jueves, 27 de enero de 2005

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Alfredo Frangopulus: El tren de Puerto Bories

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En el año 1913 la Sociedad Explotadora Tierra del Fuego inició la construcción del Frigorífico Bories en Ultima Esperanza, industria que llegaría a ser una de las más importantes en el rubro de la ganadería patagónica y que comenzó su labor en 1914.
Hacia 1915 se iniciaba la contrucción de la línea férrea, como una forma más rápida y cómoda para transportas los trabajadores del frigorífico, que tenía que hacer un trayecto de 12 kilómetros de ida y vuelta, a caballo o a pie, desde el creciente y pujante pueblito de Puerto Natales, a veces en condiciones climáticas no muy agradables, sobre todo en la época invernal.

Así apareció el primer ferrocarril (si el nombre no le queda muy grande) en Ultima Esperanza, agregándose a otros de distintos kilometrajes existentes en la región, como el de la "Mina Loreto", legendario y recordado por los antiguos habitantes de Punta Arenas.
El tren de Puerto Bories no era precisamente lo que podríamos llamar, "un moderno expreso". Sus vagones eran sencillos y hasta rústicos. Pintados de grises, con techo rojo en forma casi cónica, tenían entrada por ambos extremos. Dentro poseía dos hileras de asientos de maderas a lo largo, una frente a la otra, y dos pequeños asientos igual de madera al lado de sus entradas. En lo alto de una de sus paredes había un tragaluz, a manera de respiradero, que los viajeros accionaban dependiendo de las condiciones climáticas o para atisbar el siempre hermoso e imponente seno de Ultima Esperanza, donde reposaban (y reposan) grandes cantidades de cisnes de cuello negro y otras aves.
Recuerdo haber realizado en este ferrocarril incontables viajes, en toda época del año, en mi ya lejana e inolvidable niñez. En los largos y crudos inviernos el tren avanzaba por un paisaje cubierto de nieve, no exento de sufrir alguna desgracia por el mucho hielo acumulado. En contrapartida, en los largos y bucólicos días de verano, se gozaba del panorama contemplando el hermoso paisaje de sus montañas, algunas con sus nieves eternas. ¡Qué atardeceres con el tren reptando jadeante por la línea, mientras el sol alumbraba el firmamento en una hermosa policromía!

Donde más aumentaba el número de sus trabajadores era en la época de la faena de la esquila. Los carros se llenaban de personas. Muchos se agarraban de los pasamanos de las puertas, con riesgos de accidentes, como algunas veces ocurrió. Recuerdo haber visto un pequeño monolito a la entrada del frigorífico, en evocación de una persona muerta en uno de estos accidentes (fue retirado del lugar en la década de los 60).

En el año 1959, cuando falleció el destacado dirigente sindical Ulises Gallardo Martínez, sus restos fueron llevados desde el frigorífico, donde fue su velatorio, hasta el tren donde uno de los carros transportó la urna hacia Puerto Natales. En los distintos vagones viajaba personal del establecimiento con sus familiares y en uno de ellos los alumnos de la pequeña escuela con su maestra en un largo mutis. Al alejarse del frigorífico la locomotora dejó escapar un largo y triste sonido de adiós.
Muchas veces con los niños de mi "pandilla" jugábamos entre sus carros silenciosos a "vaqueros e indios", cambiando líneas o empujando a los carros más pequeños, en los cuales apenas tomaban impulso en alguna pequeña bajada, nos embarcábamos. A veces tomaban mucha velocidad y nos asustábamos, pero no tanto como para desistir de volver a subir. Como resultado terminábamos llenos de magullones, pero gracias a Dios, nunca hubo un accidente mayor que lamentar.
El sonido del tren, desde muy niño, despertó en mí un temor que hasta hoy no entiendo muy bien. Quizás fuera porque una de las dos máquinas que tenía era enorme, negruzca, reluciente. Cuando tenía su caldera a "full - time", lanzaba un humo espeso, a veces blanco, a veces retinto, mientras cientos de chispas salían por su chimenea como un volcán en plena erupción. Su pitazo era fuerte, estridente, seco. Hoy adorna la plaza principal de Puerto Natales, lleno de colores que no le sientan muy bien; soñando eternamente con su gloria pasada.

A fines de la década de los 60 la Explotadora adquirió una máquina más moderna, más pequeña, color verde oliva, a petróleo marca "Diessel". Tenía una especie de "bocina", como la de un camión grande, y poseía instrumental moderno. A fines de esa década o principios del 70, el tren, por diversas causas, fue perdiendo vigencia y reemplazado por otros tipos de movilización, entre ellos una micro para el personal. Poco a poco se inició la decadencia del Frigorífico, que culminó cuando finalizó el accionar en la región de la otrora poderosa Sociedad Explotadora.
Hoy ya nada queda de aquello. Ha pasado mucho tiempo, pero siempre viene a mi memoria el tren de Puerto Bories y su ir y venir incansable… ese tren en que tantas veces fui pasajero. Su pitazo aún resuena en mis oídos y vuelvo a ser niño. No era un "Express", pero era el tren de Puerto Bories, mi tren…

Revista "Impactos" Nº 65, 4 de febrero de 1995.

Recopilación Jorge Díaz Bustamante.

domingo, 23 de enero de 2005

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Puerto Bories en Puerto Natales

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La señora Blanca Gallardo de Adema, con
sus hijos Edita y el recordado Raulito. 

Cerca de Puerto Natales, costeando 5 o 6 kilómetros del hermoso e imponente seno de Última Esperanza, en cuyas aguas se posan cientos de cisnes de cuello negro y otras aves, se encuentra el Frigorífico de Puerto Bories, otrora uno de los más grandes complejos de la ganadería en la Patagonia chileno-argentina. Sin embargo, la mayoría de las actuales generaciones, incluyendo las de Puerto Natales, poco o nada conocen de su grandeza pasada.
Y hoy, cuando el frigorífico ya se muestra tan venido a menos, cuesta creer que tuvo un pasado de gloria, que muchos de quienes laboraron allí recuerdan con nostalgia; especialmente por la gran fuente laboral que significó para Puerto Natales y que dio cabida a gran cantidad de trabajadores de la ciudad, de otras partes de la región e incluso fuera de ella, pues cuando funcionaban el frigorífico Bories y el de Puerto Natales prácticamente no había desocupación en la región.

Puerto Bories en sus orígenes se llamó puerto Río Cuchara. Fue bautizado así por la expedición de Hermann Eberhard en 1892 por una cuchara que se les olvidó en aquel río. Así nació ese nombre (¿cómo lo llamarían los indígenas?). Después fue rebautizado como Puerto Bories en recuerdo de Carlos Bories, uno de los buenos gobernadores de Magallanes, también inmortalizado por la calle principal de nuestra ciudad y otras instituciones, principalmente deportivas.
El primero en establecerse en ese lugar fue don Rodolfo Stubenrauch, en 1896, súbdito alemán y gran defensor de Ultima Esperanza, quien construyó una grasería y otras edificaciones, entre ellas un aserradero a vapor, un pequeño muelle y otras empresas.

Cuando se efectuaron los remates de tierras en la región, en 1905, estas pasaron a la buena o a la mala, a la gran compañía latifundista que fue la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego. Entre estas tierras estaban las correspondientes a Puerto Cucharas, donde el laborioso pionero tenía sus instalaciones (1906). Esas obras, junto a las que fue edificando a través de los años la Explotadora, conformaron un pequeño pueblito.

En 1913 se construyó el frigorífico, que inició al año siguiente su trabajo. Así empezó una gran era de ganadería para el establecimiento y la región, donde el constante ir y venir de la masa ganadera se alternaban con el movimiento de los buques "caponeros" y "laneros" que embarcaban o desembarcaban animales que animaban el frigorífico con el ladrido de los perros o el balar de las ovejas. También se traía ganado desde la Argentina y de las estancias chilenas. Allí se "faenaron" miles de ovinos y vacunos, dando entonces ocupación a cientos de personas. El frigorífico llegó a su ocaso a fines de los años 60, cuando también terminaba el accionar de la explotadora en Puerto Bories y en la región.
En 1915 comenzó a operar la línea férrea, que con su locomotora y carros funcionó hasta comienzos de la década del 70. Hoy no queda ni siquiera el recuerdo de sus líneas. Sólo la locomotora instalada en la plaza central de Natales evoca ese pasado. En 1916, aproximadamente, se instaló un retén de Carabineros. En 1919 nació la primera escuela fija, siendo su profesora doña Blanca Gallardo de Adema, oriunda de Chiloé, quien se desempeñó por espacio de varios años, dejando un gran recuerdo entre alumnos y apoderados. La escuela de Puerto Bories funcionó hasta 1963, cuando cerró sus puertas. Posteriormente reabrió en la década del 70, pero sólo por un par de años, cerrando definitivamente en esa misma década.

Aquel establecimiento frigorífico fue escenario de los dolorosos sucesos que enlutaron a Bories y Puerto Natales (1919), y que ya son bastante conocidos.
En sus años de gloria Bories tuvo equipos de radio estación, cancha de fútbol, tenis, piscina, bolos, cine en 16 mm. y otras entretenciones, construídas por sus primeros administradores de origen anglosajón. El primero fue Haakon Nielsen, en 1906 y el último Walter Morrison. Uno de los más destacados fue Tomás Dick, Mister Dick, que durante años administró tesoneramente el establecimiento, dando comodidades a sus empleados y obreros. En la década del 50 comenzaron los administradores chilenos. El primero fue Guillermo Santa Cruz S. Más adelante aparecerían Guillermo Bahamonde Calderón, Juan Castro y René Díaz.

Alrededor de Puerto Bories se formó una importante población en la que vivían en gran solidaridad y armonía los trabajadores con sus familias. Tuvo también una carbonera, con material extraido desde la mina Dorotea; dos muelles y hasta un pequeño cuartel de bomberos.
Recordamos también los memorables encuentros de fútbol entre las distintas estancias que terminaban con espectaculares asados, donde cada estancia se esmeraba por retribuir las atenciones recibidas. Ya no volverán los picnic familiares, los paseos y las veladas de colegio de los fines de año o de otras fechas importantes; no se oye el ulular de la sirena que anunciaba la salida de los obreros al terminar la jornada diaria o el ruido de la locomotora avanzando en dirección al frigorífico. Eso se terminó para siempre. Hoy Bories sólo es el fantasma de un viejo y glorioso pasado irrecuperable. Muchas de sus construcciones primitivas desaparecieron por el tiempo o la mano del hombre. Ojalá no se transforme en un pueblo abandonado, como acontece en el norte de Chile, y continúe sobreviviendo, aunque sea con altibajos como ocurre en el presente.
Quien comenta esto pasó los mejores años de su vida en Puerto Bories. Hoy, como un homenaje de gratitud, dedico este recuerdo a las familias que vivieron en ese lugar, a los obreros que laboraron y a tantos trabajadores que aún evocan con nostalgia el viejo frigorífico… y sobre todo a quienes ya se fueron para siempre.

(FRAN JUNIOR)

Revista "Impactos" Nº 55, 2 de abril de 1994.

Recopilación de Jorge Díaz Bustamante

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