, aquí te cortan las piernas por cualquier cosa, seguro que tenemos el record mundial de huevones sin piernas y aquí estoy cabrito, en esta puta silla de ruedas, como el tom cruise, mi mujer me saca a pasear, me lleva a hacer las compras, claro que no dejan entrar en silla de ruedas a los supermercados así que me deja afuera, atadito como un perro, porque los pendejos de mierda, seguro que los hijos o nietos de los enemigos de la patria, me molestan, me tiran piedras, me dicen guatón culiao, métete el bombo en el culo me dicen y yo estoy solo cabrito, al colifato villegas lo mataron en un quilombo y el perro morales se murió solo como un perro y yo me voy a morir en esta puta silla de ruedas pero hoy estoy contento cabrito porque te ví después de tantos años ¿30? ¿32? y te conté mi historia y capaz que tú la escribes cabrito o haces una película y todo el mundo va a conocer la verdadera historia del guatón abdala, el amordetodasmedicenalpasar, el huevón de la silla de ruedas, el milico hijo de puta que cagó a medio mundo pero que cumplió su promesa y nunca te tocó cabrito, jamás cabrito, contigo nunca cabrito ...

domingo, 1 de abril de 2007

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Augusto Alvarado

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UN NATALINO CAMPEÓN


Eran los tiempos dorados de la juventud y también los años prósperos de la patria. Con toda seguridad, junio de 1972. Viajaba de noche, en bus, de Concepción a Santiago, con la inseparable radio a transistores pegada a la oreja. Sintonizaba radio "Corporación" porque esa noche transmitirían, desde el Teatro Circo "Caupolicán", una nueva edición del Campeonato Nacional de Box Amateur de Chile.

Mi interés estaba puesto en la presentación del mediano natalino "Cloroformo" Andrade, ex compañero de colegio, púgil que había recorrido un largo camino de nocauts en los cuadriláteros de su pueblo, todos de la mano de un golpe casi secreto, un derechazo de arriba hacia abajo, de preferencia aplicado sobre la sien del oponente y conocido en los corrillos locales, bares, clubes deportivos y chincheles varios como "gualetazo". Golpe que a la larga haría conocido a Andrade con el adormecedor apodo de "Cloroformo".

(Aunque "Cloroformo", antes de ser "Cloroformo", había portado otros apodos: "Pepille" en su tierna infancia y "Ministro" después, cuando se vino más grandecito. Había en el pueblo entonces toda una dinastía de "Ministros" y aunque nunca tuve una versión cabal del origen del apodo me imagino que habrá sido porque el "Ministro" originario, el padre de "Pepille", más conocido como "Ministro Viejo", peón en el frigorífico "Bories", tenía la inveterada y extraña costumbre de vestirse bien, hasta con elegancia podríamos decir. Entonces, mientras sus compañeros de trabajo en el frigorífico, con toda lógica y buen criterio, se ponían ropa de batalla para moverse en un medio pletórico de sangre, grasa y caca de oveja, nuestro buen Andrade se aparecía en el trabajo con ropa de vestir, un infaltable sobretodo en invierno y verano, sombrero, camisa y corbata. El extraño proceder ameritaba un apodo. Y en el pueblo donde están los campeones mundiales del sobrenombre no faltó el chusco que asoció la pretendida elegancia de Andrade con la vestimenta de los funcionarios que acompañan al presidente de la nación y así nació, creo yo, la familia de los "Ministros", todos tipos macanudos, buenas personas, amigos de los amigos).

"Pepille", entonces, era el "Ministro Chico". Petiso, rechoncho, piernas cortas y firmes, abundante tórax, tendría que rebuscárselas en el Nacional en una categoría difícil, los medianos, categoría casi universal para el tipo chileno donde se hacía evidente, como en ninguna otra, la diferencia entre los elegantes "boxeadores" y los temibles "pegadores".

Pero dejemos a Renato González, "Míster Huifa", maestro del periodismo deportivo de Chile, que nos presente la pelea: "Y a continuación tenemos, estimados oyentes, uno de los combates estelares de la noche. Se presenta una de las figuras más prometedoras del boxeo de nuestro país. Julio Medina, de Arica, preseleccionado nacional para los Juegos Olímpicos, un mediano perfecto, buena estatura, pura fibra morena, excelente alcance de brazos, camina bien el ring, un boxeador con todas las letras que seguramente aprovechará este Campeonato Nacional para ponerse a punto. Su rival, que ya está en el cuadrilátero, un muchachito... Andrade... ¿de dónde es este muchacho, Parmisari? ¡Ah!, de Puerto Natales, me dice el relator. Si ustedes me permiten la figura, diría que se trata de un antiboxeador, y esto lo digo con todo respeto, un antiatleta, un muchacho muy joven, con un físico extraño, piernas cortas y fuertes, un tórax demasiado abultado, brazos cortos... Bueno, estas son las cosas que pasan en estos campeonatos nacionales, yo siempre he sido partidario de una preselección, realizar campeonatos regionales para que el nacional sea lo que verdaderamente debe ser, una competencia de alto nivel... (Se escucha la campana y el "segundos afuera" que anuncia el primer round). Estimados amigos, lo dejo Parmisari con el relato".

¡Ay! ¡Carajo! Esos tres minutos del primer round fueron terribles para mi amigo "Cloroformo". Medina lo cagó a trompadas, entraba y salía el hijo de puta con la derecha como un estilete mientras con la izquierda lo acomodaba y otro derechazo y otro... Y Medina bailaba y giraba (como Cassius Clay decía Parmisari) y entraba, salía, pegaba, bailaba y "Cloroformo" recibía y recibía hasta que milagrosamente sonó la campana que daba por terminado el primer round. Me lo imaginaba a "Pepille" con los ojos hinchados, la nariz sangrante, boqueando, sentado en el banquito en el rincón, esperando que de una buena vez se terminara la puta pelea.

"Bueno ("Míster Huifa" comenta la primera vuelta) ocurrió exactamente lo que yo había adelantado. Un Medina perfecto, dictando cátedra, desarrollando todo un repertorio de golpes, un desplazamiento perfecto por el cuadrilátero, entrando y saliendo como lo hacen los que saben, sin dar nunca la distancia para un golpe feliz del oponente. Sinceramente no sé como este muchachito ¿Andrade? todavía sigue en pie. Lo vemos en el rincón, el rostro acusa los impactos de los golpes de Medina, este muchacho de piel muy blanca muestra la huella de los golpes de la cintura para arriba, en los brazos... Vuelvo a repetir, con una buena preselección regional estos muchachitos no llegarían nunca a disputar un campeonato que debería ser serio como éste, la máxima expresión del box nacional..."

(Se escucha la orden de siempre: "Segundos afuera" y suena la campana que anuncia el próximo round). "Cayó Medina" -interrumpe Parmisari. "Cayó Medina, don Renato" -repite Parmisari. "Es nocaut" -otra vez Parmisari. "Y Medina no se levanta, lo están reanimando don Renato". ("Y nos dieron las diez, y las once y las doce y la una y las dos" cantaría muchos años después Joaquín Sabina. Y Medina no reaccionaba). "Cloroformo" sabía que tenía una única oportunidad de meter su temido golpe y terminar con la paliza que le estaban dando. En el momento del saludo, al comenzar la pelea y en cada round, los rivales se saludan chocando los guantes, una gentileza que resultó fatal para el mediano de Arica. Allí "Cloroformo" le puso el derechazo, el temido "gualetazo", de arriba hacia abajo, a la altura de la sien derecha y así terminó el Campeonato Nacional para el promisorio mediano Julio Medina, de Arica, preseleccionado chileno para los Juegos Olímpicos.

Comentario final de "Míster Huifa": "¿Qué puedo decirles estimados oyentes? Estas cosas pasan en este tipo de campeonatos. No tengo ninguna duda que Medina es mucho mejor boxeador que este muchachito... ¿Andrade? Pero el box, como otros deportes, tiene la magia de la sorpresa, un minuto de suerte, un golpe bien aplicado y la historia se da vuelta como un guante... Le deseo la mejor de las suertes a este muchachito aunque no creo que llegue muy lejos, carece de fundamentos boxísticos... Bueno, ya están sobre el ring los protagonistas del próximo combate..."

Y a punta de gualetazos y tortazos "Cloroformo" llegó a disputar la final del Campeonato de Box de Chile en la categoría mediano en el año 1972. Nunca estuvimos tan cerca los natalinos de tener un campeón nacional. En la final perdió con un mediano de Punta Arenas que lo conocía como si lo hubiera parido. Nunca se acercó a "Cloroformo", ni siquiera para saludar, metió un par de buenas manos por asalto y así ganó la pelea.

En ese largo viaje entre Concepción y Santiago, una fría y lluviosa noche de invierno de 1972, una sonrisa se dibujaba en mi rostro. Mi amigo "Pepille", "Ministro", "Cloroformo" Andrade, natalino de ley, había derrotado a una promesa del box nacional, el mediano Julio Medina de Arica, preseleccionado para los Juegos Olímpicos.

viernes, 13 de enero de 2006

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Augusto Alvarado Cárdenas

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El 11 de enero del año en curso dejó de existir físicamente en la ciudad de Buenos Aires nuestro querido amigo Augusto Alvarado Cárdenas. Augusto era periodista y mantenía dos blog. Uno era Mirando al Sur y el otro Puerto Natales. Es pronto aún para hablar del amigo Augusto. Fue uno de los tantos chilenos que sufrió las embestidas del dictador Pinochet. Fue apresado, torturado, relegado y exiliado. Vaya el descanso para su alma. La gratitud y el respeto por su obra y la palabra de consuelo para sus familiares. Que descanses en paz querido amigo Augusto.

lunes, 19 de julio de 2004

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Adiós al Maestro Aurelio Rosas

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Mis primeros recuerdos, más o menos nítidos, de Aurelio Rosas, se remontan a 1963. En ese año la Escuela Consolidada de Experimentación de Puerto Natales (creo que se llamaba así, entonces) incorporó a su enseñanza al cuarto año de humanidades, como una manera de postergar por un tiempo el obligado viaje de sus alumnos a Punta Arenas, para terminar sus estudios secundarios. Formé parte de esa camada de once alumnos (ocho mujeres y tres hombres). Aurelio Rosas fue nuestro profesor jefe. Apenas iniciado el año escolar comenzó a organizarnos para realizar un viaje de egresados. Idea totalmente novedosa para esa época. Se trataba de realizar una gira a fondo por la Patagonia Austral, nuestro entorno más inmediato, nuestra patria pequeña y querida: las estancias, las ciudades, los campamentos petrolíferos, los sitios históricos, las fronteras, el estrecho, las pampas interminables (donde Chile deja de ser "una larga y angosta faja de tierra", aprisionada entre la cordillera y el mar pacífico, para transformarse en una ancha pradera de cientos de kilómetros de ancho entre una cordillera casi inexistente, el estrecho de Magallanes y … el mar atlántico). Y realizamos ese inolvidable viaje.
Estuvimos en Punta Dungeness (donde se mezclan las aguas de los dos océanos) y en Fuerte Bulnes (donde aún se escuchan las palabras de O'Higgins: Magallanes…Magallanes); en Punta Arenas y en Puerto Porvenir; cruzamos el estrecho en barco y regresamos en avión; conocimos el esfuerzo de los trabajadores del petróleo en el continente y la Tierra del Fuego; las tareas ganaderas en las estancias de la pampa magallánica. Teníamos quince años entonces y estoy seguro que esa experiencia de aprendizaje y camaradería perdura aún en todos los protagonistas de esa verdadera aventura.
Aurelio Rosas fue el alma de esa expedición pedagógica y un verdadero tutor y amigo para todos nosotros. Nunca olvidaré aquella madrugada en que estábamos en el muelle fiscal de Punta Arenas, esperando la barcaza que nos llevaría a Porvenir, para iniciar la etapa fueguina de nuestro viaje. Estaba avanzada la primavera y muy temprano el sol empezaba a aparecer tras los cerros de la Tierra del Fuego. Sólo Aurelio Rosas y yo estábamos en la punta del muelle contemplando el nacimiento y la belleza del nuevo día. Encendió un pitillo y me dijo: Puedes fumar, si quieres, yo sé que todos ustedes fuman, y este amanecer bien merece una pitada. Y así creció aún más el respeto que sentí siempre por ese maestro que aún cuando había venido "del norte" supo amar a la Patagonia y a su gente, así como supo amar las causas justas y nobles del pueblo. Pasaron diez años. Entre el Liceo de Punta Arenas, la Universidad, el trabajo, la pareja, los hijos, la militancia política, no había mucho tiempo para volver a Natales. Sin embargo, regresé en 1973 a trabajar en los
servicios del agro, en el área comunicaciones (Abel Paillamán, gran amigo de mi familia, era mi jefe). Y allí me sorprendió el fatídico 11 de septiembre.
Después de estar detenido en diferentes sitios de Natales una madrugada de septiembre fui sacado de la cárcel pública para ser embarcado en un vehículo con destino al regimiento Pudeto de Punta Arenas. Grande fue mi sorpresa al encontrarme allí dentro con queridos amigos que en esos días habían sufrido tanto o más que yo (Antonio González, Julio Águila, Juan Carlos Álvarez, César Valenzuela y mi querido maestro Aurelio Rosas). Aurelio era uno de los más afectados: fuertes golpes en el rostro habían dañado seriamente su visión.
En el regimiento Pudeto nos encontraríamos con otros natalinos: Abel Paillamán, Carlos Bustamante, Alejandro Ferrer, Franklin Olavarría, Baldovino Gómez. La historia que sigue es más conocida. En diciembre nos trasladarían a isla Dawson y Aurelio no nos acompañaría. Al parecer, se recomendó su libertad por sus serios problemas de salud. Hace un par de semanas ha venido mi madre, desde Punta Arenas, a visitarnos. Como es costumbre la atosigo con preguntas sobre los seres queridos. Cada vez que viene ocurre lo mismo: ¿Has sabido de éste?; ¿Tienes noticias de aquél?…. Y como siempre le pregunté por Aurelio Rosas: Falleció en Santiago, me dijo. Tenía 82 años y pidió que sus cenizas fueran esparcidas en el sector de las Torres del Paine.
En ese momento comencé a escribir este pequeño y dolido recuerdo, con afecto y admiración por el maestro, el amigo, el patagónico, el militante, el profesor jefe con el cual compartí una primavera, hace muchos años, un pitillo a orillas del estrecho de Magallanes. Con él, sufrí el dolor del golpe militar de 1973. Con él, seguramente, aún cuando sus partículas de polvo besan el macizo andino del Paine, seguimos compartiendo la esperanza de una patria mejor.

Augusto Alvarado

jueves, 1 de julio de 2004

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NUESTRO PEQUEÑO COPERNICO

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Trabajaba en el observatorio astronómico de Cerro Sombrero, en Tierra del Fuego. Sentía verdadera pasión por los misterios del universo y la investigación espacial. Vino a parar al Pudeto junto a un grupo de enapinos, todos ellos fáciles de identificar porque vestían un saco largo de cuero negro. Era bajo de estatura, más bien pequeño, tenía una nariz ancha y aplastada, como de boxeador y ojos chiquitos y divertidos, como un simpático simio. Por eso le decíamos "el astro-mono".
A diferencia de muchos de los presos, que trataban de disimular sus ideas políticas (hasta llegar a negarlas, en algunos casos), Pedro González Vera reafirmaba sus ideales cada vez que podía. Más de una vez me lo encontré en los lavatorios del baño, a la hora de la higiene matinal. Mientras la mayoría de nosotros sólo nos dábamos una manito de gato, un poco de agua por la cara para despabilarnos, González Vera se desnudaba el torso completo. Allí eran visibles las huellas de los castigos recibidos: hematomas por doquier, quemaduras de cigarrillos en el vientre. Entonces me miraba, y haciendo girar su dedo índice sobre su abdomen para mostrar los golpes me decía: "Por esto soy comunista, compañero".
Sin duda esta obcecada fidelidad ideológica le trajo sus problemas, aún estando preso. Pero resultó beneficiosa para el conjunto de los detenidos. Cuando la primera delegación de la Cruz Roja Internacional visitó el gimnasio del Pudeto (entre otros lugares de detención de la región y del país) para corroborar lo que se estaba denunciando en todo el mundo, esto es, que los presos políticos estaban siendo brutalmente torturados por los militares, González Vera solicitó una audiencia privada con los funcionarios internacionales. Y en los baños del gimnasio desnudó su torso como siempre lo hacía y mostró las huellas de las vejaciones sobre su cuerpo.
Desde que ingresó detenido al regimiento, y para demostrarnos que no siempre vivía en la estratosfera, se propuso dos objetivos inmediatos: dictar una conferencia sobre la carrera espacial al conjunto de los detenidos y lograr que le trajeran al gimnasio un telescopio portátil de su propiedad para mostrarnos, por las noches, las maravillas del cielo magallánico, un verdadero regalo celestial en las noches despejadas. Obcecado como era, consiguió ambos objetivos. La charla resultó instructiva, entretenida e hilarante porque era evidente que tenía que hablar de la Unión Soviética en términos elogiosos. El oficial a cargo, al conceder la autorización, le advirtió que no toleraría ninguna mención de la dictadura comunista, que se las arreglara como pudiera, que a la primera trasgresión del acuerdo se terminaba la charla. Y así estuvimos, hora y media o dos, escuchando una conferencia pletórica de analogías, metáforas, frases sobreentendidas, dichas por un conferenciante que demostró un enorme ingenio para guardarse lo que seguramente hubiera querido gritar a los cuatro vientos: el triunfo, en la carrera espacial, del mundo del trabajo y el progreso comunista contra la decadencia capitalista.
La llegada del telescopio resultó ser otro acierto. Todas las noches, antes de dormir, salían del gimnasio hacia el polígono de tiro pequeños grupos de prisioneros detrás de Pedro González Vera. La belleza del universo, que siempre estuvo ahí pero no veíamos, aparecía en todo su esplendor en las lentes del telescopio del astro-mono. El Cinturón de Orión, la Cruz del Sur, Antares, Alfa y Beta de Centauro, pasaron a formar parte de nuestras conversaciones diarias y las jornadas empezaron a ser más llevaderas sabiendo que alguna de esas noches tendríamos la suerte de acompañar a González Vera hasta el polígono de tiro.
Hubo quienes organizaban coros, partidas de naipes, encuentros de fútbol o de básquet. Todos con la intención de aliviar la pesada carga de días de temor, confusión y horror. González Vera aportó lo suyo con simpatía y amor por la astronomía y la belleza del universo. Seguramente andará por ahí, todavía, diciendo: "Por esto soy comunista, compañero". Un gran abrazo y un saludo fraterno para Pedro González Vera, nuestro pequeño Copérnico.

augusto alvarado

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